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Las manos de mi padre (a Severino Héctor Monfardini)

Esta tarde sentí necesidad de escribir sobre las manos de mi papá Severo… sabían desde muy niño –tal vez casi por herencia– lo que significaba el trabajo.

Señor Director: 

Manos que bien temprano, antes de ir a la escuela, ordeñaban las vacas para llevar leche fresca y del mismo animal para la hija de sus maestros.

Manos que en pleno invierno, yendo a la escuela por la chacra helada, llevaban las alpargatitas para no mojarlas y tener los pies secos durante la jornada escolar.

Manos de niños curtidos que aprendieron en una escuelita de campo lo básico para enfrentar la vida con su cuarto grado aprobado.

Manos que ayudaban a su padre en las labores del campo: arar, sembrar, cosechar, sin la tecnología de hoy.

Manos que desgranaban choclos para obtener maíz que al atardecer juntaban yuyo colorado para los cerdos.

Manos que se ensuciaban limpiando las herramientas de la chacra.

Manitos de niños sin su mamá, que se juntaban todas las noches alrededor de la mesa larga para rezar con su abuela Dominga el rosario en latín, e incluso con todas las letanías incluidas que contestaban con picardía "ora pro nobis".

Manos de joven que salió de la casa paterna para mejorar su rumbo, y manejó camiones y alzó bolsas y leña.

Manos que se iban curtiendo a medida que el trabajo aumentaba manos que aprendieron el oficio de la mecánica que se impregnaban de grasa de nafta que se lastimaban y curaban, que hacían fuerza para sacar alguna tuerca enquistada con una llave que inventaba y soldaba para que cumpliera una mejor función.

Así se llenaron de una epidermis gruesa, dura, con dedos gordos por el esfuerzo, con poca flexibilidad pero con mucha potencia, que las lavaba cada noche con jabón y aserrín para sacar la suciedad.

Sus gruesas uñas siempre estaban impregnadas de ese color oscuro, imposible de limpiarlas.

Manos que se alisaban haciendo los salames caseros en el mes de julio con la crema, que era la grasa de los cerdos.

Manos que cada mañana, sentado en la cabecera de su mesa, escribía con una linda letra apaisada las boletas de sus clientes.

Manos abiertas, generosas, dispuestas, a las que todos los días las juntaba para rezar y agradecer. Nunca dejó de rezar, y por respeto lo hacía siempre sentado en su cama.

Manos grandes que cuando jugaban con sus hijos no tenían límite y mamá le decía que eran duras y que tuviera cuidado. Pero esas manos nunca tomaron fuerza para pegar a un hijo ni marcarle la cola "con un chirlo bien dado" (según su palabra).

Manos que hicieron la huerta que cultivó los nardos de su mamá que hacían el vino de su parral; que hacían el cartucho con la pólvora que compraba y apretaban el gatillo de la escopeta en las cacerías, respetando siempre la naturaleza.

Manos que cada noche compartía con empleadas y clientes un vaso de ginebra.

Manos laburadoras, curtidas pero abiertas para compartir, ¡de gringo incansable!

Finalmente, comprendí que Dios puso en las manos de mi padre el instrumento con el que dignificó su familia.

Puso el pan de cada día en su mesa; nos dio los estudios universitarios a sus tres hijos; nos enseñó sin teorías pero con ejemplos, valores como la honestidad, la verdad y el servicio.

Enseñó la profesión a jóvenes muchachos que fueron sus secretarios; aportó impuestos como todo ciudadano responsable; cumplió fielmente con sus clientes con mucho respeto y todo gracias a esas manos laboriosas.

Esas manos de mi padre, cuando dejó el trabajo de mecánico –ya enfermo– se pusieron más blancas, más suaves.

Sus uñas se limpiaron pero ya no tenían la fuerza transformadora que las caracterizó.

Hoy quiero hacer un homenaje a todas las manos trabajadoras de mi patria que hicieron este país.

Las manos de mi papá un sencillo hombre de campo, gente buena, también hicieron esta bendita Argentina.

ROSITA MONFARDINI DE LINARES

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