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Navidad

No decimos nada nuevo si afirmamos que la Navidad, una festividad cristiana que celebra el nacimiento de Jesús, ha ido perdiendo su sentido original en medio de un consumismo exacerbado que la ha transformado en una jornada comercial. Pero hay que seguir diciéndolo, porque es algo que debe lamentarse. Lo que debería ser una fecha de regocijo por el mensaje de esperanza de Cristo, se convirtió en una oportunidad de ostentación para algunos y de frustración para otros, regulada no por condiciones morales y espirituales, sino por la capacidad de consumo de cada individuo. Tampoco es algo reciente, sin dudas, pero sí un fenómeno que se viene acentuando.

El consumismo que aplasta y tapa el verdadero significado de la Navidad es promovido por un aluvión publicitario que, gracias a los teléfonos inteligentes y las redes sociales, se filtra por incontables ventanas a diario. Las campañas publicitarias comienzan cada vez más temprano, incitando a las personas a comprar regalos, decorar sus hogares y participar en una serie de actividades que, aunque pueden ser agradables, desvían la atención del verdadero propósito de la festividad.

La pérdida de un sentido de trascendencia y el derrumbe de los ideales de la Modernidad contribuyeron a esta transformación. En lugar de celebrar la Navidad como un momento de reflexión espiritual y de conexión con los valores cristianos, la sociedad entronizó la capacidad de consumo como la principal cualidad de cada ser humano. Este cambio de enfoque convirtió a la Navidad en una oportunidad para mostrar lo que se puede comprar, generando una competencia implícita que deja a muchos sintiéndose como virtuales fracasados.

Para algunos, la Navidad es en una ocasión para mostrar algún tipo de poder. Lo más común: el económico. Las redes sociales están llenas de imágenes de árboles de Navidad lujosamente decorados, mesas repletas de comida y regalos costosos. Esto no solo distorsiona el verdadero significado de la fecha, sino que también crea una presión social que puede ser abrumadora. Las personas se sienten obligadas a gastar más de lo que pueden permitirse para cumplir con las expectativas sociales, lo que puede llevar a endeudarse y a experimentar un estrés financiero significativo. Pero además, y es lo más importante, nos aleja de lo esencial.

Por otro lado, para aquellos que no pueden permitirse participar en este consumismo desenfrenado, la Navidad puede ser una fuente de tristeza, al sentirse excluidos y menospreciados. La pobreza, por ejemplo, pasa a ser una mácula, un factor de menosprecio, justo en una fecha que celebra el nacimiento de Jesús como hombre de carne y hueso, que predicó las bienaventuranzas de los pobres.

Esta circunstancia interpela además a las distintas confesiones religiosas y a sus referentes acerca de si no hay alguna carencia en las formas de llegar a la sociedad con sus mensajes. Las iglesias y las comunidades religiosas tienen un papel crucial en recordar a las personas el verdadero significado de la Navidad y en promover valores de amor, solidaridad y esperanza. 

Mientras tanto, la Navidad sigue siendo principalmente una jornada comercial en la que la celebración del amor y la fe, y la mirada solidaria sobre los que sufren, queda postergada por aspectos meramente comerciales y materiales. 

Por fortuna, no todo es así. En estos días vemos, también, como si fueran flores brotando entre las rocas, la acción desinteresada, pero sobre todo el amor, de quienes se esfuerzan por aliviar el dolor ajeno, de aquellos que resignan algo propio (por ejemplo, tiempo) para tender una mano al prójimo y aproximarse a quien sufre alguna carencia o alguna adversidad, desde la falta de alimento hasta la soledad.

La buena noticia es que siempre estamos a tiempo de reflexionar, de corregir lo que hacemos mal, de recuperar la conexión con Dios y de tener en cuenta, más que los mensajes de la maquinaria publicitaria, los que dejó ese Jesús cuyo nacimiento dio lugar a la fecha que desde esta noche.

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