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CARTAS DE LECTORES

El vuelo

Cuando crucé los tres cuartos de siglo, sin previo aviso, me encendieron las balizas de la pista de aterrizaje. "Mi otro yo del doctor Merengue" (divito), que siempre reacciona al toque, me dijo: "¡Sucu, que vamos a bajar! Metele para la oscuridad, que esta luz mata".

El tema es que en estos últimos tiempos me caché una especie de viejera y tristalgia, que está envirulando mi "caja negra".

Mis noches se hicieron más largas, y mis sueños son sueños que ni en sueños se pueden soñar. Noble tierra o fuego infernal.

Recuerdo que en una oportunidad, le pregunté sutilmente a mi azafata personal: "¿Qué opinas sobre la muerte y el entierro?"

Me contestó aterrada "¡Ni loca bajo la tierra!, de solo pensarlo, me asfixio". Me imagino el escándalo si le hablaba de crematorio, seguro se me muere de un ataque antes de morirse.

Tal vez, mis pesares se deban al incremento de mis viejos dolores, sumado a los nuevos que van apareciendo, no creo.

Tal vez me afectó el proceder de la cajera del super, que sacando el cogote, me gritó: "Señor, pase usted adelante, que tiene prioridad". El cartelito mostraba un anciano con bastón, una silla de ruedas y una mujer embarazada. El guacho de mi Fulgencio, tocándome la panza, me susurró: "Tranqui… creerá que estás embarazado". Los que estaban delante de mí sonreían bonachonamente. No creo que tampoco haya sido por esto.

Será que al cruzar distraídamente la calle a mitad de cuadra, frenaron autos, bicis, motos, dándome paso amablemente. Hasta hace muy poco, si no saltaba como una langosta, ¡me pisaban los talones! Pensé…beneficios de las desventajas. No, tampoco es esto.

Busco nuevos motivos de mi novel mal carácter, falta de paciencia, arranques explosivos. Recordé entonces que hace poco tiempo, volví a mi amada Angelville, buscando una lamida a mi alma. Caminé por la vereda del bar internacional de Anita y Juan Trubba. No tenía más el aire ese penetrante y exquisito aroma a café colombiano, no se escuchaban los gritos de los truqueros, ni las palmas y aplausos, vivando a "Bobina" que trepado sobre una mesa de billar, bailaba "Zorba, el griego", con tanta destreza, que el mismísimo Anthony Quinn lo hubiera envidiado. Solo había cortinas metálicas cerradas de gris perla.

Seguí hasta la esquina del Cine Cervantes, donde en el kiosco de la entrada, Patri —la hemana de Carancho— tejía los amoríos, y solo nos enterábamos que había terminado la película familiar, cuando encendían las luces de la sala… más cortinas grises.

Crucé la calle, como yendo para el viejo correo, y en la ochava de enfrente, me pareció verlo a Lolo, ese turco tan querido en Villa Ángela, que me decía: "Me enteré que vas a casarte, fijate lo que necesitás de mi negocio (atrás de él brillaban heladeras, cocinas, lavarropas), llevá lo que te falte, sé que apenas puedas, me vas a pagar, mi mejor garantía es la portación de tu apellido".

Creo que comenzó a lloviznar. Habían pasado más de cincuenta años de esta charla.

A mitad de cuadra, el amado Arai, enfrente, El Buho y el Cristal, las tres confiterías. Los sábados se cortaba la cuadra y se bailaba en la calle entre mesas y sillas. En un improvisado escenario, Fancho Encinas, guitarra y segunda voz, el paraguayo Báez en bajo, Huguito Davidovich en batería y yo, algo de armónica y primera voz, destrozábamos a The Beatles, a los teen tops. Fancho cantando en ingles "Hay una especie de silencio", yo "Il mondo" o "Aline".

Cada vez llueve más fuerte. Crucé en dirección a la plaza, subí a la glorieta cubierta de santa ritas, donde tantas veces la banda municipal llenó de música y flores toda la manzana.

Mirando la fachada de mi querido Colegio Nacional, recordé a Charles Chaplin: "Me gusta caminar bajo la lluvia, porque nadie puede ver mis lágrimas".

Regresé a Resistencia pensando en el imbécil que dijo que "los verdaderos amigos se pueden contar con los dedos de una sola mano", suerte que no vio mi derecha, si no, hubiese marchitado  sin un misero amigo.

Fui a tomar un café al barcito de siempre. Ni el mismo nombre, ni el mismo dueño, ni el mismo mozo. Mientras borro de mis contactos hermanos y amigos, siento que se alisan las señas digitales de mi índice izquierdo. Mando a papelera un reciente whatsapp que decía "no creo que Pardal pase de esta noche". 

Como decía mi profe Enríquez: "Ahora no llueve, cataratea, chamigo". Escucho por encima de mi cabeza a Fulgencio, ya no tan irónico, "afloja carajo!, no creí que arrugarías ante la primera cumulus nimbus". 

Cada minuto de aquí en adelante es hermoso, sublime y aún quedan amigos, risas, amores y abrazos para empacharse.

Cuando no quede más una gota de gasolina y se clave la hélice, nuestro último sapukay va a ser ¡gracias, vida, por todo lo que me diste!

De fondo, suena La balada del diablo y la muerte.

COQUI DI RADDO

RESISTENCIA 

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