"Si no escribo dejo de respirar"
Este año se editó Versiones y perversiones, en editorial Contexto. Un libro que reúne parte de las "aguafuertes chaqueñas" que Molfino publicó en la década del 80 en NORTE.
En un suplemento que acompaña la edición de cada domingo de NORTE Miguel Ángel Molfino publica sus aguafuertes chaqueñas, que comenzaron a mediados de la década del 80. De aquella primera temporada, el escritor publicó un libro bajo el título Versiones y perversiones. Este año el libro volvió a editarse de la mano de la Librería y Editorial Contexto.

Dejo resbalar mis ojos fuera de la ventana desde donde veo a Resistencia mientras escribo. Esta frase es tomada del texto La última muerte de Gary Cooper, de alguna manera es la síntesis perfecta de un libro que contiene textos sobre cómo ve el escritor a Resistencia. Ojo, es la ciudad de hace treinta o cuarenta años, un espejo que sirve para mirarnos con la vista amoratada. Molfino aborda varios temas locales pero también se mete y hace síntesis nacionales de gran valía. Por ejemplo, cuando dice: "Los argentinos podíamos considerarnos los campeones mundiales de la melancolía y la nostalgia, los únicos que le pusimos música al complejo de Edipo". Los sostiene en Último tango en Finlandia.
En ese libro en el que cita lugares de Resistencia, Barranqueras, Sáenz Peña, se habla de literatura, cine, extraterrestres, música, arte, varios colores que salen a la luz bajo un género literario muy híbrido como resulta ser las aguafuertes chaqueñas. Esta semana intercambiamos algunos mensajes y nos comunicamos por teléfono, así desentrañamos los caminos que lo llevaron a volver a publicar estos textos.
— ¿Cuál fue el criterio que usaste para seleccionar los textos publicados y que pasen al formado de libro?
— Los textos fueron publicados originalmente en una columna que tenía en diario NORTE. Después de la dictadura me costaba encontrar la vuelta para volver a escribir. Fue una época bastante cenagosa. Entonces me saqué de alguna manera la responsabilidad de pensar en un libro y escribí una columna en el diario al modo de unas aguafuertes chaqueñas, salvando claro las honrosas diferencias con las aguafuertes de Roberto Arlt.
Las notas originalmente salían una vez a la semana. Siempre he manifestado que a Molfino no lo leo sino que lo escribo. Sin embargo, cuando iba a publicar este libro tuve que volver a leer y hacer una selección de esos textos. Me quedé –o seleccioné– los que más me gustaron, aquellos que sobreviven con mayor capacidad a este nuevo formado.
— Aquí hay una cuota de ironía, referencias a distintas artes y lugares de distintas ciudades del Chaco, ¿hubo una necesidad también de hacer crónica de lugares y personajes de la provincia?
— La primera intención no fue pero en algunos casos esos fueron los resultados. Escribo con mucha libertad. Aquí en este libro puntualmente ha quedado un homenaje a una Resistencia que ya desapareció. Los textos recuperan algunos bares míticos donde iba con mi viejo y donde se juntaban los intelectuales de la ciudad. Un bar donde también podías entrar al perro Fernando. Creo que recuperé una Resistencia que estaba en mi nostalgia y en mi melancolía. Los lectores encontrarán varias referencias a lugares míticos que fueron trascendentales para la sociedad, algunos solo perduran en la memoria de los nostálgicos y en estas páginas.
— En estas páginas están abiertos los diálogos que tenías con tus lectores del diario.
— La recuperación de la memoria es mía y de muchos resistencianos que se acercaban, me contaban historias y algunas llegué a escribir. Por ejemplo, un texto que lleva por título La autopista del norte, donde hay una clara alusión al cuento de Cortázar, La autopista del sur. El hecho local ocurrió aquí en un atasco gigantesco en la ruta que une las provincias de Chaco y Corrientes. Hubo escenas disparatadas en esa especie de encierro al aire libre que se produce con el tránsito detenido en la ruta.
En un café de la ciudad de Resistencia los amigos leían estas aguafuertes chaqueñas de perversiones. Ellos discutían las versiones que llegaban con cada edición. Las compartíamos y así se ensanchaban las temáticas que podía abordar con cada nueva edición.

— Como lector encontré varios textos atractivos. Pero me quiero detener en Todo va mejor con Parathion.
— Ahí en esa aguafuerte hay un paralelismo con lo que fue la guerra de Vietnam y Malvinas. Resulta que tomé contacto con la historia del deceso del excombatiente de Malvinas, Orlando Roberto Espíndola, de San Bernardo. Fue el primer muerto que recuerdo de la guerra, de la provincia. Las guerras terminan enloqueciendo a quienes las padecen y la sociedad tiene un interrogante abierto ahí sobre qué hizo o hace por sus excombatientes.
— Ya que estamos en este contexto, tengo marcada una frase de otro texto donde decís que de la dictadura solo conocemos las uñas y las guarras, ¿por qué?
— El libro reúne textos que fueron publicados allá por los años 85 u 86. El contexto marcaba que recién se había hecho el juicio a las Juntas Militares. Todavía teníamos miedo. Había miedo en la sociedad. En ese momento todavía salíamos con los documentos en los bolsillos porque teníamos miedo de que la cana nos pare para pedir documentos. Para quienes estuvimos detenidos sabíamos de la guarra y de las uñas de la dictadura. Era un monstruo grande que pisa fuerte, como dice la canción de Leon Gieco. Siempre tuve la esperanza y la ilusión de lo que sucedió después. Los militantes de derechos humanos lucharon, y quienes conocíamos lo que había pasado en el fondo luchamos para que se abra ese dique que revele todo lo que había pasado bajo la dictadura. Acá en Resistencia la toma de lo que hoy es la Casa de la Memoria es todo un símbolo. Los juicios desde que se volvieron a abrir todavía se siguen produciendo en todo el país.
— Empezaste la charla contando que este espacio de Versiones y perversiones te permitieron volver a escribir después de la dictadura. Pasaron los años, escribiste cuentos, novelas y muchos artículos más, ¿qué te mueve hoy a seguir escribiendo?
— La respuesta es muy sencilla, si no escribo dejo de respirar. Tengo una rutina de trabajo diario donde me siento a escribir de cuatro a cinco horas. Ese tiempo son nalgas, solo me levanto para preparar mate o ir al baño. Todavía sigo escribiendo los domingos en diario NORTE. Además tengo un buen tiempo que dedico cada día a la lectura. Para quienes escribimos, la lectura es indispensable.
Recuerdo en estos momentos una de las tantas charlas que tuve con mi hijo Lucas Molfino. Él es músico y hace más de diez años que vive en México. Estábamos en un bar charlando y de repente me dice: "Papá, ¿qué sería de nosotros si no pudiéramos crear?". La verdad es que no quiero ni pensar mi vida sin escribir.
Temas en esta nota

El taller de escritura de Miguel Ángel Molfino presenta "Almacén de cuentos"
En el Fogón

El venenito

Festival de Literatura Impenetrable: Chaco, zona literaria con identidad

Un nuevo capítulo de la Feria del Libro se empieza a escribir hoy

Dolores Reyes: "Siento que la experiencia es lo que nutre mi escritura"

Mariano Quirós: “La Feria forma parte de mi educación sentimental”











