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Mes de la Biblia

El libro que fundó Occidente  

Señor director de NORTE

Septiembre es el mes de la biblia, ¿por qué? Porque el 30 de septiembre la Iglesia celebra la fiesta de San Jerónimo el primer traductor de la Biblia del hebreo, y griego a la lengua latina, por pedido del Papa Damaso. Y porque el 26 de septiembre de 1569 se terminó de imprimir la primera Biblia traducida al castellano; la versión de Casiodoro de Reina. Y vale la pena meditar sobre ese libro que ha sido la piedra angular de la Civilización Occidental, nuestra civilización.                  

La religiosidad de un pueblo es el sentido sacro de la vida y del universo, que reside en el alma de los hombres y mujeres. Y cuando decae esa religiosidad, ese sentido sacro, decae la cultura y decaen los pueblos. El gran orador romano Marco Tulio Cicerón definía ese sentido sacro del pueblo romano con la siguiente frase: "Roma apud lares", que se traduce "Roma junto a sus dioses familiares". El Imperio Romano se construyó sobre esa religiosidad, y cuando fue invadido por cultos extraños, perdió el rumbo y colapsó; y gracias al cristianismo sobrevivieron su lengua y su cultura. La República Argentina está siguiendo el mismo camino que Roma, se aparta de sus fundamentos, y va directo al colapso. Y absolutamente ninguno de los candidatos a presidente habla de la batalla cultural que estamos viviendo en todo Occidente. Está escrito en el Libro de la Sabiduría (Antiguo Testamento): "El lado hacia donde un árbol se inclina, allí caerá". Nuestro árbol nacional se inclina hacia el caos moral, político y económico. Y en la Iglesia Católica asoma un nuevo cisma, el cisma alemán.

Decía Albert Einstein: "La emoción más completa y más bella que podemos imaginar y experimentar es la sensación de lo místico. Es la simiente de toda verdadera ciencia. Aquel a quien le es extraña esta emoción y que no puede maravillarse y quedar preso de temor ante ella, es como un hombre muerto". 

Decía Sir Edwin Burtt, en su libro Fundamentos Metafísicos de la Ciencia Moderna: "No hay cultura que no se haya levantado sobre una religión".                           

Dice el filósofo de la historia, Arnold Toynbee, en su obra Estudio de la Historia: la historia no está dominada por fuerzas económicas, sino espirituales. Las civilizaciones se desarrollan con éxito respondiendo a los retos espirituales que les imponen las minorías creativas; y entran en una fase de decadencia, cuando sus líderes no consiguen reaccionar con imaginación a dichos retos". Esto parece que fue escrito para los políticos argentinos…¿o no?

Decía el sacerdote jesuita, científico, paleontólogo, antropólogo y pensador francés Teilhard de Chardin: "El universo y la humanidad no son para nosotros una realidad dada, sino una tarea. Los pueblos divididos en naciones son fragmentos de la humanidad que tenemos que unir. Desde hace miles de años, la humanidad tiende a unirse y formar un todo. Sólo una mística cósmica que abarque el total del crecer y devenir universal, puede encontrar el camino hacia el corazón del hombre nuevo".                          

El Papa Juan Pablo II, en mayo de 1991, en su Encíclica Centecimus Annus dice: "Existe la fundada esperanza de que también ese grupo numeroso de personas que no profesa una religión, pueda contribuir a dar el necesario fundamento ético a la cuestión social". Se refería fundamentalmente a todas las variantes del materialismo. Según el  psicólogo francés, Ignace Lepp –experto en psicología profunda– el materialismo dialéctico e histórico, por su dogmatismo, funcionan como una religión, en el psiquismo de los que lo profesan. Y ya en 1963, en el Concilio Vaticano II, el teólogo alemán Joseph Ratzinger, luego Benedicto XVI, decía: "Desde el corazón de la vieja Europa, salieron dos misiones a conquistar el mundo, el Cristianismo y el Marxismo. La historia nos dirá cuál de las dos misiones será aceptada por la humanidad". Casi treinta años después, el colapso de la Unión Soviética y la caída del Muro de Berlín le dieron la razón a lo que afirma la Encíclica Populorum Progressio: "Ciertamente el hombre puede organizar la Tierra sin Dios; pero sin Dios, no puede menos que organizarla contra el hombre. El humanismo exclusivamente humano es un humanismo inhumano". Para meditarlo.                           

Como muchas veces ya lo hemos afirmado, nuestras raíces se hunden en Jerusalén, en Roma y Atenas. El cristianismo nació en el seno del judaísmo; nuestra democracia y nuestra forma de pensar tuvo su origen y máxima expresión en Atenas; y heredamos las leyes e instituciones de Roma. Judíos, romanos y griegos eran sumamente religiosos. Cuando el apóstol Pablo les habla a los griegos en el Areópago, les dice: "Atenienses, veo que sois sobremanera religiosos; porque al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto, he hallado un altar en el cual está escrito ‘Al Dios desconocido’". Pues ese que sin conocerlo veneráis es el que yo os anuncio". La temperancia, la justicia, el valor, y la sabiduría; la piedad hacia los dioses, y hacia los padres; la fidelidad a la palabra empeñada; eran virtudes paganas, muy consideradas y practicadas por los mejores hombres de esa sociedad. Para los romanos cada día del año se veneraba a alguna divinidad, y el culto oficial se cumplía diariamente por los sacerdotes. La religión, la política y la guerra estaban unidas y eran el pan de cada día de un romano. Todo el culto estaba dirigido a proteger a Roma y al pueblo romano. Como dijo un historiador: "Hallaréis una ciudad sin murallas, sin casas, sin gente, pero no encontraréis una ciudad sin un templo". Definitivamente, griegos y romanos eran hombres muy religiosos. Y para el pueblo judío, el Pueblo del Libro, la religión lo era todo.


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La Biblia es el libro más leído en toda la Tierra; es el libro más vendido año tras año; es el libro más traducido a distintos idiomas; ha sido vertido a 1.200 lenguas y dialectos de todo el planeta; siendo un libro cuyos primeros capítulos datan de 4.000 años atrás, sigue siendo actual, y es leído todos los días en todo el mundo. Existen biblias grabadas en discos,  en alfabetos para ciegos, y en todo tipo de soporte electrónico. La Biblia está en los monasterios, las librerías, las bibliotecas, en los despachos de los gobernantes de todas partes del mundo, junto al lecho de los moribundos, y en la mochila de los soldados que van a la guerra. Está en nuestro bautismo, está en el casamiento, y está en el funeral. Desde la antigüedad, cuando los judíos o cristianos eran perseguidos, los libros sagrados eran lo primero que se salvaba. Y este libro sagrado para miles de millones de personas es la base de nuestra civilización, occidental judeo-cristiana.

 Cuando los conquistadores españoles llegaron a estas tierras, junto a ellos vino la Biblia. Se aprendía a leer, se aprendía a vivir, se aprendía a gobernar. La España cristiana nos dio su lengua, su cultura, su fe y sus instituciones; y en todo lugar donde se habla la lengua española, allí hay cristianos. El fracaso político y social del marxismo y de todas las formas de materialismo dialéctico y materialismo histórico consiste en el hecho de que nacieron como una construcción teórica conceptual, materialista y anticristiana, que ha querido imponerse desde arriba y por la fuerza, y chocan contra el anhelo más profundo del ser humano, su aspiración a la inmortalidad. La razón de ser de la civilización occidental judeocristiana, –según San Agustín–  tiene su fundamento en tres cosas increíbles : a) increíble es que un hombre (Jesús) haya resucitado de entre los muertos; b) increíble es que casi todo el mundo haya creído en esa cosa tan increíble ( en esa época todo el Imperio Romano se hizo cristiano); c) increíble es que doce hombres (los apóstoles) rudos, ignorantes, desarmados, y plebeyos, hayan persuadido a casi todo el mundo, y entre ellos a sabios y filósofos, del primer increíble (de la resurrección de Jesús). Si el primer increíble no lo queréis creer; al segundo no tenéis más remedio que verlo y no lo podéis negar; y el tercero tenéis que admitirlo, porque los doce rudos apóstoles han convencido al mundo; y eso solo ya es un milagro tan grande como resucitar a un muerto". Y allí están las raíces de nuestra civilización, hundidas en la tierra del misterio, la razón y el mito: Jerusalén, Atenas, Roma. "La palabra del señor es la verdad, es perfecta, reconforta el alma, y es sabiduría del humilde". Como decía el gran orador romano, y abogado Marco Tulio Cicerón: "Spe inmortalitatis rappimur", traducido al castellano: "Somos arrebatados por la esperanza de la inmortalidad".

JORGE ANTONIO GAIT 

RESISTENCIA 

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