La otra pobreza
Las palabras pueden influir en las emociones, pensamientos y acciones de las personas. Pueden ser utilizadas para inspirar y motivar a otros, o bien para herir, desanimar y desalentar. En tiempos muy difíciles como los que vive hoy nuestra sociedad, con un alto porcentaje de la población en situación de pobreza e indigencia, lo menos que se puede esperar es que el discurso político despliegue la mayor riqueza posible y se emplee como herramienta para constituir la unión nacional, consolidar la paz interior y promover el bienestar general, como nos recuerda el Preámbulo de la Carta Magna. 
Según el especialista en comunicación política, Mario Riorda, en las últimas décadas el discurso político en la Argentina ha revelado al menos tres componentes: simplicidad, pobre argumentación y descontextualización. Lamentablemente, son muy pocos los dirigentes que a la hora de argumentar exhiben una buena dosis de originalidad en la construcción de sus discursos. En el otro extremo se ubican quienes, casi sin pudor, hacen gala de esa otra pobreza que es la pobreza léxica, abusando de adjetivos para criticar con dureza a sus circunstanciales oponentes. De ese modo, las discusiones públicas se alejan del objetivo de debatir ideas, persuadir y convencer a la ciudadanía.
En medio de tanto ruido, de tantas agresiones innecesarias, nos olvidamos que los discursos de los líderes políticos son importantes porque permiten establecer la agenda pública, expresar visiones y opciones, motivar a la población y generar apoyos a determinadas políticas públicas. Los discursos políticos ayudan, en gran medida, a generar una narrativa pública que en cada época une a la sociedad detrás de un mismo objetivo y propósito. La eficacia de los mismos radica en su capacidad para conectar con la gente, transmitir confianza y certidumbre especialmente en aquellos períodos de crisis. En ese sentido, el uso reiterado de palabras como "traidor" o "basura", más que proporcionar una dirección clara para enfrentar los desafíos que hoy se nos presentan como sociedad, podrían servir en todo caso como perfecto caldo de cultivo para la polarización. El buen funcionamiento de nuestro sistema democrático dependerá, en gran medida, de la diversidad de voces que se expresan en una comunidad y también, por supuesto, del diálogo respetuoso entre los distintos actores. En todos los países donde se respeta la libertad de expresión, la ciudadanía materializa el ejercicio de ese derecho a través del discurso público y por eso se dice también que las formas son tan importantes como los contenidos cada vez que se participa en una discusión sobre asuntos que son de interés para toda la ciudadanía.
Preocupa el solo hecho de pensar que la pobreza de vocabulario en algunos dirigentes políticos podría estar ocultando, además, un pobre conocimiento de la compleja realidad que nos rodea. En ese caso, suele pasar que quienes padecen esa carencia observan el mundo a partir de un pensamiento dicotómico. Desde esa perspectiva, es suficiente con dividir al mundo en buenos y malos para, sin mucho esfuerzo, encontrar respuestas simples a complejas situaciones sociales, económicas, políticas o culturales. Para los acostumbrados a ese tipo de razonamientos, no hay nada más tranquilizador que mantenerse dentro del esquema binario, donde todo el esfuerzo intelectual se limita a tomar partido por una posición u otra. Ese tipo de pensamiento, es cierto, es mucho más práctico por su simplicidad y además es muy útil para problemas sencillos. Pero cuando la decisión a tomar puede tener consecuencias graves, entonces se debe ir mucho más allá y analizar un abanico más amplio de posibilidades.
La historia de la humanidad está plagada de ejemplos de fanatismos que redujeron complejas realidades a una cuestión entre el bien y el mal. Pensamientos dogmáticos que derivaron en persecuciones contra personas que, por ejemplo, habían osado cuestionar ideas arraigadas en determinadas épocas con ironías o apelando al recurso del humor. Ojalá que como sociedad podamos escapar de esas simplificaciones extremas, de esa pobreza de argumentos en la conversación pública que solo sirve para construir una realidad sin matices. Al fin y al cabo, lo que leemos o escuchamos en lo que se podría denominar la discursividad pública nos recuerda siempre que los límites de nuestro lenguaje son también los límites de nuestro mundo.
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