Trance con Hilda
Hilda Torres Varela, cultura y lucidez al servicio de la belleza.
¿Qué es la historia? Un eco del pasado en el futuro.
(Víctor Hugo)
Me recuerdo en aquel muchacho del barrio Central Norte, año 1971, que cruzaba las vías del Ferrocarril Manuel Belgrano, a media tarde, hacia las clases de teatro en la Universidad del Nordeste. Todavía cursaba el bachillerato en el Colegio Nacional y, sin embargo, fue admitido en la institución.

La sorpresa ganó a nuestro elenco al convocarnos a una experiencia, inédita, de teatro circular, dirigida por Hilda Torres Varela, con la presencia de Elisa Strahm, actriz de la Alianza Francesa en Buenos Aires, en carácter de invitada especial.
La imagen de Hilda en la jornada de presentación, con sus gafas blancas, inusuales para la época, asemejaba a Victoria Ocampo.
El aura de su presencia imponía autoridad a través de gestos y palabras. De alguna manera intimidaba, en orden a su data artística: estudios de interpretación e Historia del Teatro, con Madame Falconetti, en el Instituto Francés de Estudios Superiores de Buenos Aires; título de profesora de Castellano y Literatura, en el Instituto Nacional de Profesores Secundarios, de Capital Federal, galardonado con medalla de oro. Sensación ratificada por la beca de la Universidad de Iowa (1955) y por el gobierno de Francia; los cursos de teatro en la Escuela Charles Dullin y arte dramático en el Teatro Nacional Popular, dirigido por Jean Vilar; la Universidad de la Sorbona y su estancia en la cátedra de Literaturas Modernas Comparadas, hasta 1956, y la segunda beca concedida por el gobierno de Italia. para la Universidad de Peruggia, bajo la dirección del profesor Marco Apolonio, sobre la Commedia dell´Arte.
El resto, historia (más) conocida; treinta años como profesora de Literatura en el Colegio Nacional, la Escuela Normal Sarmiento y la fundación del grupo filodramático del Fogón de los Arrieros, junto a Nazario Maderna y "Toto" Cáceres.
Aquella jornada nos reveló a la señora Strahm, atenta y serena, ante la expectativa de una empresa artística desconocida. Atraían, a primera vista, sus modales distinguidos, el óvalo de rostro bello, las pupilas diamantinas y su voz de impecable dicción, propia de un oficio dúctil.
El ciclo se denominó La risa en el teatro, ideado y dirigido por Hilda Torres Varela, para los integrantes del Teatro Universitario (TUNNE), en agosto de 1971. Consistía en dos clases teóricas y puestas en escena respectivas, lunes y miércoles, con presencia de público. Una suerte de didactismo y espectáculo, simultáneos. El escenario se instaló en el centro del Aula Magna, con las sillas alrededor. Actuar consistía en girar en torno del ojo escénico.
Las obras elegidas fueron Cuento de La Fonteine, unipersonal por Elisa Strahm; La escuela de las viudas, de Jean Cocteu; Un Fénix demasiado acuciante, de Cristhoper Fry; tres obras basadas en el Satyricón, de Petronio, en la primera representación.

Para la segunda jornada subieron El sátiro de la villette, de René de Obaldía, Cándidas golondrinas, de Roland Rubilard y El acontecimiento, de Guy Fattsy, respectivamente. El cierre de la propuesta lo hizo Torres Varela, a través del tópico "La persistencia de las formas tradicionales en el teatro de hoy", en alusión a la dramaturgia de la modernidad, a partir de textos célebres.
El imán de la nostalgia concita en la memoria a mis hermanos histriones: Mirtha Encina, Ramón Barreda, Marta Méndez, Rubén Arce, José María Fuentes, Mario Encina, Carlos Canto, Marilyn Cristófani y Delfina Lanús.
En mi caso, Hilda seleccionó un fragmento de Un Fénix demasiado acuciante, de Christopher Fry (1907 - 2005), poeta y dramaturgo británico, destacado en el teatro inglés en las décadas de 1940 y 1950; autor que obtuvo notoriedad al escribir en verso.
La historia reúne a la viuda de un senador romano y un joven centurión, asignado a la custodia de la mujer, mientras vela a su esposo, de acuerdo con el ritual de la época que consistía en una vigilia dilatada. Durante los días de vela, nace entre ambos una amistad que deriva en una relación amorosa. Ocupados por los menesteres imprevistos del encuentro furtivo, el soldado abandona el celo observante y unos ladrones roban el cadáver del funcionario imperial. Ante tal descuido –imperdonable para ambos– resta la ejecución del pretor y salvar el honor de la dama, final previsible. Compartí el momento, arduo, con Elisa, por la adaptación de un texto, denso, a un contrapunto escénico. Salimos airosos, urgidos por un ritmo sustentado en el toque de la actriz invitada. Desafío, inolvidable.
Nota: La vida me llevó a otros lares. A principios de los noventa, desandaba las calles ciudadanas, hábito cotidiano de un ciudadano, tracción a sangre. Al doblar la esquina de Frondizi y 9 de Julio, encuentro a Hilda, parada, en la puerta de un edificio, frente al mástil histórico. Luego de un saludo afectuoso, confirma su nuevo domicilio, distinto y distante a esa casona señorial de la familia de Lino Torres, su padre, en la calle José María Paz.
Me invita a subir a su nuevo sitio. En el tránsito del diálogo elogió mi artículo periodístico Atleta de sus alas, dedicado a César Hermosilla Spaak, en la edición de NORTE (Micrografías) de los domingos. Recuerdo, agradecido, de aquel encuentro, último, en el azar al paso.
Temas en esta nota

Fabriciano Gómez, el creador de las Bienales del Chaco
Memorias de Resistencia

Hilda Torres Varela, un ícono de la cultura chaqueña
Memorias de Resistencia

Taller Sol: el arte y la cultura siguen brillando

Mención "Miguel Ángel Fernández" para la obra "Figurativo abstracto"
SE ENTREGÓ POR PRIMERA VEZ

"La Bienal del Chaco ha superado todas las expectativas", dijo la vice Schneider

CARTAS DE LECTORES











