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Las huellas que dejó tras su partida

El Jorge Castillo que no se va

El 18 de febrero de 2004 se publicaba en NORTE la nota que se reproduce en estas páginas titulada  El loco del río. Iba acompañada de la crónica del acto, que también debimos redactar, por el 25° aniversario de la Comisión de Recuperación del Río Negro.

Pocos días atrás, la sorpresiva noticia del fallecimiento de Jorge Castillo –su fundador y presidente– nos dejó con la guardia baja y el "alma dolorida". Sobrevino la pena, mucha pena.

Recordé entonces esta publicación y al recuperarla, sus líneas me trajeron a un Jorge Castillo que seguía siendo el mismo hoy como lo retrataba hace veinte años. Apasionado, muy activo en los temas que hacen a la cosa pública y el interés ciudadano, sobre los que le inquietaba la anomia o carencia de ley y de normas sociales que se degradan. Ahí afloraban su fuerte temperamento, las reiteradas denuncias, su obstinado reclamo en búsqueda de soluciones –casi como una obsesión– su insistencia por mejorar situaciones y por hacer oír su voz en incontables notas en los medios y en sus cartas de lectores.

Ese fue y era Jorge: imparable detrás de sus objetivos, ofuscado ante la injusticia o la mala acción, comprometido como nadie. Al mismo tiempo, se volvía casi un niño al descubrir con asombro algo que no pertenecía a su pequeño universo cotidiano.

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VARIOS JORGE, TANTAS BATALLAS

Pero no lo mostraríamos tal como sintió y obró, si no mencionamos, además, los otros ámbitos en los que desarrolló su labor. Junto con la lucha por el río Negro como parte  de la Fundación Ambiente Total (hoy en trámite de disolución), en este  recuento van su profesión de sicólogo, su participación en el Colegio de Psicólogos del Chaco, su especialización  en Psicología Ambiental, su trabajo con adolescentes en riesgo, la docencia y su orgullo de ex alumno normalista, la maestría en Medio Ambiente, su fascinación por el audiovisual y el cine, del que fue un pionero en el Chaco y una rica producción, la defensa del patrimonio cultural y natural, los libros publicados, su cuidado y valioso archivo.

Luego de crear en 2014 en la casa paterna, el Centro Cultural Ercilio Castillo, Jorge fue dejando de a poco su casita junto al río a la que había llamado Puerto Sañeia y a su embarcación con la que practicaba remo, su deporte favorito. Aunque entre sus preferencias estaban también, la música- en especial el canto coral- y en el centro construyó el salón Irma Miró, que recuerda a su madre, destinado a conciertos. Pero no estaban ausentes, el teatro ni las artes plásticas, expresiones que impulsó y entre las cuales creció desde su infancia.

"Pertenecemos a un contexto social y a una estructura cultural. Ese ambiente que compartimos con los demás es el entorno que da marco referencial a nuestras vidas y realizaciones", afirmaba a menudo. En ese concepto se entiende esta multiplicidad de saberes y de actividades en las que se embarcaba, tejidos con un mismo hilo conductor.

El tiempo siguió su marcha y en los últimos años aparecieron los jóvenes que fueron a su encuentro para aprender, tenerlo de referente y poner su obra en valor. Jóvenes investigadores, ambientalistas, cineastas, gestores culturales u ocupados en el patrimonio que le dieron reconocimiento y lo gratificaron.

Este es el Jorge que no se va, el Jorge al que tanto le debemos. Nos quedan sus luchas, las huellas de un hacer y un reto a decidir para seguirlas.

EL LOCO DEL RÍO (*)                               

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Pendiente de todo. Inquieto. Dando órdenes y haciendo acotaciones. Jorge Castillo, en genio y figura, manejaba los tiempos del acto de los 25 años de la Comisión de Recuperación del Río Negro. Creyó, al menos, que era él quien disponía de cada paso del programa anunciado.

Sin embargo, se fue transformando en "del que homenajea a homenajeado". En numerosos momentos, el pudor hizo que bajara la mirada o que la emoción asomara en su cara.

Es que poco a poco fueron torciendo sus planes. Aparecieron presentes, plaquetas y pergaminos que premiaron su acción de tantos años, hasta convertirlo en el centro del acto. Venían de la intendencia municipal, de la Comisión de Patrimonio Natural y Cultural del Chaco o desde los propios integrantes de la Comisión del Río Negro a los que se sumaron los amigos.

Hubo más. Pero alcanza para decir que en todos estaba la misma idea: esa Comisión, ese cuarto de siglo, la batalla sin treguas, sucedieron por Jorge Castillo, de manera casi excluyente. Sin desconocer, claro está, a sus compañeros de ruta. "Creo que hay que dejar el individualismo y aunar fuerzas para trabajar todos juntos", atinó a balbucear en medio de su sorpresa.

Alguien lo calificó de "imprescindible, como los hombres que luchan toda la vida. No se equivocaron. Este loco del río –aún para aquellos que pueden denostar sus posturas, su estilo, su denuncia frontal, su aguijón punzando siempre en la misma herida– no se doblega. Será muy difícil probarle un renuncio. Más todavía: aceptar que la sospecha recaiga sobre su pasión por la defensa del bien común.

Gracias a su locura, ese cauce moreno al que le extendieron certificado de defunción y al que ya no veíamos, recobró la vida.

A este loco no le contaron de reinos perdidos. Existe, arremete contra molinos de viento, sueña, aquí y ahora. Para él, mañana es hoy y es urgente.

(*) Nota publicada en NORTE el 18 de febrero de 2004.

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