Soldado de la vida
En memoria de Rubén Hugo Verón (1932-2025).
En la pared colgaba su retrato antiguo:
soldado joven, firme, mirando el horizonte.
Yo hallé la foto rota, herida por el tiempo,
y con amor la recompuse, devolviéndole el rostro.
Él la colgó orgulloso, contaba a las visitas:
—"Ese soy yo, cuando estuve en el ejército".
Pero yo sabía que allí había más que un uniforme:
era la imagen fiel de todo su destino.
Huérfano muy pronto, fue un niño sin niñez,
eran cuatro hermanos y una madre incansable,
un huerto cultivado esperando la cosecha
la aguja y el dedal zurciendo
para poner un pedazo de pan en la mesa.
Así aprendió temprano a cargar con la vida,
a crecer de golpe, sin tregua ni descanso.
Y, sin embargo, a veces la infancia le volvía:
nadando en la laguna de aguas cristalinas y calladas,
sorteando irupés como islas imposibles,
viviendo con su hermano una aventura soñada.
De hombre fue mecánico: pasión y oficio.
Leía manuales como si fueran libros sagrados.
Nunca se dio por vencido, siempre aprendía;
en el taller era querido, respetado, admirado.
Pero fue como padre donde brilló más alto.
Me recuerdo en sus hombros cuando el agua crecía:
yo viajaba seguro, caballito invencible,
saltando sobre charcos que para mí eran cataratas.
Con su "upalalá" la voz hacía magia:
y todo mi mundo se volvía aventura.
Hasta el final guardó su mente prodigiosa,
y llamaba a su "negra", su eterna enamorada.
En la última noche de agosto, silenciosa,
alzando débilmente su brazo fatigado,
señaló con su dedo extendido dos veces hacia lo alto.
"¿Te vienen a buscar, viejito?"—le pregunté casi llorando.
Apenas me miró con sus ojitos claros, casi entrecerrados,
y vi correr por su rostro una lágrima pequeña,
como quien ya escucha la voz del eterno llamado.
Así partió mi padre, entero en sacrificios:
nos dio su vida, partió su cuerpo con su esfuerzo,
y dejó en nuestras manos lo mejor de su alma.
Hoy lo nombro con orgullo y alegría:
mi padre, mi ejemplo, mi viejito querido.
Más allá del retrato y del uniforme,
para mí —y para los míos—
serás siempre un verdadero y eterno soldado de la vida.
ELIDA VERÓN
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