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Empresarios en pie de guerra

La batalla por los balcones gastronómicos tiene sabor a lucha

La movida gastronómica de Resistencia está bajo ataque. Esa, al menos, es la sensación que tienen quienes día a día levantan persianas, reinventan recetas, y, por sobre todo, defienden el derecho a trabajar con dignidad.

El reciente tirón municipal —esa ordenanza que obliga a remover los famosos balcones gastronómicos de la vía pública— desató una verdadera batalla entre los trabajadores del sector y las autoridades locales.

Los funcionarios, con argumentos armados en problemas de tránsito y seguridad, decidieron, sin demasiado aviso ni margen de maniobra, que los bares y restaurantes deben desmontar estas estructuras tan características. ¿Consecuencias? La posibilidad concreta de que decenas de trabajadores queden sin su fuente de ingresos, que comercios deban reducir personal o, en el peor de los casos, bajar la persiana para siempre.

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La batalla por los balcones gastronómicos tiene sabor a lucha

No fue un debate técnico. Fue un golpe frío, envuelto en papeles, sellos y la falta de diálogo real. La voz de los gastronómicos, muchas veces desconocidos para la política pero esenciales para la vida nocturna y cultural de Resistencia, se alzó firme. La lucha está lejos de ser silenciosa: las cámaras empresarias, dueños de bares y empleados encendieron la mecha. Rechazan la estigmatización de su sector: "parece que todos los males de la ciudad empiezan y terminan en los bares", se escucha en cada reunión. No es casual: hay, además, una profunda sensación de injusticia, porque mientras se exigen normas estrictas a los pequeños, otros con más poder gozan de permisos y flexibilidades que los dejan fuera de toda discusión.

El argumento más fuerte, y el que resuena con crudeza, es el de la seguridad jurídica. Muchos comerciantes invirtieron todo lo que tenían gracias a habilitaciones otorgadas por el propio municipio, que hoy pretende borrar con el codo lo que ayer autorizó con la mano. "Esto es cambiar las reglas de juego a mitad de partido y que el que paga siempre sea el que apostó por su ciudad," se lamentan. El panorama es doblemente complicado para los que recién empiezan, que ven cómo se esfuma la oportunidad de crecer en medio de exigencias cada vez más cambiantes.

A los argumentos municipales, los gastronómicos opositores responden con propuestas: ordenemos, sí; mejoremos la seguridad, claro; pero trabajemos juntos. La decisión unilateral, aseguran, sólo evidencia la dificultad de la gestión para acompañar e impulsar a quienes apuestan, muchas veces desde cero, a levantar Resistencia como una capital que da la bienvenida al turismo y al desarrollo local.

La batalla por los balcones trasciende lo material: es el símbolo de todo un sector que se resiste a que le cierren la puerta sin explicación. Es el reclamo de poder sentarse en la mesa de las decisiones que afectan su destino. Lo saben los trabajadores —aquellos que hoy podrían quedar en la calle— y lo entiende cualquiera que alguna vez haya buscado un rincón para compartir algo al aire libre en la ciudad.

¿Habrá espacio para el diálogo o pesarán más las planillas y los dictámenes escritos en escritorios lejanos? Por ahora, en Resistencia, la pelea está servida y el menú incluye sabor a lucha y a futuro.

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