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Los cegados

Relato de una historia borgeana y una interpretación posible - Por Diego Marín*

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No estaba feliz con tener que viajar a Buenos Aires en micro, pero la urgencia me privó de alternativas y me preparé como pude para las varias horas de marcha. La falta de decisión sobre qué libro llevar para atravesar los primeros kilómetros, que suelen resultarme los más tediosos -un rato antes del sueño salvador-, hizo que cargara en la mochila tres autores diversos: Borges, Camus y Murakami.

Cuando me instalé en mi butaca, junto a la ventanilla, todavía faltaban quince minutos para la hora de partida. Esperaba que al menos se sentara a mi lado un buen interlocutor. Pero todavía el lugar permanecía vacío.

Un rato después vi aproximarse a un señor de unos setenta años, con anteojos oscuros y un bastón blanco y plegable, acompañado de otro más joven que lo acercó hasta el asiento a mi lado y le dijo:

—Acá es papá, yo estoy en el asiento a tu derecha, del otro lado del pasillo —y lo dejó.

El micro se puso en marcha y rápidamente llegamos a la ruta. El andar parejo y sin sobresaltos incentivó al hombre para empezar hablar. Me dijo que su apellido era Ramberk, "con k final", y enseguida me contó que había quedado ciego hacía unos diez años: 

—Miopía degenerativa —precisó.

—Como Borges —dije.

—Exacto. Y también como él, detesto el fanatismo —agregó.

Esos comentarios, que me revelaron que conocía de la vida y obra de Borges, y a los que yo sumé -para seguir con el tema- que había traído un libro suyo, me dieron pie para indagarlo sobre cómo era vivir sin ver, algo que siempre me intrigó; sobre todo en los casos, como el de ellos, en que la noche cae tan tarde.

Su repuesta fue como un desahogo:

—¿Que quiere que le diga? No veo casi nada, como un fanático, apenas percibo bultos. Necesito que me guíen, que me conduzcan, que me digan qué hacer, porque solo no puedo. Es una porquería. El fanatismo es peor, porque anula voluntariamente la facultad de pensar. A mí la ceguera me vino de arriba, no la elegí, simplemente me sucedió. Pero no es agradable. Me voy acostumbrando de a poco a vivir así, no me queda otra. Por lo menos el fanático puede decidirse comenzar a pensar por sí solo, yo estoy condenado a perpetuidad. El único consuelo que me queda es que ya no me restan tantos años por vivir.

No supe qué decir, apenas me salió un soplido por la nariz junto con una sonrisa ahogada, que Ramberk no pudo ver pero, estoy seguro, reconoció el sonido y entendió el significado comprensivo del gesto. Luego siguió:

—Ya que es lector de Borges, le voy a contar una historia de ese otro ciego, si me lo permite.

Por supuesto, acepté. 

Ramberk se acomodó en el asiento, con la cabeza apuntando hacia el frente, como si estuviera mirando, y me aclaró que nadie podía asegurar que fuera real, pero tampoco había quien se aventurara a desmentirla con certeza.

Relató que una mañana Borges salió caminando, con la lentitud habitual que le imponía su condición -llevando en mano su báculo compañero, como le gustaba llamar a su bastón-, de su departamento de Maipú 994 6B del centro de Buenos Aires, zona de Retiro, donde vivía con su madre.

Desde que quedara sumergido en un mundo de sombras amarillentas, que apenas le permitía vislumbrar personas sin rostro, había cesado casi por completo el que había sido su paseo habitual: las dieciocho cuadras que iban desde su departamento -siguiendo derecho por calle Maipú, Chacabuco, luego México, una cuadra y media hacia el bajo-, hasta llegar a la Biblioteca Nacional, de la que fue director desde 1955 hasta 1973.

Según Ramberk, años antes se había encargado de componer una de sus más bellas sinfonías poéticas, marcando tristemente la paradoja burlona del destino que le daba y le quitaba al mismo tiempo: "Nadie rebaje a lágrima o reproche / esta declaración de la maestría / de Dios, que con magnífica ironía / me dio a la vez los libros y la noche", en "El poema de los dones".

Después, ya fue su madre, Leonor Acevedo, la encargada de ver por él, de leerle y escribir lo que le dictaba y, también de hacer sus aportes a las historias que urdía, hasta que aprendió lentamente a componer sus textos de memoria y solo después dictárselos.

Pero mucho antes, cuando sus ojos aún alumbraban, ya había incursionado en el ámbito bibliotecario, como empleado de la biblioteca "Miguel Cané", de Boedo, desde 1938 hasta 1946, cuando renunció tras haber sido designado para cumplir funciones -sanción por su indisimulable y acérrimo antiperonismo- como "Inspector de Aves de Corral".  

A partir de entonces, su aversión a todo lo vinculado con el peronismo fue absoluta y le trajo no pocos inconvenientes; aunque algunos suponen que a ese hecho se sumaron luego los arrestos que sufrieron su madre, su hermana y su mentora, Victoria Ocampo, por algunas manifestaciones públicas de oposición al gobierno. Su rechazo solo era igual al que le producía el fútbol.

Según Ramberk, empleaba argumentos parecidos para criticarlos. Decía que estaba en contra del fascismo, del marxismo y del peronismo, porque esos movimientos eran formas del fanatismo y la estupidez; mientras que el fútbol era popular porque la estupidez era popular, y que once jugadores contra otros once corriendo detrás de una pelota no le resultaba particularmente hermoso.

Cuando aquella mañana se disponía a atravesar la avenida Córdoba, sin ninguna compañía, para dirigirse a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA -en Viamonte 430, donde era profesor de Literatura Inglesa- se le acercó un joven, que nadie supo quién era porque la historia habría sido referida por él mismo, y se ofreció a ayudarlo a cruzar la calzada. 

Según Ramberk, era un militante peronista que quería vengarse por las tremendas críticas que le había prodigado a su líder, y lo venía siguiendo, esperando que llegara a una avenida lo suficientemente ancha como para ofrecerse a cruzarlo y abandonarlo a su suerte cuando estuviesen en mitad del trayecto, entre la maraña de automóviles.

Cuando estuvieron en el lugar preciso, el joven le dijo:

—Maestro, ¿sabe una cosa? Yo soy peronista… —le dijo en tono triunfal y amenazante.

A lo que Borges, sin inmutarse, respondió:

—No se preocupe, joven. Yo también soy ciego.

Cuando Ramberk terminó su relato y se durmió, me quedé pensando que daba lo mismo que la historia fuera verídica o fabulada, o si se era peronista o no; ya sabemos que sin fantasía no hay Borges. Lo grandioso era la manera de utilizar irónicamente su propia pérdida para criticar subrepticiamente la intolerancia.

Sus palabras finales, acerca de que él consideraba que, en definitiva, la lucha de Borges era contra el fanatismo –contra la renuncia voluntaria al pensamiento-, me crearon una insuperable duda: al decir Yo también soy ciego, ¿se refería a lo estrictamente físico, o era un velado reconocimiento, sutil y metafórico como su obra, aunque sin contrición, al propio enardecimiento que lo inflamaba en sentido opuesto al del joven?

*Abogado, autor de la novela judicial "El Jurado Siete (7)". 

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