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Carta de lectores

El amor de Jesús a sus sacerdotes

Señor director de NORTE:

Este tiempo cuaresmal que la Iglesia nos presenta para la santidad de la humanidad llama de manera especial a los sacerdotes, a mostrar la verdadera correspondencia con el amor de Cristo Jesús, amor verdadero que desde la encarnación permaneció siendo lo que es.

Jesús ama muchísimo, ama con plenitud que nada puede igualar, y con ese amor ama a sus sacerdotes, aún antes de nacer.

El gran amor del Corazón Sagrado de Jesús, ya concebido en el seno virginal de la santísima virgen es el inspirador de la travesía inmediata de María hacia la casa del sacerdote Zacarías para comunicar a Juan, aún en las entrañas de su madre, de su pureza sin mancilla y sublime santidad; es el gran amor de Jesús que elige a Juan para su sacerdocio del cual Jesús mismo es sacerdote eterno y sólo él puede darle poder y dignidad. Así ama Jesús a todos aquellos a quienes hace participar de su sacerdocio, los sacerdotes, y a todos les ha dado poder y dignidad. 

Juan es el eslabón misterioso que ha de unir el sacerdocio antiguo con el nuevo sacerdocio que ha de fundar Cristo; la cadena sacerdotal no se romperá. Aunque algunos digan que Juan no fue sacerdote, Jesús resalta su carácter sacerdotal, impreso en la anunciación del ángel a Zacarías. 

Juan al venir al mundo no tarda en retirarse a cumplir con su ministerio en el templo que le ha signado Dios, el desierto. Allí eleva su oración, el incienso de sus adoraciones y el cántico armonioso de su amor; allí ofrece una víctima perfecta, cruenta e incruenta pues se inmola a sí mismo con la espada de la más espantosa austeridad.

Juan es sacerdote y era el precursor de Cristo, una figura hermosa y digna de reflexionar en esta Cuaresma: desprendido de lo terreno, puro en sus costumbres, fervoroso en la verdad y lleno de celo por las almas, anuncia la buena nueva, predica la penitencia y muestra al salvador a las almas, instruye, ilumina y reprende con el rigor de la ley antigua, no impregnada aún de la benignidad de Cristo.

De hecho los sacerdotes de hoy son también precursores de Jesús; el "Ecce Agnus Dei" que repiten desde hace siglos al presentar la divina hostia, no hay duda de que es el eco fiel de la palabra de Juan el Bautista, y las gracias vertidas por el amor de Jesús en su seno materno eran la santificación anticipada de su sacerdocio, la purificación que lo apartaba del resto de la humanidad, elevándolo por encima de todo y bajo su mano, el maestro ha querido tomar la forma de pecador asemejándose a nosotros y también rendir homenaje al sacerdocio de Juan, solicitándole que le bautice.

Así Cristo, en su precursor, es privilegio de amor para sus sacerdotes a quienes previene con sus gracias y dota de sus más preciados dones, al mismo tiempo que infunde el entusiasmo de entrega de su juventud a Dios.

Más tarde, en los días de su vida pública, Jesús no se descuida, mantiene siempre en alto el respeto al sacerdocio. Así, la frase de Caifás: "Es bueno que un solo hombre perezca por el pueblo" hace notar la grandeza del sacerdocio y los privilegios que confiere: profetizó porque era sumo sacerdote; a pesar de su indignidad, odio, bajeza, sólo por ser sumo sacerdote Caifás había recibido el don de profecía. Y, sin saberlo, con sus palabras reveló la maravillosa riqueza del misterio de la redención –no se trata de salvar sólo al pueblo judío, sino de la salvación de toda la humanidad–.

Sí, aun cuando un sacerdote hubiere caído o el pecado lo envileciere y mancillare, debemos respetar su dignidad, porque así lo hace Dios: Jesús de pie ante el sumo sacerdote, no responde. Luego recibe los golpes, se inclina y perdona.

Si Jesús respetó el sacerdocio judío ¡cuánto más no amó al sacerdocio cristiano!

Hoy, a pesar de que la Iglesia sufre su propia pasión tan alimentada por ideologías progres de ministros mercenarios que laborean el rebaño, Jesús sigue amando y llamando. Y así como hay un riesgo en amar hay un riesgo en llamar pues ambos pueden ser rechazados.

En esta Cuaresma ningún católico (laicos y clérigos) debe negar que el mayor riesgo que ha tomado Cristo es la cruz, y desde la cruz sigue amando y desde la cruz sigue llamando. Él mismo escoge, instruye, modela; se ocupa del perfeccionamiento de sus sacerdotes. Sin embargo, conoce cuántos serán capaces de perseverar, algunos de los que fueron llamados lo seguirán un tiempo, otros ante los sacrificios que la divina vocación impone desde el comienzo desistirán. Mucho se entristece el corazón de Jesús ante estas huidas y cobardías, ante el desprecio de los tesoros del cielo.

Jesús seguirá amando a sus sacerdotes hasta las últimas horas de su vida mortal. "He deseado con gran deseo –dice– comer esta Pascua con vosotros antes de sufrir".

Ha sido su deseo hacer partícipes a sus discípulos de su sagrado sacerdocio, sellarlos con ese carácter que les eleva por encima de las jerarquías angélicas. Ansiaba estar entre sus manos bajo la Sagrada Forma, entregarse a ellos y de ellos depender. Urgía en él ver ya cumplido aquello con que su corazón soñaba: el sacerdocio católico. 

(Fuente: El Sagrado Corazón y el sacerdote - Rma. Madre Luisa M. Claret de la Touche)

CLARA MARÍA GONZÁLEZ

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