El poder del relato
En el complejo entramado de las sociedades democráticas modernas, hay un elemento que ha demostrado ser, más que una herramienta de comunicación, un verdadero instrumento de poder: el relato. La historia enseña que no es una novedad que, a nivel global, haya un esfuerzo por controlar la narración de los hechos, moldeando así la percepción pública y dirigiendo la mirada de la ciudadanía hacia una narrativa que se adapta mejor a unos intereses y no a otros.
El reciente triunfo en las urnas de Donald Trump volvió a poner en el centro de la escena a la figura de Steve Bannon, el polémico asesor que utiliza la frase "todo es relato" para enfatizar la importancia de las narrativas en la política y en la comunicación. Para Bannon, la clave está en contar historias que resuenen emocionalmente en las personas, más que en presentar argumentos lógicos o hechos fríos. Según esta perspectiva, las narrativas pueden moldear percepciones y movilizar a las audiencias. Se puede citar como ejemplo de esta estrategia, la información -falsa, por supuesto- que circuló entre usuarios de redes sociales días antes de las elecciones en los Estados Unidos que aseguraba que inmigrantes haitianos asentados en la comunidad de Springfield, Ohio, secuestraban mascotas de las familias estadounidenses para comerlas. El propio Trump repitió esa información falsa en el debate presidencial. "En Springfield se están comiendo a los perros, se están comiendo a los gatos. Se están comiendo a las mascotas de la gente que vive allí", aseguró. Sin embargo, las propias autoridades de esa localidad desmintieron categóricamente estas acusaciones, afirmando que "no ha habido informes creíbles ni afirmaciones específicas de mascotas que hayan sido dañadas, heridas o maltratadas por individuos dentro de la comunidad inmigrante". Cuando Trump fue confrontado por la prensa sobre la falsedad de su afirmación, insistió diciendo: "Esto es lo que se informó. Yo solo estaba diciendo lo que se informó". En rigor, el magnate utilizó esta afirmación falsa con el fin de fortalecer su retórica antiinmigración, para cumplir con su promesa de llevar a cabo "la mayor deportación en la historia del país" una vez que ocupe el sillón principal de la Casa Blanca. Lo que hizo fue seguir al pie de la letra lo que recomienda Bannon cuando observa que pequeñas historias bien construidas pueden llegar a ser más impactantes que las grandes ideas colectivas. Bannon sostiene, además, que en el contexto político actual, donde la atención es efímera y la información se consume rápidamente, las narrativas con componentes emocionales son efectivas para captar y mantener el interés del público. Si se repasa la historia de los últimos siglos, se puede comprobar que Bannon, en realidad, no descubrió la pólvora. El dominio sobre el discurso, sobre la memoria colectiva, sobre la forma en que entendemos y recordamos los hechos del pasado ya estaban presentes en esa forma de poesía épica que surgió en Europa durante la Edad Media, especialmente entre los siglos XI y XIII, también conocidos como los cantares de gesta, a través de los cuales se narraban las hazañas heroicas de personajes. Esta capacidad de reescribir el pasado, de moldearlo a la medida de las necesidades del presente, también ha sido magistralmente descripta en la novela de ficción "1984" de George Orwell, publicada en 1949. Comprender hoy cómo se maneja este poder narrativo se convierte en una cuestión central para entender las dinámicas de nuestras democracias. En esta era de la hiperconectividad, caracterizada por la avalancha de información a través de las redes sociales y los medios digitales, el ciudadano de a pie enfrenta, como receptor de estos relatos, el enorme desafío de ser capaz de detectar manipulaciones e intentos de fragmentar la verdad en múltiples versiones. Se trata de un ejercicio cotidiano que servirá para la toma de decisiones informadas y para el ejercicio del poder político. En un contexto democrático, el relato debería ser un espacio de debate, de confrontación de ideas, donde las diferentes perspectivas puedan encontrarse y negociar un consenso sobre lo que entendemos como "la verdad". Sin embargo, el control del relato puede corromper este espacio, transformándolo en una herramienta para consolidar el poder de unos pocos, mientras debilita la capacidad crítica y reflexiva de la ciudadanía. Las democracias, por su naturaleza, deben proteger el pluralismo y la libertad de expresión, pero también deben salvaguardar el pensamiento crítico y la veracidad. El reto está en encontrar un equilibrio entre la libertad de narrar y la responsabilidad de hacerlo con base en hechos verificables.










