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La desigualdad y el desafío democrático

En la mayoría de los países occidentales, la democracia atraviesa una etapa de profunda transformación, marcada por el desencanto ciudadano, el escandaloso aumento de la desigualdad y el avance de propuestas populistas que simplifican y polarizan el debate público. A pesar de que el voto sigue siendo un mecanismo central para la vida democrática, su capacidad para representar intereses diversos, legitimar gobiernos, controlar a los representantes, producir ciudadanía y animar la deliberación pública se ha visto erosionada. Así lo advierte el historiador francés Pierre Rosanvallon, quien desde hace años reflexiona sobre las mutaciones del ideal democrático en las sociedades contemporáneas.

La baja participación en las urnas durante las últimas elecciones celebradas en distintos lugares del país da cuenta de una crisis de legitimidad y representación. La ciudadanía percibe que el sistema político no resuelve sus problemas ni ofrece respuestas estructurales a las crecientes desigualdades económicas y sociales. La política se vive como un espectáculo repetido, en el que las promesas electorales se evaporan rápidamente y el vínculo entre la ciudadanía y sus representantes se desdibuja.

Rosanvallon explica que esta crisis no es solo institucional, sino también cultural y social. En su análisis, la democracia clásica descansaba sobre cinco funciones que hoy están en tensión: la representación de la pluralidad social, la legitimación del poder, el control ciudadano sobre los gobernantes, la construcción de una comunidad de iguales y la deliberación pública. En cada uno de estos frentes, afirma, el sistema político ha dejado de cumplir sus objetivos con eficacia.

Uno de los factores centrales de esta transformación es el "gran vuelco" iniciado, a nivel global, en las décadas de 1970 y 1980, que dio paso a un modelo económico basado en el "capitalismo de la singularidad". El Estado de bienestar, que durante gran parte del siglo XX logró reducir la desigualdad mediante políticas redistributivas, fue reemplazado por un paradigma que ensalza la innovación individual, la competencia meritocrática y la desregulación. En este nuevo marco, la igualdad dejó de ser un horizonte compartido y comenzó a verse como un obstáculo a la libertad individual o a la eficiencia económica.

Lejos de la "sociedad de semejantes" que buscaban las revoluciones democráticas del siglo XVIII y XIX, nos encontramos en un escenario donde la desigualdad no solo persiste, sino que se justifica culturalmente. La idea de mérito ha sido utilizada para legitimar las diferencias extremas de ingreso y oportunidades, haciendo invisible el carácter estructural de muchas formas de exclusión.

Para Rosanvallon, la respuesta no puede ser un simple regreso a la redistribución económica tradicional. El desafío actual es más complejo y exige una reformulación profunda del concepto de igualdad, que incorpore no solo la dimensión material, sino también las relaciones sociales y las experiencias singulares de los individuos. En este sentido, propone reconocer la diversidad de trayectorias vitales y rechazar las formas de discriminación que impiden a cada persona ser plenamente reconocida; construir vínculos sociales basados en el respeto y la implicación mutua, desafiando el individualismo competitivo y reimaginar la ciudadanía como un espacio de construcción colectiva, donde los ciudadanos no solo exigen derechos, sino que también participan en la definición del bien común.

Esta perspectiva, sostiene el historiador francés, aleja de una visión aritmética de la democracia, centrada únicamente en la suma de votos, para avanzar hacia una democracia de ejercicio, donde la vigilancia ciudadana, la transparencia y la participación sean permanentes. Dicho de otro modo, es necesario transitar hacia una democracia más compleja y participativa, capaz de dar cuenta de una sociedad fragmentada, donde ya no existe un "pueblo" homogéneo, sino una multiplicidad de historias y situaciones particulares.

En este contexto, el populismo aparece como una respuesta simplificadora a un mundo cada vez más difícil de entender. Se presenta como una "democracia límite" que promete representar al pueblo en su totalidad, pero que en realidad reduce la política a la confrontación binaria entre "nosotros" y "ellos". Este tipo de liderazgo polariza, debilita los controles institucionales y clausura la deliberación, al mismo tiempo que se alimenta del malestar social y el desinterés por la participación democrática.

Es necesario generar espacios para una ciudadanía que no se limite a votar cada tanto, sino que participe cotidianamente en la toma de decisiones, la fiscalización del poder y la construcción de sentido colectivo. Solo así será posible superar el desgarramiento democrático que señala Rosanvallon y avanzar hacia una sociedad que, sin negar las diferencias, permita la construcción del bien común.

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