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Carossini

El viernes falleció Carlos Antonio Carossini, el hombre que ocupó la Subsecretaría de Información Pública durante los ocho años en que Ángel Rozas gobernó el Chaco. Tenía 68 años y varias enfermedades y dolencias que lo fueron acorralando hasta terminar con su vida. Quedaba atrás una existencia que tuvo su faceta más pública entre diciembre de 1995 y el mismo mes de 2003.

Muchos no sabrán de quién hablo, pero en el ambiente de la política y de los medios de comunicación su nombre fue una marca referencial de aquella era. Con mano de hierro, buscó controlar hasta los engranajes más diminutos del sistema de medios, utilizando los recursos de la inversión publicitaria oficial como látigo adoctrinador. La obsecuencia se premiaba con las mejores tajadas de "la pauta", el sentido crítico se castigaba con asignaciones paupérrimas o la exclusión lisa y llana.

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Empecemos por aclarar algo: Carossini no estaba inventando nada. La misma estrategia ya había sido aplicada por los gobiernos precedentes y continuó intacta en los que siguieron. Pero en esos años el cerrojo fue tan implacable, el nivel de vigilancia sobre medios y periodistas fue tan puntilloso, que la etapa es recordada todavía como un emblema de las políticas dirigidas a cercenar las libertades de prensa y de expresión.

EL ANTES

Con Carossini nunca llegamos a ser amigos, pero sí grandes enemigos. Nos odiábamos con fruición. Eso pese a que nos habíamos comenzado a conocer antes de la llegada de Rozas al poder y a que el trato entre ambos había sido de recíproca valoración. 

En rigor de verdad, si conocerse es verse por primera vez, yo conocí a Carossini a principios de 1991, cuando acudí a "Negro el 13", un local gastronómico que mis compañeros de "El Diario" recomendaban por sus precios convenientes, imán irresistible para cualquier periodista del Chaco. El lugar se llamaba así porque si uno compraba una docena de empanadas (el plato insignia de la casa), recibía trece unidades. En el mostrador estaba Carossini. Lo recuerdo escribiendo, a mano, el guion para una publicidad radial y recriminándole a un músico la falta de pago de algunas pizzas fiadas. La cocina era una de sus pasiones.

Yo no sabía su nombre. Recién lo supe cuando años después, en 1994, acudió a la Redacción de NORTE, mi nuevo lugar de trabajo, para presentarse y contar que era el agente de prensa del diputado Ángel Rozas. 

Carossini sabía que le tocaba remar en dulce de leche repostero. En la UCR no había plata para financiar difusión, y desde el gobierno provincial de Acción Chaqueña se bajaba a los medios la "sugerencia" de no darle demasiada atención al legislador radical. El partido de gobierno y la UCR se disputaban casi la misma franja de votantes, así que el oficialismo se esmeraba en conjurar cualquier chance de crecimiento de las figuras radicales. La pauta, en este caso, servía para cerrarle puertas a Rozas. 

DURANTE

Carossini había trabajado en medios gráficos en los ’70, y luego emigró hacia México y Centroamérica. Hizo una buena carrera como publicista, hasta que por cuestiones personales retornó al Chaco. El proyecto gastronómico fue un intento de sostenerse económicamente. No funcionó.

Lo que sí anduvo muy bien fue su trabajo con Rozas. Astuto, observador, diseñó un plan comunicacional que multiplicó los peces y los panes para que el diputado venciera primero a Luis León, caudillo histórico, en la interna radical de 1994, y se quedara también con la candidatura a gobernador en 1995. Luego llegó la proeza de ganarle la pulseada, en un agónico balotaje, al candidato peronista, Forencio Tenev, que era el favorito para quedarse con el ticket hacia la Casa de Gobierno.

En diciembre de ese año, el agente de prensa se convirtió en Subsecretario de Información Pública. El dueño de la birome de la pauta. Todos los que lo habían ninguneado pasaron a ser sus más fervientes admiradores y palmeadores de espalda. Y, como una segunda cara inescindible de la moneda, él dejó de apreciar a los periodistas que antes lo habían ayudado a sortear el bloqueo mediático a su jefe. La independencia que se valoraba antes pasó a ser vista luego como un acto conspirativo.

Carossini vigilaba, marcaba con resaltador las notas que en los diarios podían afectar el crédito político del gobierno, llamaba a los dueños de emisoras si algún cronista hacía una pregunta incómoda en una conferencia de prensa, indicaba cada día a sus porristas radiales de quiénes había que hablar bien y a quiénes había que defenestrar. 

ÉXITO

En términos electorales, todo ese control de la información y del pensamiento pagaba excelentemente bien. Rozas ganó todas las elecciones en sus ocho años de gestión, con márgenes abrumadores. Las encuestas lo mostraron siempre con una imagen positiva altísima. Triunfó incluso en los años en que los que los salarios se pagaban con bonos Quebracho.

Quien se enfrentaba a esa maquinaria se metía en una batalla desigual. Carossini, como un custodio letal, despedazaba lo que se le ponía enfrente. En la resistencia había poca gente. Allí cabe la mención al mejor de todos: Rolando Núñez, el abogado que conducía el Centro de Estudios Nelson Mandela. Era uno de los blancos dilectos de Información Pública. La colección de alcahuetes del gobierno (de todos los gobiernos, en realidad) castigaba a diario a Núñez y a todos los que denunciaban censuras y atropellos. Carossini lo demandó judicialmente, así como al Sindicato de Prensa. Esas acciones no prosperaron.

En 2003, cuando Roy Nikisch toma la posta y gana la gobernación, Carossini baja el perfil. De vez en cuando publica cartas, hasta que en 2007 llega la chance del regreso de Rozas para un tercer mandato. Triunfa Jorge Capitanich y se cierra el ciclo radical. Del exsubsecretario ya se sabe poco y nada.

PLAGIOS

Es tentador para algunos pensar que con Carossini empezó y terminó la manipulación de los recursos públicos para -vía pauta oficial- obtener inmunidad informativa en beneficio del gobierno de turno. Pero ni fue el primero ni fue el último. En este asunto impera el plagio, el copy and paste. La libertad de expresión es algo que nuestros dirigentes aman con una devoción que comienza a extinguirse ni bien llegan al lugar que les debería permitir cuidarla.

La diferencia, en todo caso, está en los grados de intensidad y en las luces de quienes van desfilando por los cargos. Carossini actuó de una manera condenable como funcionario, pero también era innegablemente inteligente y culto. Un villano de alta gama. Dicen que de niño se enfurecía cuando un compañero de juegos le mezclaba los soldaditos de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos con los de la Segunda Guerra Mundial. "¡No te das cuenta de que no son lo mismo!", estallaba.

A la distancia, uno casi que añora las peleas con él. Lidiar con burros, en cambio, es absolutamente aburrido. "¿Por qué en tus columnas hablás de hechos históricos si no estuviste ahí?", me reprochó uno de los que llegó después. ¿Qué se puede discutir con alguien así? Otro se queja de los títulos del diario hasta cuando se trata de textos que, objetivamente, favorecen al gobierno. Nunca más oportuna la campaña "Que entiendan lo que lean", que lleva adelante la oenegé Argentinos por la Educación.

Y algo más: Carossini murió pobre. Falleció en el Hospital Perrando, fue velado en una de las salas gratuitas que el Municipio tiene en el Cementerio San Francisco Solano, en los últimos tiempos sus amigos aportaban dinero para solventar la atención médica. Vivía con una pensión que apenas superaba los 300.000 pesos. No casa en barrio privado, no piscina, no lancha, no cuatro por cuatro. ¿Cuántos de los que han manejado y manejan la jugosa caja de "la pauta" podrían mostrar lo mismo?

Años atrás, nos cruzamos por casualidad en un supermercado. Fue un momento tenso, nos pasamos las facturas. El año pasado nos sentamos a tomar un café. Saldamos las deudas de los tiempos en los que nos disparábamos apuntándonos a las cabezas. Me pareció alguien distinto. Estaba muy aferrado a la fe, hablaba de la Biblia con una erudición formidable. Fue su confortación hasta el final, cuando llegó el turno del alma porque el cuerpo decía adiós.

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