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OPINIÓN

Voto cantado

Cuarenta años de democracia vienen a ser un número redondo que habilita recordatorios y conmemoraciones, también una oportunidad para pasar el cepillo a contrapelo y repasar nuestras asignaturas pendientes.

En la película española "Asignatura pendiente", de 1977, se rescatan, desde la perspectiva de una pareja, las asignaturas que la dictadura franquista dejó como saldo de su paso por la vida del país.

En nuestro caso, el resumen sumario de la barbarie de la última dictadura se concentró en las consecuencias de la vulneración sistemática de los derechos humanos, dando por resultado una –hasta hoy– sólida conciencia de Memoria, Verdad y Justicia.

Pero a poco de pasar el cepillo descubrimos la porosidad de dicho consenso.

Veamos, en el plano económico no hubo un "Nunca Más" que dijera "No" al FMI y a la deuda externa.

En lo social, se dio vuelta la página sin replantear la vocación comunitaria e igualitaria de una nueva Argentina.


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Desde el punto de vista cultural se consideró suficiente librar la batalla contra la censura, pero no hubo –salvo excepciones– similar decisión para combatir por recursos para poner la comunicación, la investigación, la educación, y la cultura junto al pueblo..

Podríamos seguir la enumeración hasta comprobar que esas omisiones han sido, en realidad, cláusulas de un pacto tácito con los poderes reales, tanto los globalizadores foráneos, como los locales, que hoy mueven sus fichas más salvajes para hacer cumplir la agenda pendiente de su revanchismo de clase. Lo que dio por resultado una democracia moderada en sus aspiraciones y en su voluntad de transformación.

Un aspecto clave de las deudas democráticas es la institucional, en la que la continuidad de los poderes financieros entrelaza su impunidad con los diferentes poderes republicanos, pero sobre todo en el judicial.

 Tras cuarenta años se comprueba la renuente y escasa innovación en cuanto a criterios de representación popular, así como de participación ciudadana.

En la película española, tras la celebración inicial del reencuentro, la pareja se sumerge en la rutina de la vida cotidiana sin encontrar la fórmula para sumar nuevos desafíos, por lo que la derrota de la separación es un final anunciado.

Nuestro desafío democrático no asumido, más allá del proceso electoral, es el que nos interpela en tanto individuos de una comunidad fragmentada, allí donde mueren las excusas y tarde o temprano yacen las expectativas insatisfechas, las esperanzas retomadas una y otra vez después de cada tormenta neoliberal.

 Los cuarenta años también incluyen un sistema que genera recelosos y desconfiados votantes, capaces de añorar el fracaso colectivo.

La condición ciudadana, convertida en polizón de una nave sin timón, enfila hacia el iceberg de su naufragio, en tanto no apele al ADN nacional, que puja desde el fondo de la historia.

En definitiva, habrá democracia del siglo 21 cuando prójimo y comunidad sean sinónimo de fraternidad, y nos identifiquemos como tenaces forjadores del futuro.

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