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Los espejos del miedo

Los espejos del miedo

 Autora: Irma Carbia

Editorial: Corregidor    

El muestrario de miedos en los cuentos de Carbia es variado: miedos infantiles y miedos adultos, intensos unos, sutiles otros, pero siempre presentes en los personajes y en las historias, tal vez porque el miedo, lo creamos o no, siempre está presente en nuestras vidas.

Temer, con o sin fundamento, forma parte del ser humano y, si bien a veces nos salva del peligro, otras, nos sumerge en la desesperación. Los personajes sufren esas situaciones que se les presentan como angustiantes porque son personajes sensibles, vulnerables y no vale la pena ocultarlo por vergüenza ya que, de algún u otro modo, aflora e irrumpe en sus vidas sin desearlo y a veces las trastoca para siempre. No hay antídoto valedero para el miedo. Siempre va a terminar reflejándose, como en un espejo.

Irma Carbia nació en Buenos Aires, Argentina. Es profesora en Letras por la Universidad del Salvador. Se dedicó a la docencia durante muchos años, lo que es una pasión en ella, junto a la lectura. Da cursos y charlas sobre literatura. Integra algunas antologías en nuestro país y en España. Los espejos del miedo es su primer libro publicado.

Los espejos del miedo, libro de cuentos: publicado por Corregidor, Buenos Aires, Argentina, 2019, 160 páginas.

Fragmento

ALMAS EN PENA

El departamento estaba en la planta baja. Dos de sus ventanas daban a la calle. A vos te gustaba mirar por esas ventanas. Dos líneas de colectivos hacían algún ruido y daban movimiento al barrio. A la tarde, casi todas las tardes, pasaban por la esquina los cortejos de carrozas negras. De noche, silencio y oscuridad. Desde tu cama oías algún taconeo que retumbaba, unos pasos apresurados que marcaban la presencia de alguien a quien su retraso obligaba a ese paso rápido. Tu imaginación se iba detrás de ellos y pensabas que una muerte trágica podría ocurrir en medio de la noche negra y brumosa. La muerte siempre presente. El desfile de las carrozas fúnebres con sus caballos con penachos negros y sus féretros a la vista que pasaban por la esquina de tu casa todos los días, tenía presencia real en tu vida de niño.

No terminan nunca, decías en silencio. Te habían enseñado que debías mantener respeto no al desfile, sino a la propia muerte que iba en él. Por eso no te permitías expresar esa cosa horrible que sentías. No era pena por los muertos, no entendías mucho del tema, era una angustia que se mezclaba a lo cotidiano y te desplazaba de la niñez alegre. La misma quizás que te provocaban los pasos en las noches. Esas sensaciones poco concretas que aplastaban tu alegría de niño. El pasar de los cortejos por la esquina, vistos desde la ventana del living, era siempre igual. Delante, las carrozas que transportaban las flores amontonadas en coronas atadas con cintas violetas y letras doradas que daban nombre a quienes ni el muerto reconocería. Después le tocaba el turno a los autos, negros también, del cortejo, como todo el mundo llamaba a ese desfile. Esa palabra no te gustaba para la situación. Cortejo te sonaba más a reyes, héroes, princesas a rescatar, banderas y pendones de colores. Esto era un lento y negro pasar de cascos de caballos, de ruido traqueteante de ruedas sobre los adoquines, no podía ser un cortejo. Al menos no lo que vos imaginabas en tu imaginación de lector infantil. Siempre lo pensabas. Y después otros autos, los que al final de esa fila de hormigas gigantes, también daban su presente. Cuántos más, más importante el muerto. ¿Quién sería?, la voz de tu madre. Nadie osaba interrumpir el paso casi sagrado. La gente en el borde de la vereda esperaba para el cruce; los hombres se sacaban el sombrero en señal de respeto. Tu madre pidiendo silencio con la expresión de su rostro serio. Los autos se detenían en las bocacalles para permitir ese paso largo y lento que desfilaba ante los ojos de todos. Vos hubieras querido que todo eso acabara de una vez. Ya lo habías visto, ¡otro más! De vez en cuando, la carroza era blanca y en vez de la cruz, llevaba arriba una figura orante de alas abiertas. ¡Un angelito!, decía tu madre, con cara de dolor. Suponías que el angelito sería el que iba arriba, en el techo de la carroza.

Un día te atreviste, ¿por qué esa no es negra, es blanca? Tu madre esperó que acabara su paso para la respuesta, porque esas veces, a la señal de la cruz se sumaba siempre un suspiro incontrolado, un temor de madre al acecho que vos no podías entender. Finalmente repetiste la pregunta y no tuvo más opción que responderte: un niño habrá muerto. Habrá, ¿podía no ser cierto? Es que era muy duro para ella explicarte que los niños también mueren y esa vaguedad en la respuesta no la desnudaba frente a una realidad que se le hacía tan cruel como dolorosa. Vos te callaste y nunca más preguntaste acerca de eso. Preferías no saber. Era la intuición de algo que no deseabas conocer, o que eras capaz de imaginar sin quererlo y que supondrías que te quitaría la paz. En medio de ese despliegue casi cotidiano, de ese espectáculo que hubiera sido tal si no pensaras en otras cosas, sentías un tipo de miedo que no era el miedo a algo concreto. El miedo simple de tus hermanos a los perros, a las arañas, al médico, a las inyecciones. Era el miedo inconfesable a la noche y lo que vendría con ella, y que ya esperabas con cierta angustia desde la tarde temprano. Siempre te preguntabas también, ¿por qué pasan justo por acá? Un día, sin querer, en una conversación cualquiera descubriste eso que siempre te obsesionó, el porqué de ese paso por tu esquina de tantas carrozas fúnebres: el cementerio no quedaba cerca de tu casa pero esa calle era la que desembocaba justo en la entrada del mismo. Todo muerto que se preciara de tal, debía recorrer las últimas cuadras de su vida en la tierra por allí. La gente del barrio, aunque acostumbrada, miraba. ¡Otro! Vos también lo decías, pero no te gustaba que pasaran tantos por allí. Los vecinos, los transeúntes ocasionales, se persignaban al pasar la carroza que transportaba al difunto. Vos no. Tal vez no entendías tampoco para qué o por qué, un muerto no es un santo, pensabas. A lo mejor era por la cruz que llevaban arriba los carruajes. Después, cuando llegaba la noche a tu casa de la esquina con las ventanas por donde las carrozas fúnebres se dejaban ver todos los días, a veces sucedía algo muy extraño: un secreto que solo alimentaba tu madre y vos guardabas. Se oía un indescifrable sonido, como un gemido muy triste y lastimero. ¿De viento entre las ramas de los árboles, de cables sacudidos por la lluvia, de qué? Sonaba interminable, parecía sobrevolar la casa, venir del cielo, parecía que flotaba y que se había detenido un momento en el modesto patio familiar para luego seguir su camino hacia no sabías dónde. Rezabas para que se fuera de allí rápido. Muy lejos. Que no se pudiera oír más. Y pensabas sin decirlo si tu madre tendría razón con sus explicaciones y si tu deducción tendría algo de valedero. Eras muy niño todavía para juzgar. Nadie apoyaba las teorías maternas, por temor, por negación de cosas que nos sobrepasan, por tantos motivos. Por eso, cuando ocurría, no se hablaba mucho del asunto. ¿Un pacto tácito? Pero vos lo oías y sabías por la cara tensa de tu madre que ella también, aunque no dijera una palabra.

Todos lo oían pero todos callaban. Solo si alguien, alguna de tus hermanas, un visitante ocasional preguntaba ¿qué será?, entre preocupada y convencida, son las almas en pena, respondía tu madre. En esos momentos el patio oscurecido enmudecía. Tu padre parecía ignorar el asunto cada vez que ocurría, pero vos lo encaraste alguna vez, ¿qué sería? nada, ideas sin sentido, fantasías, no existen las almas en pena. Pero algo gemía en el cielo negro de la noche barrial. Y tu madre insistía con su terrorífico comentario cada noche en que ocurría. No había conjuro, no había oración, aunque el rosario se desgranara en la habitación, para ahuyentarlas, para que desaparecieran. Alguien decía ¡otra vez ese ruido! ella, las almas en pena, no descansan en el cementerio, vuelan quejándose. Y por las dudas, la señal de la cruz. Vos, tapado hasta el alma en tu cama, te repetías ¡deben ser los muertos que pasan todas las tardes por la esquina!

¿Qué otras iban a ser las almas en pena, si no las de esos muertos que veías pasar lentamente al compás del trote de los caballos? Vos y tu imaginación hacían posible una corte de almas oscuras sobrevolando tu casa con un gemido lastimero. El cansancio por fin cerraba los pensamientos de párpados apretados; ya estabas seguro de que todos esos muertos, desde la calle, entrarían sus almas por las ventanas en un paso más lento del caballo, en la detención forzada del cortejo por algún imprevisto. ¿Por qué se paran justo aquí? Hubieras querido manejar el látigo de esos cocheros con galera para que un ¡arre! moviera rápido los cascos detenidos. No te gustaba nada esa parada en la que la carroza fúnebre parecía esperar que algo sucediera para continuar después rodando los adoquines de la calle. ¿Qué sería ese algo? El féretro a la vista parecía encarar tu ventana. Que se muevan, que se muevan, que no se queden aquí, ¡vamos! Por eso, cuando en la noche se oían quejidos y el viento llevaba una enorme sombra negra que solo vos veías, estabas convencido de que eras el único que sabía qué era. Las almas en pena de las que tu madre hablaba. Las que habían escapado de las carrozas y ahora sobrevolaban el espacio, como una especie de bruma oscura. Esas almas habían elegido ese lugar, tu lugar, para juntarse a llorar su despedida. Solo te quedaba oírlas y encogerte en el silencio.

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