Repensar la escuela en tiempos de pantallas
Durante la última década, Dinamarca fue presentada como uno de los ejemplos más avanzados de digitalización educativa. Los dispositivos electrónicos sustituyeron a los libros de texto desde 2011, los servicios públicos se trasladaron casi por completo a plataformas en línea y el uso de dispositivos electrónicos en las aulas se volvió cotidiano. Sin embargo, ese modelo, que durante años se asoció con modernidad e innovación, empezó a ser cuestionado por las propias autoridades danesas a partir de datos preocupantes sobre el rendimiento escolar y la salud mental de niños y adolescentes.
Como respuesta, el país nórdico está impulsando el regreso de los libros físicos, la del uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar y una revisión del lugar que ocupa la tecnología en la vida educativa y social de los jóvenes.
Diversos estudios y evaluaciones mostraron que muchos estudiantes daneses tenían serias dificultades para concentrarse en clase cuando trabajaban exclusivamente con pantallas. La posibilidad permanente de cambiar de aplicación, revisar mensajes o jugar fragmentaba la atención y debilitaba los procesos de aprendizaje. Frente a esto, docentes y alumnos comenzaron a reconocer que el papel ofrecía una experiencia distinta, es decir, leer y escribir en libros físicos permite un ritmo más pausado, una comprensión más profunda y una mayor concentración en los contenidos.
En rigor, en Dinamarca se había constatado que adolescentes de entre 13 y 18 años pasaban en promedio más de cinco horas diarias frente a sus teléfonos móviles. Este uso intensivo coincidió con un aumento de problemas de ansiedad, estrés y malestar emocional. Expertos en infancia y adolescencia advirtieron que el tiempo excesivo en redes sociales y pantallas estaba desplazando factores protectores fundamentales, como el juego compartido, el contacto cara a cara y el diálogo intergeneracional. La respuesta de las autoridades fue prohibir los celulares en las escuelas y la restricción se extendió a actividades extraescolares, en clubes deportivos y centros juveniles.
Lo que pasó es que se observó que la presencia de teléfonos en espacios comunes reducía la interacción en el grupo y favorecía dinámicas de exclusión. Algunos jóvenes quedaban aislados detrás de una pantalla mientras otros interactuaban, lo que debilitaba la cohesión y el sentido de pertenencia. Ante este escenario, se empezó a buscar la manera de poner límites al uso de la tecnología para recuperar la interacción humana genuina. Esto obligó, además, a asumir una responsabilidad en los adultos, quienes reconocen que una generación creció absorbida por el mundo digital sin una guía adecuada.
El debate en Dinamarca trascendió a las escuelas y alcanzó el ámbito legislativo. Existe una fuerte presión social para restringir el acceso a redes sociales a menores de 15 años, con el argumento de que los niños deben desarrollarse en entornos más favorables antes de exponerse a dinámicas digitales intensivas.
En Suecia, en tanto, después de una década de políticas orientadas a la digitalización casi total de las aulas, el sistema educativo también comenzó a registrar una caída en la comprensión lectora y el rendimiento académico. Pruebas internacionales evidenciaron un descenso preocupante, lo que llevó a la ministra de Educación a hablar abiertamente de una crisis de lectura. Como respuesta, el gobierno decidió corregir el rumbo y priorizar los libros de texto físicos, destinar una inversión considerable para garantizar materiales impresos por materia y prohibió el uso de celulares en las aulas para mejorar la concentración.
En el caso sueco, el diagnóstico fue que el uso excesivo de pantallas estaba asociado a fatiga visual, menor retención de información y dificultades para la lectura profunda. Además, se detectó una pérdida progresiva de habilidades básicas como la escritura y la comprensión lectora, consideradas la base de todo aprendizaje posterior. Al igual que en Dinamarca, el objetivo no es eliminar la tecnología, sino reubicarla como una herramienta complementaria y no como un sustituto de los métodos tradicionales.
Tanto Dinamarca como Suecia muestran que la innovación educativa no siempre implica más pantallas, sino decisiones sobre cómo y cuándo utilizarlas. El regreso a los libros de papel y la prohibición de los celulares en las aulas muestran una búsqueda de equilibrio entre lo digital y lo analógico, con el bienestar y el aprendizaje de los estudiantes como eje central. En sociedades hiperconectadas, los sistemas educativos de estos países se plantean si educar mejor obliga a aprender a desconectarse.
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