Invertir en infraestructura
La inversión en infraestructura es una condición necesaria y estratégica para que un país pueda competir, crecer y prosperar. Las rutas, los ferrocarriles, los puertos, los aeropuertos, las redes de energía, telecomunicaciones y saneamiento forman la columna vertebral que sostiene la actividad económica. Invertir en infraestructura permite reducir los costos logísticos, mejorar la productividad, facilitar el comercio interno y externo, y generar condiciones más atractivas para la inversión privada y el desarrollo empresarial. Sin estas bases, cualquier intento de transformación económica enfrenta límites estructurales que impiden un crecimiento sostenido.
En este sentido, la infraestructura no solo permite conectar territorios, sino también articular cadenas productivas, aumentar la especialización económica y fortalecer la integración regional. Las regiones más dinámicas del mundo —desde Asia hasta Europa— han logrado consolidar sus ventajas competitivas en parte gracias a inversiones inteligentes y sostenidas en infraestructura. Cuando un país decide relegar estas prioridades, se arriesga a generar cuellos de botella que encarecen los costos de producción, desalientan la innovación y debilitan su posicionamiento frente al mundo. Además, la inversión en infraestructura tiene efectos multiplicadores: dinamiza el empleo, estimula la demanda interna y facilita una distribución más equitativa del crecimiento.
En el caso de nuestro país, esta visión estratégica parece haber perdido valor. Así lo señala un reciente editorial del periódico británico Financial Times —uno de los diarios económicos más influyentes a nivel global— donde se advierte sobre decisiones del gobierno nacional que, según su análisis, parecen guiadas más por la ideología que por el sentido común. Aunque el diario reconoció algunos logros iniciales del presidente Javier Milei, como la fuerte caída de la inflación y la restauración de la confianza en el peso, también señaló con preocupación el drástico recorte del gasto en infraestructura y ciencia. Para el Financial Times, estas decisiones están muy lejos de apuntalar un modelo de desarrollo sostenible. Por el contrario, la opinión del periódico advierte que comprometen la capacidad del país para sostener el crecimiento y atraer inversiones productivas. Por otra parte, la columna editorial del periódico cuestionó la falta de consensos políticos y el estilo polarizador del presidente de la Nación, advirtiendo que su negativa a negociar con sectores políticos que están dispuestos a acompañar algunas de las principales medidas podría poner en riesgo la continuidad y viabilidad de las reformas estructurales que promueve.
El artículo advierte, por otro lado, los efectos de esta política de "terapia de shock", que ya se hacen sentir en distintos sectores productivos y sociales. En ese sentido, pone la lupa sobre lo que denomina el sobreuso de un tipo de cambio sobrevaluado para contener la inflación y advierte que está deteriorando la competitividad industrial y agotando las reservas internacionales, mientras la paralización de obras públicas acentúa las desigualdades territoriales y limita las posibilidades de desarrollo regional. A esto, agrega el influyente periódico, se suma la caída de la inversión extranjera directa —que se redujo a menos de la mitad el último año— y la desconfianza de muchos empresarios e inversores, quienes si bien valoran la audacia del plan económico, no ven aún señales claras de sostenibilidad ni compromiso con una estrategia de desarrollo inclusiva.
La historia económica argentina ha demostrado, en más de una oportunidad, que los atajos, cuando se basan en recortes sin planificación ni consensos, suelen tener un alto costo social y político. Como se ha señalado ya en otras oportunidades en esta columna, sin infraestructura adecuada, no es posible lograr un crecimiento sostenido. Sin inversión en ciencia y tecnología, no hay innovación ni futuro competitivo. Y, peor aún, sin la existencia de diálogo político, no hay reformas duraderas. Para que las transformaciones estructurales sean efectivas, deben apoyarse en decisiones racionales, pragmáticas y pensadas a largo plazo. El desafío no es solo estabilizar la macroeconomía, sino crear las condiciones materiales y políticas para que el país pueda desarrollarse con equidad y sustentabilidad.
Por ello, resulta fundamental reorientar el enfoque del gobierno nacional, que debe reanudar la inversión en infraestructura, fomentar el desarrollo científico y tecnológico, y construir acuerdos amplios en el Congreso. Son pasos imprescindibles para superar las limitaciones actuales. Solo así podrá Argentina dejar atrás décadas de inestabilidad y volver a proyectarse como una economía moderna, integrada al mundo, capaz de generar oportunidades para todos sus ciudadanos.
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