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Micrografías

El discreto servidor

"Un hombre no debe perder su elegancia; aún en el sufrimiento".

Ernest Hemingway

Durante la década del noventa, el Certamen de Escultura al Aire Libre tuvo su epicentro en la Plaza 25 de Mayo de 1810. Aquella mañana de Julio, el invierno cortaba el aire con su daga de frío que afilaba en la chaira del viento. Confluí un encuentro con Manolo Bordón, mi amigo de la bohemia de la edad de oro, desde la época en el Diario Crisol, año 1974: agudo, bromista y arriesgado en sus actos que merecen un catálogo de la memoria desopilante al que llamaré Desopilatario. Se acercó, ocultándose con la solapa de su campera, y me susurró al caracol del oído. "Ese hombre que viene hacia nosotros, habla de vos". Su guiño de cuarzo travieso indicó la dirección. Cuando giré, ya lo tenía frente a mí. "Usted, es Bosquín Ortega, a quien hago publicidad de su libro, entre mis familiares y amigos", aseveró, sereno. "Me remito a la prueba", agregó y hundió su mano en su abrigo y emergió El Vía Crucis Criollo, obra de mi autoría, editada por Ediciones Paulinas, en 1988, una cantata popular, escrita en décimas, para cantar o recitar. Longilíneo, distinguido y atildado, sobretodo y traje negros, impecables. Se presentó gerente de la empresa Calliera, subsidiaria de Seven Up, en el Chaco; pero, músico y cantor, ante todo. Recuerdo su peinado a la gomina, unos bigotes nietzcheanos y una "gola" de barítono recio. Llamó mi atención que tuviese un libro religioso, escrito para la Pascua, en pleno mes de vacaciones julianas. Saludó con la gentileza de un gentilhombre castellano y continuó camino. Un par de semanas después, Manolo me invitó a Radio Libertad, en los altos de Pellegrini y Brown, donde me hizo escuchar la grabación de mi trabajo con su voz y música incidental: un registro de color vibrante y dicción nítida, transmitida con emoción envolvente. A partir de ambos hechos, iniciamos una amistad ininterrumpida, desde la centuria pasada.

Comprador silencioso

En 1986, Editorial Región publicó La Navidad Chaqueña que lleva, hasta ahora, tres ediciones consecutivas. Otra Cantata popular de mi autoría, con música de Zitto Segovia, que cuenta y canta el nacimiento del Niño Jesús en Margarita Belén, a la manera de un retablo navideño y una peregrinación por barrios, villas y pueblos, de criolla reminiscencia provinciana. Integrado por 123 personas, pretéritas y contemporáneas, un personaje legendario, El Pombero y un relator, El Ángel Mario, representado por Mario Nestoroff. En principio, tuvo carácter editorial y luego asumió una vibración melódica y, más tarde, un formato de historia televisiva, rodada en el Barrio Santa Catalina, en las antiguas defensas del río Negro, nuestro Jordán para ésa circunstancia artística, con producción de Adolfo Carrara - De Colores. 

La primera edición me sacó de mi condición de inédito por la generosidad de Jorge Omar Liotta y la amistad de Pedro Ibarrola, con una portada excepcional de Oscar Delfino D ároz (maestro de Pedro Luis Raotta) que me concedió su fotografía "Abuelo, ¿qué le pedís a Dios?", premio internacional, tomada de una escena con un anciano y su nieta niña, en el oratorio de su rancho, alegoría de religiosidad popular. Decidí donarla a La Casa Cuna de Resistencia. Tuve la ayuda de Ana María Starcevich, alma en alerta. Conseguí el salón de actos de Cosecha Seguros (hoy Juzgado y Fiscalía de Garantías), en la avenida 9 de Julio, gestionado por Raúl Delfino Berneri, secretario de prensa de la institución, pionero del periodismo nordestino. Recuerdo la tarde, bucólica y tranquila, irrumpida, de improviso, por la denuncia de una bomba en su interior. Presurosos, desalojamos el recinto, al que retornamos, casi una, hora después, autorizados por la Brigada de Explosivos, con menos público y algo de pánico. Nunca supimos la índole de tal desatino. Entonces, sucedió algo llamativo, para nosotros. En tanto, reorganizaba el transcurso de la presentación, Ana María me señala a un hombre que había comprado la mayoría de los ejemplares y los llevaba bajo el brazo (edición exigua que contenía, sólo, el texto de la cantata), mientras se retiraba, raudo, hacia la entrada. Logré distinguir la silueta esbelta de Guillermo: la pila de libros había disminuido a mucho, menos de la mitad. 

 

Sorpresa de madre

Recibo una llamada: me aguarda en el Centro Cultural Nordeste. Acudo y entro a la sala Dr. Edgardo Rossi y descubro una exposición de la Asociación Soka Gakai, fraternidad budista, sobre una temática circular sobre la paz y testimonio de genocidios mundiales. Y una sorpresa, inesperada: un banner de notable dimensión; inusual para la época, con el poema Madre esperando, de Penitencia del Ángel, mi primer libro, en letras extendidas. Decidió, por cuenta propia, imprimirlo y regalarme, además, una placa de metal y piedra, de oriental connotación. Dispuesto, siempre, a honrar al prójimo y semejante.

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El 21 de enero de 2025 falleció en Resistencia, a los 76 años el empresario, político y periodista Guillermo Leopoldo Ferrazzano.

Micrófono abierto


Durante varias temporadas, imaginó y condujo una revista matinal, en Radio Resistencia, que, además, de producirla, también, la conducía, bajo la supervisión de Oscar "Cachito" Villasante, gigante de la radiofonía resistenciana. Concitó una empatía de presencia y de audiencia, que no tuvo necesidad de invitación: el tema propuesto (de interés inmediato) era una tarjeta de imantada convocatoria. Los invitados, concurrían, espontáneos, al programa. Sin límites a la entrevista; opiniones diversas y distintas; tolerancia de opiniones, con respeto recíproco; música en vivo y un auditorio para los artistas y sus trabajos. Durante su dilatada experiencia de periodismo empírico, demostró un espíritu cívico y crítico, urgido de altruismo y expuesto a las necesidades de la comunidad.

Familia vertebral


Su misión de pater fue la médula lúcida de su proyecto responsable. La familia, como estirpe y linaje, representaba la extensión existencial de sus ancestros en su historia. Su esposa, Yolanda, y sus hijos, Guillermo, Erica, María y Priscila, sustanciaban su alegría y bonhomía, constantes, genoma distintivo de su persona. "Vigilia, la de los ojos abiertos", al decir de Macedonio Fernández, resultó el desvelo por la actividad del instituto de danzas de sus descendientes: le faltó entrar a la pista para completar su entrega, incondicional, a la carrera de ambas. A propósito, memoro un suceso que fundamenta su conducta. Junto a Yoly, acompañó a sus hijas a una presentación en el Festival Nacional del Chamamé. La coreografía exhibida recibió el veredicto unánime de manos del público: el aplauso. Guillermo, no pudo contenerse, se puso de pie y lanzó un bravo (un sapukay, a su modo) 

que trascendió el Tránsito Cocomarola. De pronto, se sintió mudo; su timbre de barítono, acalló, y apeló a un lenguaje de señas. Soportó un tratamiento de reparación de sus cuerdas vocales, extenso y fatigoso, que cumplió, sin quejas. Y nunca, aquí lo ejemplar, no perdió el humor. Hablaba, por teléfono y con media "gola" me relataba su mejoría. A los pocos meses, enviaba canciones con su guitarra y su voz intacta, grabadas con el teléfono. Recordaré, siempre, esa gentileza y el gesto de adjuntarme, todas las mañanas, el Evangelio del día, a cargo del Padre Rafael del Blanco. 

Conservo el microcosmos de Irigoyen y San Martín que constelaba el hogar y el solar de un tucumano tradicional que abría su amorosa latitud a sus amigos, rasgo propio de criollidad. Los encuentros musicales, heredados de su casa en el Tucma, el conjunto de sus hermanos y el paso por Las Voces del Huayra, precedídos por su fraterno anfitrión. La mesa del amplio comedor (con el templete budista y las iconografías de sus afectos) provista y generosa, para el goce del arraigado y del caminante. Diálogo y melodía, conversatorio y cancionero, charla y coplas, urdían una "yica" jubilosa y celebrante que al partir, convertíamos en alforja para el avío de nuestros caminos a proseguir. La figura apuesta y amable de Guillermo, bajo el dintel de la puerta para despedirnos, recordaba su gratitud y la promesa de un pronto encuentro. 

Percibo, melancolía mediante, su oficina en el Sanatorio Palacio (ex Sanatorio Ferroviario, de mis antecesores), cuando visitaba Resistencia. Y ese pañuelo gardeliano, que acompañó su atuendo, rúbrica de su elegancia. Gracias, Chango, por tu misión de acercar y ayudar.   

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