Historias profanas
Autora: Lala Altschuler Editorial: Leviatán
En palabras de Bea Lunazzi para la contratapa del libro: Los mundos que Lala Altschuler dispone a nuestra lectura fluyen entre la magia y aquello que llamamos realidad. Lo imaginario, onírico o fantástico convive con sucesos históricos en un mismo plano: el de la palabra que los trae y los pone en revisión. Es la lengua quien se manifiesta en Historias profanas, con su facultad de decir y también de callar. "Estoy hambrienta de habla" dice la niña extranjera en ‘Encuentro’, mientras en otro relato, el admirable ‘Kínder’, los niños rescatados del horror de Terezín, destrozan con sus cucharas de madera el mundo que Anna Freud les ofrecía pretendiendo desladrar su grito. Este cautivante libro hurga en la materia misma de su confección, el lenguaje. Entre la voz y el silencio, "el borde indecible de las palabras", así lo expresa en sus páginas. Estas historias son profanas porque ofrecen letra a voces que están fuera del templo del lenguaje, alientos que habitan en el desierto anónimo del silencio que, aún sin decir, dejan trazo. La autora posee el oído sensible de la poeta, y el entrenamiento reflexivo de la psicoanalista, atributos esenciales para develar lo que no encuentra su forma, para descifrar lo que busca sonido".
Lala Altschuler nació en Samarkanda, Uzbekistán y actualmente reside en Vicente López, provincia de Buenos Aires. Es psicoanalista y escritora. Publicó la novela autobiográfica Un tren en la bruma de Samarkanda (Letra Viva, 2015). En 2017 recibió la mención especial (ex aequo) en el certamen internacional Lucien Freud, por su relato ‘Kinder’. Su relato ‘El encuentro’ fue premiado en 2021 en el primer concurso literario ‘Dardo Esterovich’, otorgado por el Llamamiento Argentino- Judío. Ambos relatos se encuentran incluidos en esta antología Historias profanas. Publicó la novela Antonez Fontseca Autobiografía 2194-1492 (La Docta Ignorancia, 2020). Participó en Viral. Una forma superior de matar (La Docta Ignorancia, 2021). Libro que reunió a escritores de Argentina y América Latina. En febrero de 2023, la revista literaria Gilgamesh dirigida por Alejandra Boero, dedicó su número a la autora.
Compartimos uno de sus relatos:
JUAN
Lo conocí mulato, caminando su orfandad de hijo de esclava por las calles de lodo y orín, pregonando velas en las puertas de Nuestra Señora de la Merced, en una Buenos Aires que apestaba presagios. Entonces, como ahora siempre impávida, le daba la espalda a casi todo, incluso a su río. La luna rodaba por sus orillas, blanca e inmensa, se dirigía a alguna quinta, pretendía darle un poco de luz a la desdicha, dibujada en la cara de un niño que, noche a noche, y después de cada jornada, la aguardaba como los presos aguardan el alba. Lo vi en Varsovia, deslizándose por los sórdidos desagües cloacales, intentando escapar de las ratas que corrían como locas corroídas por el hambre. Lo vi en las proximidades de Múnich, la guerra ya había concluido, mudo de miedo el aullido del hambre.
Ay, niño, dicen que cuando el niño es niño, es aún ángel alado.
Lo vi en las proximidades de Yaffo, una niña teimaní, con sus breves dedos tejiendo una delicadísima joya de plata por dos mangos. Pobló las calles de Milán, derruida, devastada, saqueada; nada había para abrigarlo y el sol no hace milagros. Lo conocí morochito aindiado, llegó a Buenos Aires luego de esa noche que nunca se dejó olvidar. Todo había estallado: su casa, los viñedos, los olivos próximos, y fueron a parar a una villa. Aquel temblor pasó a ser el pan nuestro de cada día.
Juan. Ángel caído no se sabe de qué cielo, pregonando con infinita soledad la nostalgia de un tiempo que no conoció. También él es uno más de los niños de la noche, queriendo que la noche termine, que dé comienzo al mañana: el crepúsculo aguarda.
Camina lentamente, canturreando la tibia recién estrenada mañana. El sol comienza a asomarse, una garúa tenue destaca el resplandor de los colores del amanecer, su aroma ablanda las calles, las esponja, las hace apenas audibles. No hay gritos ni música estridente. A esa hora todos duermen; salvo él y los pájaros. Él y los pájaros esa mañana cantan
Juan se dirige a la alcantarilla. Sobre ella encuentra unas hojas de cuaderno, humedecidas, las agarra, las alisa, intrigado mira. Un hombre y una mujer abrazados, torpemente dibujados bajo un cielo de nubes opresivas, las palabras escritas en letras un tanto diferentes. Adivina en ese abrazo su propia nostalgia, anticipada.
Se sentó en la orilla, esperó un largo rato, pero ni siquiera un caracol asomaba esa mañana en que la garúa caía blanda, avivaba los colores de toda superficie; humedecía sus manos, su pelo. Miró a través de las rendijas, primero vio lo que parecían antiquísimos escarabajos, y ¡ah!, allí estaban las gotas de agua, pero ese día estaban distintas, eran globitos, o quizás ¡¿huevas de rana?! Qué raro, las gotas normalmente con su ¡plaf! se achatan, formando, aunque sea un pequeño charco, aquí no, las gotas se mantenían, redondas, gordas, firmes, y reflejaban los tonos del crepúsculo que a esa hora comenzaba a desvanecerse. Acercándose un poco más a la rejilla, observó que las gotas se movían, quiso pensar que tenían vida cuando vio que subían a la superficie, casi, casi, como si quisieran verlo a él de cerca. Recién entonces se acordó de que no era la primera vez que las veía. Con infinito cuidado, pues temía dañarlas, les acercó el alambre por si querían salir de entre las rejas donde habían quedado atrapadas. Con el movimiento de Juan se retraen. Cuando se detiene, vuelven a subir a la superficie, aliviadas. Juan sabe que ha encontrado una vida singular. Con esa certeza propia de los niños que no se dejan engañar así porque sí por falsas apariencias supo que eran seres corpusculares. Se movían rítmicamente; un cuerpo que era uno y muchos a la vez. Lo más sorprendente para él era haber descubierto que lo estaban aguardando: esa mañana brillaban a trasluz con una inusual luminosidad. Se acercó. Se quedó largo rato observándolos por su belleza; bailaban para él. ¿Qué seres eran esos?, ¿esa vida, a qué mundo pertenece? ¿Están allí refugiados? O... O son restos de vida que hace millones de años, allí precisamente, ahora en una alcantarilla de una calle cualquiera de Buenos Aires, han encontrado una forma simple de subsistir.
Vuelve al día siguiente. Inquietos lo estaban esperando, Juan se acerca cada vez más, atraviesa las rendijas de la alcantarilla, ingresa a ese mundo de restos, donde mil ojos lo aguardan. Ahora reducido su tamaño, los seres corpusculares no le temen. Lo reciben alborotados, formando aros, estrellas, antiquísimas letras arameas, una perfecta banda de Moebius. Celebran que volviera. Su danza es su lengua, es música dibujada en el aire, da forma al silencio, escribe lo inaudible.
Ay, Juan, ángel alado, nacido no se sabe de qué sombras de los que te antecedieron.
Son las cinco de la tarde. Juan se acuesta, queda cubierto por los seres corpusculares que blandamente lo envuelven, lo cubren con hojas de árboles, lo miran con ternura. Juan se desliza suavemente, penetra ese mundo húmedo, resbaladizo. Mil ojos están cuidándolo, es la quietud que impera en la noche de los tiempos. Siente vértigo, todo él es silencio, sin pensamientos. Ni miedo. La tenue luminosidad se va extinguiendo. Y en ese mundo del otro lado del mundo supo que los corpúsculos respondieron.
Nos descubriste, Juan. Pero no, no te asustes, no ingresaste al reino de los muertos. Nos descubriste, aun sin saberlo. Nos llamaste, sin saberlo; nos pusiste un nombre y estabas en lo cierto. Te sorprendió nuestra materialidad húmeda. Lo que no supiste es que fue para vos que aceptamos presentarnos como pequeñas, minúsculas gotas que para vos somos, no para otros. Es para vos que aceptamos salir del letargo en el que de tanto en tanto nos adormecemos, aun cuando siempre guardemos, esperanzados, las semillas de lo que podrá despertarnos. Nuevamente.
Somos la forma del silencio, o el silencio con sus formas, quizás. Nos imaginaste tal como te era necesario imaginarnos, luego de esa mañana que desolado te pusiste a vagabundear por esas calles céntricas de Buenos Aires. Viniste, y decidiste volver al día siguiente, buscarnos... ¿Cuánto hace de esto? … Somos, apenas resto de voces, de letras de los que han sido, de lo que ha sido. ¿Te sorprende?
Al vernos, creíste que nuestra luminosidad se debía a que te reconocíamos, que nos reconocíamos… ¿No te das cuenta que somos luz, luz en espera?, nostalgia de luz a la que le falta, para serlo, la mirada de un niño. ¿Te das cuenta?
Y somos ropaje. Reflejamos los mil rostros de los mil universos que nos atribuyeron para tratar de explicar… lo inexplicable. El borde indecible de las palabras.
Apenas letra. Apenas corpúsculos de voces, corpúsculos de recuerdo; lo que subsiste sin dejarse olvidar, aun en el olvido. Pequeñas, ínfimas migajas sensibles, ávidas del encuentro con las luces de los amaneceres, con las sombras nocturnas que exhalan exquisitas las damas de noche. Copulamos. Jugamos. Jugamos con vos al alba, cuando nos ofrecés tu cálido cuerpo abandonado al tiempo.
…Sí, Juan, en este momento en que somos vos, en este instante, somos también la niña teimaní, bordando sus delicados encajes, en una Yaffo aún árabe. Somos el niño judío que está a punto de salir del gueto de Varsovia por los desagües cloacales, esperando que el SS se distraiga, que una bala lo mate. La niña alemana, que en su demudado gesto aúlla el hambre.
Somos huella. Lengua viva de las huellas del amor del odio la desdicha la hediondez la crueldad la soberbia.
Y jugamos, jugamos con ustedes. O ¿somos juego? Y al ser juego nos disfrazamos de tiempo, los disfrazamos de tiempo.
El medio acuoso nos es apto, nuestras paredes lo alojan. Sensitivas, vibrantes -en su sensualidad, en su sacralidad, en su magia-, reflejan haces luminosos; es gracias a la humedad que la luz se expande y produce el efecto de amaneceres fulgurantes, arcoíris esplendidos, y mil matices de claroscuros que tiñen de luces y de sombras a vivos y muertos. Luces y sombras, escrituras de los que te antecedieron.
En las entrañas reprimidas de la tierra no existe el olvido. Entonces, en las entrañas de la tierra perviven todas las voces, aun las de los niños muertos.
Son las cinco de la tarde, Juan se incorpora, las hojas que lo habían cubierto quedan desparramadas a su alrededor, humedecidas por la garúa. Los dioses oscuros quisieron condenarlo. Ahora la gracia entra en él como un ladrón en mitad de la noche.
El tiempo le da alas para imaginarse pájaro, o ángel alado. O ser simplemente niño.
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