Ha concluido el pontificado de quien será recordado como Francisco, el grande

No es fácil despedir a los que amamos. Siento en mi alma la misma emoción que sentí cuando despedí a mi madre, porque hay seres que son irreemplazables. Mi madre lo es, y Francisco también. Tuve el privilegio de estrechar su mano y de sumergirme en su mirada mansa en la plaza San Pedro, que hoy, me parece tan vacía sin él. Aquella orfandad materna es hoy en mi alma, orfandad paterna en esta plaza, que al menos para mí, nunca más volverá a ser la misma. Y esto no es solo un sentimiento romántico: millones de católicos sentimos que hemos perdido a nuestro "muso inspirador"; y como ha dicho alguien acertadamente: "Estamos de luto, no solo por el mundo católico, sino por toda la humanidad, porque cuando un ser extraordinario y tan luminoso se va, sentimos de algún modo que la luz que nos inspiraba, se atenúa".
Por eso, acaso, como siempre he predicado, el mejor modo de honrar la memoria de aquellos que se han ido, será repetirlos. Así, en los años que me quedan, andaré por el mundo encarnando como pueda, la compasión, la misericordia y el amor exclusivo por los pobres y por los pecadores, aunque me odien, a ejemplo de Francisco. Seré abierto, plural, inclusivo, profeta, maestro, alumno, firme y vigoroso, débil, virtuoso, pecador, seré todo lo que un ser humano inevitablemente es; pero me esforzaré por ser en todo como Francisco, en nombre del amor.
Pero no se trata de mí, se trata, en realidad, de lo que Francisco ha generado en los millones de seres que creemos, en la justicia social y en la igualdad de condición sin excepción, por el solo hecho de ser personas. Se trata de los incontables trabajadores del reino, que creemos en el compromiso real y no romántico con los pobres y con los pecadores y con la libertad, libertad no como relato, sino como un ejercicio respetuoso al derecho que tienen todos los individuos de pensar distinto, elegir distinto, creer de una manera distinta, y de escoger libremente, la opción de vida que les permita ser felices, cualquiera fuere su elección y condición.
Podríamos enunciar tantas palabras, acciones, imágenes, enseñanzas que ilustren de manera cabal quién fue Francisco, pero prefiero quedarme con esta definición: él fue implacablemente bueno, y esa bondad no puede ser tipificada por su condición de Papa, sacerdote, obispo de Roma, etcétera. No puede ser encasillado ni siquiera en su condición cristiana, porque sería reducirlo. Él fue genuinamente bueno más allá de todos sus roles, en todo el trayecto de su vida. Francisco fue extraordinariamente bueno simplemente porque fue fiel a su esencia y, en su caso, de manera excepcional, su existencia coincidió plena y absolutamente con su esencia, ya que su exterioridad irradiaba de manera transparente, la luz interior que lo habitaba. Él no mintió jamás a nadie y fue, sencillamente, para quienes lo comprendimos y también para sus detractores, genuinamente, Jorge Bergoglio, el hombre, el argentino, el obispo, el Papa, o simplemente Jorge, como imagen viva de humildad, compasión y misericordia.
No quiero argumentarme para honrarlo, ni en mi admiración, ni en mis lágrimas, ni en mi gratitud, porque podría parecer subjetivo. Debo hacerlo más bien en las lágrimas de millones de hombres y mujeres que anónima y silenciosamente lo despiden, trascendiendo razas, religiones, culturas, ideologías y fronteras. Esto muestra, de manera innegable, que Francisco, desde hace mucho tiempo, había dejado de ser un referente circunscripto a una religión, a una nación o a algún sector, ya que se había transformado en una lumbrera universal que iluminó la vida de millones, y por eso millones lo lloran y lo despiden.
¿Que hizo para trascender las fronteras de Argentina y de la misma iglesia católica? Fue con mayúsculas un hombre bueno y la bondad no tiene religión, ni nacionalidad, ni estatus social, ni ideologías. Francisco fue un hombre bueno que le recordó a los poderosos que el amor y el compromiso con los débiles no es filantropía, ni siquiera caridad, mucho menos aun una acción benefactora para suavizar culpas de conciencia; nos recordó a todos que la opción por los sufrientes de la Tierra, es un deber moral que trasciende la religión, la cultura, la política y las ideologías, para explicarnos con su prédica y ejemplo que la dignidad de la persona y de la condición humana son inviolables. La voz profética y estruendosa de Francisco resonará por lo siglos para las generaciones venideras, removiendo conciencias con esta afirmación: nadie puede dormir con su conciencia en paz y en la seguridad de sus confortables hogares con heladeras llenas, mientras exista un pobre durmiendo en la calle despojado de su dignidad. Nos dijo que es un imperativo moral, por el solo hecho de ser humanos, luchar por la justicia social y comprometernos con la causa de los pobres y sufrientes de la tierra. Y esto no solo por una cuestión religiosa, ideológica o filantrópica, es un reclamo de nuestra condición humana, lo que nos obliga moralmente a comprometernos con los mártires inocentes de ideologías perversas que impunemente masacran a los pobres.
Francisco fue la voz que clamó en el desierto, luchando hasta su último aliento contra este mundo cruel que destroza el alma. Desenmascaró la mezquindad, la avaricia, el ruido mundano, el odio, la mentira la manipulación y los rituales ideológicos que, disfrazados de bondad o conquistas de derechos, han ido eliminando las bases mismas de los valores y los derechos humanos de la civilización.
Fue un centinela que no nos permitió dormirnos frente al cinismo y la hipocresía de los poderosos, y nos recordó todo el tiempo que lo mejor del ser humano está todavía a nuestro alcance, basta que nos decidamos a diferenciarnos, ante tanta infamia, tanto egoísmo y ante tanta muerte y dolor silenciados. Nos recordó, siendo el mismo testimonio de todo eso, que ser buenos es posible; que no necesitamos ser santos, ni puros, ni perfectos para hacer el bien; solo necesitamos ser valientes y fieles a nuestra esencia, para combatir el mal.
Francisco asumió la historia como un proceso dinámico de purificación individual y colectiva y por eso nos enseñó a ser pacientes. Eligió el amor antes que la doctrina, siendo fiel a la tradición más genuina de los tiempos fundacionales de la iglesia, antes de que esta se case con el imperio, abriendo caminos nuevos, por ejemplo al proclamar a María Magdalena no solo como santa, sino además como apóstola de la esperanza, reconociendo en ello el rol fundamental de la mujer en la historia. Este reconocimiento Francisco lo hará concreto, ante el estupor de la curia romana, concediendo en su pontificado a las mujeres funciones ejecutivas y de gobierno, en la más alta jerarquía de la estructura eclesial.
¿Por qué produjo Francisco estos cambios estructurales en la iglesia? Porque eligió la compasión y la misericordia antes que el dogma y la doctrina, y además porque eligió coherencia evangélica, antes que aplausos. Caminó con los pobres, se arrodilló ante los descartados, desafío a los poderosos no por revancha ni resentimiento, sino por grandeza y coraje moral. Nos enseñó que la sonrisa y el humor son una herramienta para amar y servir, y que a Dios no solo se lo encuentra en el templo o las iglesias, sino que lo santo se revela y muestra en la forma de vivir y en la forma en cómo vemos y tratamos a los demás. Nos enseñó que el amor debe doler y que el poder es servicio a los pobres, o no es poder de nada. Nos dijo con su testimonio que la diversidad es complemento y que el encuentro con todos sin excepción, es el único camino posible para lograr la paz.
¿Cómo honrarlo legítimamente a Francisco? Transformándonos en él, que su luz resplandezca en nosotros y también su fe y esperanza por la humanidad. Ser él, en un mundo brutal y mentiroso, como un oasis de paz, de amor y de esperanza, para inmortalizar su legado. Sin olvidarnos jamás de los pobres; cuestionando y confrontando a los poderosos; y haciendo nuestra la opción por los últimos. Y que nuestra vida abrazando su sueño sea como un himno que inmortalice al Papa argentino, que la historia recordará como Francisco, el grande.
El Papa argentino narrará la historia de los siglos venideros, nunca pudo volver a su terruño por culpa de una porción de sociedad mezquina que, con sus mensajes cargados de odio, dividió a los argentinos, haciendo imposible su visita, para no crear más división. A ellos, la eterna deshonra y la vergüenza, y al Gran Francisco, honor y gloria por los siglos.
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