Las tres amenazas que ponen en riesgo la supervivencia del ser humano en el planeta
Europa y el mundo civilizado en general comienzan a preguntarse cada vez con mayor preocupación acerca de la estabilidad de la paz mundial y, al mismo tiempo, sobre las amenazas reales que se ciernen sobre la humanidad, cual jinetes del apocalipsis. El mundo tuvo un período, luego del fin de la Guerra Fría, en el que parecía encaminarse hacia una paz duradera y hacia la expansión de una conciencia cada vez más humana, fraterna y universal. Los grandes avances tecnológicos y la disminución de las tensiones políticas e ideológicas entre el sur y el norte, oriente y occidente –como fruto de la prevalencia del diálogo y las políticas de no violencia en las zonas de conflicto– ilusionaban al mundo con una nueva etapa en la conciencia humana, que nos alejaba del fantasma de la guerra y nos aproximaba más a la cultura de la civilización del amor. Pero todo resultó en una ilusión.
La sucesión de liderazgos mundiales obtusos, sostenidos por ideologías fundamentalistas, puso de nuevo en boga la tensión entre la izquierda y la derecha, el comunismo y el capitalismo, el populismo y el conservadurismo. Esto terminará pulverizando toda intención de construcción del mundo, "aldea global", donde pudiera ser posible la convivencia pacífica en la diversidad, haciendo prevalecer como acción política mundial, más que la tensión hacia la fragmentación, la tensión hacia la unidad.

El fenómeno migratorio a escala global y el aumento de la pobreza a índices escandalosos aumentaron dramáticamente la brecha entre ricos y pobres, y la idea de un mundo unido chocó con la realidad de un mundo fragmentado por el miedo, cada vez más encerrado en sí mismo, a nivel de países, clases sociales, razas, religiones, e ideologías. De este modo, el mundo que se encaminaba hace no muchos años hacia una paz duradera, sobre la base de una unidad verdadera, devino por odio social, religioso, cultural e ideológico, en una suerte de humanidad rota, desarticulada y llena de miedos hacia el otro. La otredad abierta que proponía ese modelo de humanidad reconciliada en la diversidad, dio paso a una autorreferencialidad exacerbada, que se volvió cada vez más vigorosa, alimentada por el odio y el miedo hacia el estatus social del otro, la religión, la cultura y la ideología del otro.
Así las cosas, el mundo entró en un cono de sombras que se caracterizará por el miedo, la decepción, la fragmentación, el odio y la angustia existencial, frente a lo incierto. Todo eso, unido a la desorientación filosófica actual, sobre el sentido teleológico del ser, conducirá al hombre a un reduccionismo antropológico espantoso, menguándolo a la consideración de sí mismo solo como materia, sin trascendencia, y entonces, apenas, un acontecimiento casual, en el que el polvo es solo polvo, sin nada de luz.
En este contexto nos sorprende la pandemia, que viene a colocar el broche de oro al colapso social, político y cultural de una humanidad sin valores, que se caía a pedazos. La pandemia, en efecto, desenmascara, la falsedad ideológica de un sistema que nos hacía creer en una unidad y un progreso que no eran tales y en una solidaridad y fraternidad que tampoco lo eran. Este es nuestro presente, el mundo sigue moviéndose hacia un futuro incierto, en el que las sombras de una catástrofe global parecen cada vez más cercanas. Y la suma de todos los miedos está en el riesgo cierto de una crisis nuclear latente y que el papa Francisco llama "guerra mundial a pedazos".
La invasión de Rusia a Ucrania es el mejor ejemplo. Rusia, cuya política imperial y expansionista se mantiene viva, inspira, además, al resto de naciones con este mismo espíritu beligerante y de expansión, a saber, Estados Unidos, China, e Israel y medio oriente.
Como nunca, la sombra de una guerra nuclear en estos tiempos, adquiere la forma de una amenaza real, con superpotencias trabajando en el pleno desarrollo de herramientas tecnológicas para tal fin. Herramientas que ya no se reducen a armamentos terrestres, circunscriptos a lugares puntuales, sino que estas tecnologías bélicas se expanden al espacio exterior donde, efectivamente, si estalla un conflicto nuclear, este será el campo real de batalla donde se desarrollará una guerra tecnológica con consecuencias imprevisibles para el planeta.
El súper Satélite que ya está en el espacio lanzado por China, se dice, tiene el poder de un apagón tecnológico global. ¿Podemos imaginarnos ese escenario? Sí, es real, y podríamos, en un segundo, volver a la edad media si China así lo decide.
La segunda amenaza real es el desastre ecológico que está en curso en nuestro ecosistema. Las emisiones de gas por el uso indiscriminado de combustibles fósiles y la desforestación; así como la cultura capitalista y urbana, que promueve el consumo depredador de los recursos del planeta, con la mayoría de sus habitantes sin conciencia ecológica, es una bomba de tiempo a punto de explotar. De hecho, tal negligencia en el cuidado sustentable de nuestros recursos y en la educación de la población, nos ha hecho entrar ya en la sexta etapa de la extinción masiva de la vida en el planeta. Y ni hablar de las catástrofes naturales fruto de la conducta depredadora del ser humano en nuestro eco sistema.
La tercera amenaza es la inteligencia artificial general. Dicen los científicos más destacados en IA, que crear una inteligencia artificial autónoma que no dependa del ser humano, y que se autogestione por sí misma aprendiendo a independizarse de él, podría ser muy peligroso. Más allá de las implicaciones del cambio que la IA supondrá en todos los aspectos de la vida humana, social, laboral, académico, cultural, etc., lo más peligroso de estos sistemas avanzados es la falta de protocolos de control, para que estos no se constituyan en una caja de pandora que, una vez abierta, ya no podamos tener control sobre ellas.
Lo que parecía ciencia ficción hace unos años ya no lo es, estamos viviendo la era de las máquinas, y el desafío será controlar su autonomía, por el riesgo cierto que implicaría que las máquinas tengan poder de decisión sin intervención humana. Las máquinas no tienen ni códigos éticos, ni códigos morales ni religiosos y por eso, el riesgo más perturbador es pensar por ejemplo en estas dos posibilidades que son reales.
A) que las maquinas desarrollen un tipo de conciencia de auto preservación, que las proteja del control humano. Si se llegara a ese factor de singularidad, las maquinas, serán más inteligentes que el ser humano, y entonces, no estarán ellas bajo nuestro control, sino nosotros bajo el control de ellas.
B) La tecnología de la IA general está cualificada para resolver todo tipo de problemas (ecológico, la paz mundial, las enfermedades, etc). Hay aquí un escenario perturbador en la eventualidad altamente probable de que el hombre se transforme en un problema real para la IA.
Entonces, si la IA es la sofisticación más alta a la hora de resolver cualquier tipo de problemas, no es descabellado pensar que, si esta alcanza la singularidad y la total independencia del factor humano, cuando este sea un problema para el planeta –y ya de hecho, lo es–, las máquinas decidan eliminar ese problema.
Esto significa nada más y nada menos que extinguir de la faz de la Tierra su problema mayor: el ser humano. ¿Es esto algo muy improbable? No tanto, viéndolo matemáticamente. Para la IA general, eliminar el factor problemático fundamental será simplemente una ecuación lógica del algoritmo que operará en función de la lógica para la que fue creada, resolver sistemática y definitivamente el problema.
Y si el hombre en un momento dado es un problema para el planeta, la máquina, simplemente lo va a eliminar, como hacemos nosotros con nuestras computadoras, cuando un virus la ataca; para resolver el problema, simplemente eliminamos el virus.











