¿Cómo pudo pasar?
La magnitud del apoyo obtenido por Milei no se podría haber construido sin un corrimiento drástico del sentido de representación de millones de argentinos. El peronismo debería adquirir la capacidad de encontrar adentro, y no afuera, la respuesta al interrogante más elemental sobre el balotaje: ¿Cómo pasó lo que pasó?
"¿Cómo pudo haber ganado este tipo?", se preguntan dirigentes, intelectuales, periodistas, referentes de todos los niveles y sectores del oficialismo en retirada, incapaces de advertir que la explicación son ellos mismos. Y ese es un dato nada menor: de verdad no lo saben. Es una circunstancia que se suma a una condición casi natural del peronismo: su dificultad para asumir las derrotas electorales, desde la primera sufrida en comicios libres (la de 1983) hasta ésta más reciente, del domingo pasado, que tuvo antes y después expresiones amenazantes para la estabilidad de la gestión que asumirá el 10 de diciembre. Como si lo decidido por el voto ciudadano fuese un detalle menor en la escena.

Cuatro décadas atrás, tras la sorprendente victoria alfonsinista que quebró el invicto justicialista, hubo dirigentes gremiales que anticiparon que el nuevo presidente no duraría más que unos tres meses en el cargo. En su campaña, Alfonsín había denunciado un "pacto sindical-militar" que unía intereses entre la dictadura saliente y el peronismo de derecha. No fue casualidad que toda la política oficial de enjuiciamiento de las cúpulas militares del "Proceso" careciera por completo de apoyo orgánico contundente de la principal fuerza de oposición.
Años después, el final de Alfonsín mostró a dirigentes y estructuras del PJ embarcadas en acentuar el colapso económico del "89 y sus consecuencias sociales. Figuras del propio peronismo contaron en tiempos más cercanos cómo se montaron operaciones dirigidas a alimentar una disparada del dólar, de efecto hiperinflacionario, para que el presidente radical "se fuera sangrando", a pesar de que la debilidad electoral de la UCR hacía innecesario ese ensañamiento y de que así se agravaba el costo social de la debacle.
LA AFRENTA
En el "99, el triunfo de Fernando de la Rúa también tuvo lo suyo, con el atenuante de que él mismo fue tomando decisiones que lo metieron en un callejón casi sin salida. El presidente se ahogó y lo último que vio antes de hundirse del todo fue al peronismo parado en el muelle, con el mate en una mano y el salvavidas en la otra.
Mauricio Macri fue un ejemplo más nítido. El peronismo se puso de inmediato a llenar cartulinas con dibujos de helicópteros. Cristina Kirchner se negó a entregarle el mando, como si fuera una adolescente que falta a la prueba de Química y no una jefa de Estado que debía concretar un acto institucional de gran valor simbólico en cualquier democracia, así como ahora se negó a ser fotografiada junto a la vicepresidenta electa. Parece un desprecio a la fuerza que la derrotó , pero en realidad lo es a los ciudadanos que optaron por darle a ese sector el gobierno del país. Es el fachismo de interpretar que la democracia solo gana cuando gana el bando propio. Cualquier otro resultado es golpe de Estado por voto directo; una afrenta que debe ser y será vengada.
Autoridades salientes, legisladores, intendentes, dirigentes, militantes del kirchnerismo, ya advierten que "no aceptarán" los lineamientos políticos y económicos del nuevo gobierno, a horas de que éstos fueran plebiscitados en el balotaje. Dicen que lo harán en nombre del pueblo, aunque es el pueblo el que acaba de decidir a quién darle la administración de la nación.
HAY PUEBLOS Y PUEBLOS
Es allí donde está una de las desconexiones centrales de todo esto. Para una parte significativa del peronismo, el pueblo no es el pueblo, sino la porción del pueblo que sostiene su ideario. Un conjunto de ideas y principios que, además, cambia con facilidad meteorológica. El peronismo puede ser de izquierda, de centro o de derecha. Puede estar expresado por Montoneros, por López Rega, por Kirchner, por Menem, por Herminio, por Cafiero, por Cristina, por Massa, por Evita, por Isabel o por Alberto. El peronismo privatizó YPF y la reestatizó. Entregó Aerolíneas y la recompró. Creó las administradoras privadas de jubilaciones y les quitó lo que les había dado. Negoció en el ‘83 la amnistía a los militares del genocidio si ganaba las elecciones, los indultó en los ‘90 y los enjuició en el nuevo milenio. Agrandó el Estado, lo achicó y lo volvió a expandir.
Es más, si uno escucha los discursos del último Perón, el del final, al que podríamos considerar el Perón definitivo, verá que si se lo mide con los parámetros de quienes son sus herederos del presente, Perón era... antiperonista. No solo criticaba, sino que directamente se burlaba -en conferencias y discursos- del socialismo, de las recetas de izquierda, de las consignas rupturistas. Sin dudas, estaba más conectado con la realidad del país y del mundo que el ecosistema del poder peronista de hoy, que perdió tanta sintonía con la sociedad que acabó derrotado por un panelista de televisión con apenas un par de años de trayectoria política, que tenía enfrente a un candidato entrenadísimo con todo el presupuesto oficial y las políticas públicas al servicio de su campaña.
CORRIMIENTO
A la vez, la magnitud del apoyo obtenido por Milei no se podría haber constituido sin un corrimiento drástico del sentido de representación de millones de argentinos. El peronismo debería adquirir la capacidad de encontrar adentro, y no afuera, la respuesta al interrogante con el que se abrió este texto. Pasándolo en limpio, sería: ¿Por qué la mayoría de los ciudadanos prefirió a un hombre cuyo símbolo más icónico es una motosierra aterrizando sobre el Estado antes que al hombre ofrecido por la franquicia partidaria más redituable de la historia argentina, edificada sobre la idea de que es la única que garantiza la felicidad del pueblo?
La primera respuesta (pero hay varias enganchadas a ella) es que, claramente, las políticas de bienestar de las que se vanaglorian el kirchnerismo y sus satélites no fueron percibidas como tales. El debate entre Massa y Milei, siete días antes de los comicios definitorios, fue ganado abrumadoramente por el ministro de Economía. Massa, arriba del ring, movió las piernas con habilidad magistral y manejó a la perfección el jab frente un Milei que erraba todas las piñas. Pero no sirvió de nada, porque lo que Milei no sabía decir en la pantalla lo decía la gente en sus casas: que el salario se hunde, que la pobreza crece, que si es verdad que el crecimiento de la economía existe da igual porque en la vida diaria de los comunes no se nota, que desde hace medio siglo este país retrocede más que lo que avanza.
Algunos medios internacionales hablaron del triunfo de Milei como un "salto al vacío", y sin duda que lo es. Pero no hay que dejar de tener en cuenta que quien salta al vacío lo hace porque el lugar en el que estaba parado ya le resultaba insoportable. Por ejemplo, saltan desde los balcones los atormentados por el incendio de un edificio.
LO QUE VIENE
Tampoco hay dudas de que ahora viene lo duro. Hubiese sucedido con Massa también, pero el que conducirá el sufrimiento será Milei y pagará las consecuencias. Aunque allí también hay una mirada cínica del poder saliente y sus seguidores: vivir en la Argentina viene siendo duro desde hace un rato largo. El ajuste no llega ahora, el ajuste es una constante para la sociedad argentina desde hace muchísimos años, con una notable aceleración en los más recientes. Zafaron de él los defensores del "modelo" que hablan de luchas y revoluciones desde la comodidad de un cargo o un empleo público, pero el resto del país viene tirando al agua hasta lo más querido para que no se le hunda el bote. Muchos ni siquiera así pudieron evitarlo.
Por eso, es posible que en gran medida el apoyo masivo a Milei provenga de gente que no ignora que el libertario llega con un gran ajuste bajo el brazo, pero que se ilusiona con que al menos sea un ajuste distinto al que ya soporta desde hace tanto. Un ajuste "bueno", con parámetros de mayor equidad. Milei, que evidentemente capta esa expectativa, habla de que el impacto de los hachazos no tocará a "los argentinos de bien". Una promesa cuyo cumplimiento parece ingenuo esperar.
Lo que ni el peronismo ni las demás fuerzas mandadas al final de la fila deberían hacer es desentenderse de lo que acaba de pasar, que es ni más ni menos que un castigo generalizado a los padres y padrinos del fracaso nacional.
Si el PJ logra curarse de sus inclinaciones intolerantes y autoritarias, si recupera legítimamente la representación que perdió (la del mundo del trabajo y la producción), podría contribuir a darle una dimensión más humana a la democracia argentina, que acaba de entrar al túnel de lo desconocido.
El país necesita razonabilidad. De los que llegan, de los que se van. El derecho a la bronca y al pataleo es para los que desde hace mucho sostienen este circo pagando entrada para un espectáculo que es cualquier cosa menos divertido.
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