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Pobreza crónica

Cuando las condiciones de vida de una persona o una familia se enmarcan en una situación de privaciones que persiste a lo largo de mucho tiempo, caracterizada por una deficiencia en los ingresos y en el acceso a servicios básicos como educación, salud y vivienda, se dice que ese individuo o grupo familiar vive en un estado de pobreza crónica o de pobreza estructural.

Este tipo de padecimientos es más grave que la pobreza coyuntural, que se relaciona con condiciones temporales y puede ser superada con un crecimiento económico o cambios en la situación laboral.

En su libro ""El capital en el Siglo XXI", el economista francés, Thomas Piketty, afirma que la falta de equidad está creciendo en el mundo hasta niveles que son comparables con sociedades que existían hace más de dos siglos, donde la riqueza y la posición social heredadas predominaban por encima de las oportunidades. Según el último informe publicado por el Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina, el 54,9% de la población argentina vive en situación de pobreza.

Si el dato en sí es preocupante, lo es aún más el hecho de que un tercio de los argentinos es pobre desde hace, por lo menos, tres décadas, según reveló el titular de ese observatorio, Agustín Salvia. En el Chaco, el escenario es todavía más angustiante: los responsables del mismo informe calcularon que en el Gran Resistencia la pobreza alcanza actualmente al 79,5% de los que viven en el área metropolitana.

La pobreza coyuntural, a diferencia de la estructural, es generalmente temporal y puede ser abordada mediante políticas económicas que fomenten el empleo y el crecimiento. Sin embargo, la pobreza estructural requiere un enfoque más integral, que no solo considere el crecimiento económico, sino también la mejora de las condiciones sociales y de acceso a servicios básicos. Dicho de otro modo, la pobreza estructural es un problema social más grave que la coyuntural porque está arraigada en la estructura misma de la sociedad y requiere soluciones más complejas y sostenidas a largo plazo.

Se supone que vivir en una sociedad implica vivir con otros. En ese sentido, se suele utilizar el  concepto de "vasos comunicantes" para ilustrar cómo los distintos grupos de una sociedad están interconectados, de tal manera que lo que afecta a uno puede repercutir en los demás. Este principio se basa en la idea de que, al igual que en un sistema de vasos comunicantes en física, donde el nivel de líquido se iguala entre recipientes conectados, en una sociedad, las dinámicas y problemas de un grupo pueden influir en el bienestar y la estabilidad de otros grupos. Cuando un grupo en la sociedad experimenta problemas serios, como la violencia o la exclusión, esto puede afectar a la convivencia general. Afortunadamente también existen ejemplos positivos donde la colaboración y el respeto entre diferentes grupos pueden generar un efecto benéfico en toda la sociedad. Se puede citar, a modo de ejemplo, los esfuerzos sumados para la construcción de la Casa Garrahan Chaco o, más reciente, el trabajo de estudiantes de la Universidad Nacional del Nordeste que ayudan a hacer la tarea a niños en situación de vulnerabilidad. La metáfora de los vasos comunicantes resalta la importancia de la solidaridad y la interdependencia en las comunidades: el bienestar de uno está intrínsecamente ligado al bienestar de todos. Por eso, es importante implementar políticas que garanticen igualdad de oportunidades para todos los miembros de la comunidad, especialmente para aquellos en situaciones de vulnerabilidad. Es decir, redoblar los esfuerzos para garantizar el acceso a la educación, promover el empleo y asegurar que los servicios básicos lleguen a todos. En las últimas décadas el país sufrió una recesión cada tres años. Y cada vez que eso ocurrió, millones de argentinos volvieron a caer en la pobreza y la indigencia. Para dimensionar semejante tragedia es necesario tener claro que detrás de esas estadísticas hay miles de familias que sufren. Tal vez sirva para reflexionar las enseñanzas que dejó el matemático estadounidense, John Nash, especialista en teoría de juegos y premio Nobel de Economía -cuya vida inspiró la película "Una mente brillante"-. Nash demostró, mediante fórmulas matemáticas, que cuando individuos participan de una competencia en la que el objetivo es la búsqueda del beneficio del conjunto, aumenta en forma notable las posibilidades de que el resultado favorezca a todo el grupo.

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