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OPINIÓN

El Potro  

El invierno achicaba el tiempo de la primavera en ese fin de siglo y Lobos era un caserío gris al sur de la Capital que se recostaba sobre un viejo fortín de donde partieron –años antes–, los rémington civilizadores de Roca para diezmar a las tribus de tehuelches, mapuches y ranqueles.


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 Los indios que no pudieron partir fueron los maestros de Perón. 

El paso del tiempo iba pudriendo el fortín. El tiempo. Ese tiempo lento que dicen allá en el sur estira los almanaques y condiciona el ser y el estar de los hombres. 


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Juan Manuel "Carancho" Ramírez

El viento conoce la pampa y la recorre barriendo los rumores y lamentos que siempre quedan flotando en el aire después de las guerras de exterminio. Cómplice del tiempo y la distancia, el viento esculpe los rostros y macera el alma del hombre del sur. 

Casi a fin del siglo, allí nació El Potro de Octubre. Sangre mapuche, sonidos de la tierra y música con instrumentos de culturas lejanas, acunaron su infancia. 

Sentencias sabias de indios viejos moldearon su carácter y en la cabecera de la cama su padre lo vacunó contra la soberbia de la razón con el libro de José Hernández. 

Por eso nunca se empachó con la sabiduría de los filósofos griegos, ni se estacionó en los anaqueles del racionalismo liberal, ni se engatusó con el Manifiesto de Carlitos Marx. 

Se enamoró del hijo del carpintero de Galilea y contagiado del espíritu cristiano creció en la comprensión de que no existe un fatalismo histórico que condene a los hombres y a los pueblos a la injusticia social. 

Una noche hermosa de octubre, el Potro se subió a los balcones de La Casa Rosada y dijo: "Sobre la hermandad de los que trabajan, construiremos la Nueva Argentina". 

Ese balcón, donde dialogó el Potro con el pueblo, nos pertenece a los perucas para seguir profundizando los sueños de Néstor y Cristina.

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