¿Herramientas de aprendizaje o factor de distracción?
Los teléfonos móviles, otrora dispositivos exclusivos para hacer llamadas, hoy en día son herramientas multifuncionales que, además de servir para la comunicación, son utilizados para el entretenimiento y la información. En ese sentido, el uso de celulares en las aulas genera muchas preguntas sobre su impacto en el rendimiento académico y la capacidad de concentración de los estudiantes.
Según datos del Observatorio Argentinos por la Educación, basados en las pruebas PISA, el 54 % de los estudiantes de 15 años reconoce que se distrae con el uso del celular durante las clases. La cifra, además, es acompañada por otro indicador: el 46 % de los estudiantes afirma que la distracción se ve amplificada por el uso compartido que hacen sus compañeros. Este comportamiento, aunque parece exclusivo de las aulas argentinas, no es un fenómeno aislado. La tendencia es global. En países como Chile y Brasil, los niveles de distracción debido al uso del celular en clase también son elevados, con cifras que rondan el 40 %. Sin embargo, en naciones como Corea del Sur o Japón, los porcentajes de distracción son considerablemente menores, lo que sugiere que factores como la regulación tecnológica, las estrategias pedagógicas y los contextos socioeconómicos tienen un impacto significativo en este comportamiento.
En este contexto, surgen dos grandes preguntas: ¿es posible regular el uso de los celulares en las aulas para evitar su impacto negativo en el aprendizaje? ¿Deberían prohibirlos o, por el contrario, se debe aprender a convivir con ellos y enseñar a los estudiantes a usarlos de manera responsable? Si más de la mitad de los estudiantes admite que usa su celular todos los días en clase, esto quiere decir que el celular es un dispositivo omnipresente en la vida de los adolescentes, para bien o para mal. La cuestión, entonces, no es tanto si los estudiantes usan sus teléfonos, sino cómo y cuándo los usan. El uso de celulares en clase no es inherentemente negativo, pero cuando se convierte en una fuente de distracción constante, el rendimiento académico se ve comprometido.
Es cierto que los celulares pueden ser herramientas útiles si se emplean de manera pedagógica. En este sentido, algunos docentes han sabido aprovechar el potencial de estos dispositivos para fomentar el aprendizaje colaborativo, la búsqueda de información en tiempo real o el acceso a recursos educativos en línea. Sin embargo, la tentación de consultar redes sociales o aplicaciones de mensajería, cada vez más sofisticadas en su capacidad para captar nuestra atención, es difícil de resistir, incluso para los estudiantes más comprometidos con sus estudios.
A nivel mundial, las soluciones adoptadas varían. Algunos países, como Francia y Estados Unidos (en algunas jurisdicciones), han optado por prohibir el uso de celulares en las aulas. Francia, desde 2018, implementó una normativa que prohíbe el uso de estos dispositivos para todos los estudiantes menores de 15 años. En el estado de Florida, recientemente se aprobó una ley que obliga a las escuelas públicas a restringir el uso de teléfonos móviles durante las horas de clase. Estas medidas buscan garantizar que los alumnos puedan concentrarse en el contenido académico sin la constante interrupción que implica la interacción con las tecnologías digitales. En otros países como Finlandia, la regulación es más flexible: los celulares solo se permiten para actividades pedagógicas bajo la supervisión del docente.
El caso de Finlandia es interesante porque refleja un enfoque más equilibrado. El país escandinavo, que se destaca por su modelo educativo de calidad, no ha prohibido los celulares, pero ha optado por un enfoque distinto, donde se regula su uso dentro de las aulas y se confía en la autonomía del docente para decidir cuándo y cómo utilizar estas herramientas en el proceso de enseñanza-aprendizaje.
La UNESCO, por su parte, señala que el uso de tecnologías como los teléfonos móviles debe ser cuidadosamente gestionado para que contribuyan a mejorar las experiencias de aprendizaje, sin perjudicar el bienestar de los estudiantes. La organización subraya que la revolución digital tiene un potencial enorme, pero su aplicación desmedida o incontrolada puede resultar perjudicial. El desafío es encontrar un equilibrio entre el acceso a la tecnología y la necesidad de concentrarse en el aprendizaje.
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