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Entrevista encubierta a Mario Vargas Llosa

La última vez que el afamado escritor peruano visitó Paraguay opinó sobre la política, el idealismo, las utopías y sentenció que leer un libro es "lo más divertido que existe".

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Mario Vargas Llosas es uno de los escritores más representativos de la literatura latinoamericana. Conoció el Paraguay en 1966, cuando América vivía el "boom" de la literatura de habla hispana. Nadie sabe muy bien qué quería significar este vocablo, introducido a propósito en la lengua española. Pero, quizás era la manera que encontraron los críticos de la época de darle una etiqueta a ese clima prolífico y de expansión que vivían los escritores americanos. Europeos y norteamericanos reconocían los valores literarios latinos, y comenzaban a traducir algunos textos, produciendo un enorme entusiasmo en los cuentistas, novelistas y poetas locales. Entre ellos, Vargas Llosas era uno sobresaliente.

Su arribo al aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi fue programado con un gran esfuerzo compartido entre la Cooperativa Universitaria (que en ese entonces cumplía sus bodas de plata) y la editorial El Lector. Y en su visita de tres días no tenía programada ninguna entrevista con medios locales, solo algunas declaraciones durante sus recorridas por la ciudad. Por tal motivo, Pablo Burián, responsable de la editorial, se ganó la bronca de los periodistas de la cultura guaraní. Así las cosas, no quedaba otra que seguirlo por todas partes, menos a una cena que se daba en su honor, en la residencia de una familia vinculada con la cooperativa. Estaba invitada toda la elite de la cultura paraguaya: escritores, poetas, pintores, excepto periodistas. Y según había transcendido, el ingreso en la casa iba a ser minuciosamente controlado para evitar que se filtrara algún medio de prensa.

Estaba ensimismado en mis pensamientos cuando escuché la voz inconfundible de mi compañera, que también trabajaba en una emisora FM. Antes que le pudiera responder, la brasiguaya (su padre era brasileño y su madre paraguaya), tiró sobre mi mesa de trabajo un sobre con letras doradas. Era una invitación personal para la restringida cena en honor al escritor. 

Ella estaba invitada. ¿Por qué? Estaba saliendo con el hijo de la dueña de casa. "Yo no necesito invitación, prácticamente vivo ahí", me dijo en tono sarcástico. "Pero te puedo hacer pasar como mi primo, que viene de  visita al país". Así fue que terminé a las 9 de la noche frente a la puerta de entrada de la residencia acompañado de mi "prima".

Ella pasó sin mostrar su invitación. Pero a mí, los dos custodios me cerraron el paso. "Viene conmigo", dijo imperativamente mi compañera. "Sin invitación no entra nadie, señorita", dijo uno de los guardias. La chica, me hizo señas de que esperara. Ingresó a la fastuosa vivienda y al ratito regresó con su "suegra". La mujer me saludó y me pidió que la siguiera. Pero los guardias me volvieron a impedir el paso. "El señor Burian nos dio instrucciones de que nadie sin invitación entra, señora", dijo, decidido a cumplir con el mandato de su jefe. La dueña de casa, con voz firme pero sin levantar el tono, le dijo: "Yo organicé esta fiesta, y a mi casa entran todos los que yo disponga, incluso el señor Burian". Y así fue que ingresé del brazo de la dueña de casa a la fiesta en honor al escritor peruano.

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Mario Vargas Llosa en 1998 en Paraguay. (Gentileza Revista Cartelera)

Mario Vargas Llosa estaba rodeado de personas que lo aturdían con preguntas convencionales que se había cansado de responder en cada lugar que había visitado. Por eso le sorprendió cuando le pregunté, como un invitado más, por qué tardó 32 años en volver a Paraguay. "Estoy muy contento de estar otra vez en Paraguay. Realmente me da un poco de vergüenza decir cuántos años hace de mi primera visita. He intentado volver varias veces, pero el diablo metió la cola cada vez que lo intenté". Siguiendo la conversación, uno de los invitados le preguntó qué recordaba de aquella época. "Llegué en unas circunstancias muy emotivas, acompañado de dos escritores paraguayos, Gabriel Casaccia y Augusto Roa Bastos, que volvía al Paraguay después de muchos años de exilio", declaró mientras evocaba viejos recuerdos. "De tal manera que fui testigo en ese viaje del reencuentro de esta gente con su país, con sus compatriotas. En la oportunidad conocí a algunos escritores jóvenes de la época. Tuve la ocasión de viajar al interior, fue una visita muy corta y fructífera".

Tanto tiempo en el Viejo Continente le permitieron conocer el pensamiento europeo sobre los escritores latinos. Curiosamente, señaló que lee bastante a los autores latinoamericanos. Y no precisamente para conocer la geografía, la historia o las costumbres de las sociedades, ya que este tipo de enfoque tenía la literatura anterior, regionalista, costumbrista, que describía lo óptico y lo pintoresco. "Yo creo que lo que llama la atención en Europa es que de América Latina surgiera una literatura nada subdesarrollada. Sorprende, por ejemplo, escritores como Borges, que escribe con tanta soltura sobre temas que parecían un monopolio de los escritores europeos, con temas enormemente originales", comentó. "Creo que también tuvo mucho de atractivo un tipo de fantasía, donde las novelas pasan de un mundo histórico a un mundo mágico. También la elegancia de la prosa, la creación de formas nuevas. Es aceptada por ser una literatura adulta, creativa, sin complejos de inferioridad, con un mundo más antiguo y más culto que el nuestro", enfatizó.

Interrumpí la conversación recordándole que en 1990 se presentó como candidato a la presidencia del Perú, contra Alberto Fujimori. A pesar del fracaso en el intento, señaló que la experiencia de participar en política fue muy instructiva. "Estuve tres años en una campaña muy larga, donde presencié cosas enormemente instructivas de la realidad de mi país", declaró. "Me ayudó mucho a conocerme mejor a mí mismo. Aunque no puede decirse que fue una experiencia muy grata", reconoció.

Evidentemente, las vivencias y los resultados cosechados marcaron impresiones muy notorias, al punto que decidió no dedicarse más a la política profesional. En reiteradas ocasiones declaró que aunque hubiera triunfado en las elecciones presidenciales, hubiera regresado a su trabajo de escritor.

Ante esta reflexión, la pregunta surgió por obligación: ¿Los intelectuales no deben involucrarse en la política? "Mire, yo creo que los intelectuales deberían participar por lo menos en el debate político, no haciendo política profesional si no les interesa, pero por lo menos estar presentes en el debate de ideas. La política no debe convertirse en un puro pragmatismo. Es importante que se enriquezca con imaginación, con un lenguaje nuevo, fresco, y en eso los intelectuales pueden prestar una enorme contribución", me respondió. "Creo que es importante la participación de los intelectuales en el debate público, sobre todo en países como los nuestros, donde hay problemas tan enormes que enfrentar".

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Gabriel Casaccia, Roa Bastos, Mario Vargas Llosa, Víctor Carugatti y Rubén Bareiro Saguier, en Areguá en 1966

Escritor de tiempo completo, lo administra con lapsos de lectura y estudio, y alterna de vez en cuando con la cátedra de literatura latinoamericana en la Universidad londinense. También señaló que para él la tv es un fenómeno gravísimo de las últimas décadas de éste siglo. "Los medios audiovisuales nos presentan un gran desafío al que tenemos que hacer frente si no queremos que la cultura se degrade de una manera que destruya todo un acervo extraordinario de la humanidad", expresó con gran preocupación.

Convencido de que la lectura es lo más divertido que existe, sostiene que a los niños no hay que obligarlos a leer para que se puedan formar intelectualmente, y adquirir determinados conocimientos. "Hay que mostrarles que un buen libro es más divertido que un partido de fútbol; los hace conocer personas extraordinarias, los hace viajar, los hace vivir experiencias maravillosas, que jamás podrían tener en la realidad. Si ellos descubren que leer es algo formidable, que van a pasar un rato maravilloso, pues serán buenos lectores".

Su carrera literaria cobró notoriedad con la publicación de la novela "La ciudad y los perros", con la que obtuvo el Premio a la Crítica en 1963 y el Premio Biblioteca Breve, en 1967. En 1998 hacía ya dos años que estaba escribiendo una novela sobre la dictadura de Trujillo, en la República Dominicana. Finalmente, el libro se publicó en el 2000 bajo el título "La Fiesta del Chivo".

Entre ambos libros hay más de tres décadas. "Las diferencias son muy grandes. Hay toda una experiencia acumulada. Los años han dejado todo un cúmulo de sedimentos en la memoria y en la sensibilidad", dijo con nostalgia. "Mis modelos literarios no son los mismos que tenía cuando empecé a escribir. La literatura es donde yo encuentro mi propio orden, mi propio equilibrio. Leer un buen libro es la experiencia máxima de placer, de goce. También la ilusión con el propio trabajo creativo. Tampoco he cambiado seguramente en la inseguridad cada vez que inicio un proyecto literario, como cuando escribía mis primeros cuentos. Todavía siento mucho temor, sobre todo al principio, cuando empiezo una nueva novela", confesó.

No comparte la idea de las utopías como proyectos sociales, "porque han sido causantes de las peores tragedias que ha vivido la humanidad. Los progresos reales han resultado de sociedades que no buscaron la utopía", dijo con firmeza. "Mi idea es que deberíamos buscar en el campo social aquellos ideales que han dado ya unos frutos muy concretos en lo que se refiere al progreso. Y trasladar las utopías hacia actividades donde puedan ser muy provechosas para el ser humano. En la creación artística, en el deporte, en las experiencias individuales, organizar sus vidas en función de ellas y alcanzarlas".

Cree que es mejor proponerse metas alcanzables. Sobre todo en el campo social y político. Sostiene que la humanidad está viviendo momentos impresionantes de la historia. El hombre cuenta con recursos extraordinarios como nunca antes los había tenido para librar la batalla contra el hambre, la ignorancia, el subdesarrollo, el atraso cultural. "Hoy disponemos de recursos que si se utilizaran bien podrían hacer retroceder a los enemigos de la humanidad en todo el mundo", dijo con entusiasmo. "Una de las contribuciones que podrían hacer los intelectuales es llevar al público la información sobre esos recursos, de tal manera que sean aprovechados para librar las batallas posibles".

En esta época de invasión de los medios audiovisuales, los medios escritos tienen un desafío en el uso los medios tecnológicos para enriquecer la cultura. "La prensa vive un momento muy particular", explicó. "Se decía que la tv iba a acabar con los periódicos. Afortunadamente, los medios escritos están muy vivos. Algunos hacen como un contrapeso de esa cultura abaratada, trivializada, generada por los medios audiovisuales".

En los últimos minutos que pude conversar con él advirtió sobre el autoritarismo y reconoció que los ideales de los jóvenes escritores de este tiempo expresan una literatura de entretenimiento, leve, ligera, de diversión y no creía que los intelectuales pudieran influir en la historia. "No lo apruebo, pero hay que reconocerlo porque es una realidad que se da tanto en América Latina como en Europa", comentó, mientras los organizadores de la fiesta lo llevaban a ocupar su lugar en la mesa dispuesta ya para la cena.

*Conductor de "Argentinos por el mundo", en radio Apóstoles On Line. 

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