40 años perdidos: los libros, a través del tiempo y la distancia
Abandonados al costado de una ruta encontraron libros y notas del escritor paraguayo, que vivió mucho tiempo exiliado en la Argentina. Hoy se exhiben en una fundación en Asunción.

El 20 de julio pasado, Paraguay se despertó con una grata noticia que conmovió al mundo de la literatura guaraní. Como si fuera una de sus novelas, se anunciaba la recuperación de libros y apuntes del laureado escritor paraguayo Augusto Roa Bastos.
Muy amigo de Ernesto Sábato y conocido de Jorge Luis Borges, Roa Bastos vivió exiliado en Buenos Aires entre 1965 y 1976. Recibió el premio Cervantes y fue autor, entre numerosas obras, de "Yo, el supremo", publicado en 1974, en el que relata la vida del dictador guaraní Gaspar Rodríguez de Francia. Según los críticos de la época, la novela no fue incluida en el conocido "boom latinoamericano" porque superó todos los límites de esa clasificación.
En Buenos Aires también causó revuelo la recuperación de la biblioteca, cuyos libros fueron abandonados en un departamento de la Capital Federal y luego vendidos en Barcelona, España, para terminar cuatro décadas después en un container a la vera de una ruta en Balcarce.
En entrevista telefónica desde su casa en el Barrio Trinidad de Asunción, Mirta Roa Mascheroni, hija del reconocido escritor, contó cómo fue la historia de la aparición de ese patrimonio literario.
-La Argentina es un país que queremos mucho. Desde que nos fuimos de aquí (Paraguay) por el exilio de mi padre en el ´47, hemos vivido 30 años en la Argentina. Así que es un país donde yo aprendí a hablar, donde fui a la escuela, y es un país que amo con todo mi corazón y en el cual tengo muchos amigos. No pude vivir en Paraguay sino hasta 2008. Durante 30 años vivimos exiliados en Argentina, y desde la dictadura militar de 1976 fuimos a vivir en Venezuela.
-¿Cómo recibió la noticia de la recuperación de esta biblioteca de su padre?
-Como usted dijo, este hallazgo es muy novelesco, y casi parece escrito por el mismo Roa. Se recuperaron libros y apuntes. Había también originales, carpetas, fotos y cartas que mi hermano y yo colocamos en el departamento de mi padre, en el centro de Buenos Aires, cuando emigramos a Venezuela.
-¿Recuerda dónde estaban todas esas cosas originalmente?
-Cuando vendimos la casa materna teníamos que ubicarlas en algún lugar. Primero se guardó todo en un departamento. Todos los originales y notas fueron a parar a Barcelona. Los libros fueron guardados en cajas y guardados en un depósito. Yo supongo que como en algún momento él (Augusto Roa) dejó de pagar el depósito, se habrá abierto y subastado en lotes. Eso es una especulación, porque la verdad no la vamos a saber. Aunque quizás algún día aparezca alguien que nos cuente cómo llegó a Chapadmalal…
-¿Cómo se enteró de que todo eso estaba en Buenos Aires?
-Celina Brítez es la heroína de toda esta historia. Su esposo fue el que encontró el lote de libros en medio de una gran cantidad de basura, de muebles y otras cosas. Se los ofreció a su esposa, y ella, que es una gran lectora, los acogió. No sabía de qué se trataba, por supuesto, y comenzó a limpiarlos, a mirarlos, y vio que tenían muchas anotaciones, firmas, dedicatorias: por ejemplo, había una de Carlos Fuentes, y otra de Julio Cortázar. Le empezó a llamar la atención que tuvieran tantas dedicatorias. Entonces, googlearon y se enteraron quién era Roa Bastos. Su historia y su exilio.

-¿Cuánto tiempo pasó desde que los libros fueron encontrados hasta que llegaron a Asunción?
-Era el tiempo de la pandemia, así que esos libros estuvieron más de tres años con ella (Celina Brítez), hasta que decidió que quería entregarlos a la familia. Había, incluso, cartas personales. Se puso en contacto con la embajada de Paraguay en la Argentina, e inmediatamente me pusieron al tanto. Me mandaron algunas fotos para que yo me cerciorara de que en verdad era la biblioteca de Roa. Era la letra y la firma de mi padre, y así lo comprobé. A algunos de esos libros logré reconocerlos por las fotos que estuvieron en mi casa. Pero lo más valioso para los críticos, para la historia, era lo referente a "Yo, el supremo". En realidad, son unos cuantos libros en los cuales él (Augusto Roa) estudió muchísimo la vida del doctor Gaspar Rodríguez de Francia, que fue la excusa de "Yo, el supremo". Aunque, en realidad, su trabajo siempre fue contar el poder omnímodo. Lo retrató en este señor (Rodríguez de Francia), aunque podía ser cualquier otro dictador, cualquier hombre que tuviera un poder ilimitado. Roa hizo un estudio muy profundo sobre este personaje, al punto que casi llegó a pensar como él. Y en estos libros, que milagrosamente sobrevivieron al tiempo, con todas sus anotaciones y los papelitos puestos en distintas páginas, intactos, dentro de lo ajado y gastados que están por el uso.
-Y ahora que se recuperaron, ¿cómo se los protege?
-Bueno, en realidad ellos se protegen solos, porque después de 40 años de estar en peligro son de una gran capacidad de autoprotección. Ahora lo vio justamente un crítico literario argentino, Daniel Baldeston, de la universidad de Pittsburgh. Coincidió con su viaje a la Argentina y pudo ver esos libros, y me dijo que realmente consideraba que era de gran importancia tener los apuntes y las anotaciones para quien estudia el hilo conductor de su novela.
-Cuando recibió las cajas, ¿qué sensación le produjo reencontrarse con libros y papeles que estuvieron hace muchos años en sus manos?
-Fue muy emotivo. Primero, porque muchos de estos libros estaban en mi casa de la infancia. Mi hermano y yo vivimos allí hasta que nos casamos, y cuando llegaba mi padre de visita nos juntábamos. Era el hogar, el hogar de toda la vida. Así que era cómo recuperar de repente algo que había perdido sin haberlo perdido; porque en realidad nosotros lo dejamos ahí para que él los encontrara. Pero él nunca volvió a ese departamento. Se vendió sin que lo volviera a ver. Y, por otra parte, como nosotros lideramos la fundación Roa Bastos, es muy importante este hallazgo.
-¿En qué condiciones recibió los libros?

-Estamos muy agradecidos a Celina Brítez y su familia. Ella ha donado, vamos a decir, estos libros, porque ella los catálogó, los limpió y los leyó durante casi cuatro años. Entonces vienen, además, llenos del inmenso cariño y sensibilidad de esta muchacha, que supo ver, supo entender, que era importante para nosotros recuperar los libros.
-¿Cómo fueron a parar a Barcelona algunas cosas de su padre?
-La persona que se quedó con el departamento es justamente la agente que lo representaba en sus derechos de autor, y entendía qué es lo que había ahí. Todos esos originales los llevó a Barcelona, porque allá estaba la compañera de mi padre de la última época, digamos. En cambio, los libros fueron a un depósito que, seguramente, ya no se había pagado más. Yo pensé que mi padre seguía teniendo ese departamento porque él siempre quiso volver a Buenos Aires. Nunca pensó que se iba a quedar tanto tiempo en Francia. Él se fue a Francia en 1976, cuando estaba arrasando la dictadura militar en la Argentina. Era una forma de nuevo exilio. Una forma de proteger su vida, porque toda su obra la hizo en la Argentina. Además, él había hecho muchos guiones del cine. Más de 20 se filmaron, entre ellos "El trueno entre las hojas". Otros no se pudieron filmar, porque eran un poco comprometedores. Él siempre escribió contra la dictadura y contra el poder totalitario. Consiguió una cátedra en la Universidad de Toulouse para enseñar literatura latinoamericana.
-Parte de su vida estuvo marcada por el exilio…
-Sí, de hecho, desde que soy una bebé ando dando vueltas. Yo pensé que mi vida se iba a terminar en Venezuela. Pero mi padre decidió venir otra vez a Paraguay a terminar sus días. Vino en el ´96 y en 2004 enfermó. Pensamos en llevarlo a Venezuela, pero mi madre me dijo que él quería terminar sus días aquí en Paraguay. Entonces empezamos a turnarnos con mi hermano y vinimos a Paraguay a ayudarlo. Y mi madre hacía 60 años que no vivía en Paraguay, así que también tenía derecho de volver aquí. Ahora mi madre ya no está, pero ya nos quedamos aquí.
-¿Ustedes regresaron definitivamente cuando falleció su padre, verdad?
-Mi hermano, sí. Yo vine en 2008, un poco después. Roa murió en 2005. Yo tenía muchas cosas que liquidar en Venezuela antes de venir. En 2008, por primera vez, voté por un presidente y por primera vez tuve cédula de mi país. Mi padre escribió muchas canciones, y hay una que dice: "Amo a mi patria como a ninguna, porque a las otras amo también". En mi corazón están tanto Venezuela como la Argentina, y no las puedo poner ni siquiera en categoría. Hay muchos sentimientos ahí, muy fuertes, que revelan lo que uno ha tenido que vivir en este camino de la vida.
-Cuando volvió al Paraguay, ¿sabía de ese sentimiento del pueblo paraguayo para con su padre, o se enteró en ese momento?
-Bueno, la verdad es que cuando vine en 2004, como él estaba enfermo y solitario, no lo vi. Pero cuando murió, sí. Fue impresionante, porque yo no me imaginaba de la admiración que le tenían, no solamente aquí, sino también en la Argentina y en el mundo. Sus obras se siguen estudiando y traduciendo a diversos idiomas. Despierta un gran interés su forma de escritura.
-¿Cómo lo trataba la gente cuando volvió a vivir en su país?
-Su trato con la gente es lo que yo considero su obra no escrita. Él trabajó mucho con los niños, visitó las escuelas o lo visitaban a él. Hacía muchas charlas por televisión, hacia conferencias. Viajó mucho por el interior; es más, la novela "Contra vida" la fue a presentar a su pueblo, Iturbe. Aunque nació en Asunción, se crió en Iturbe, un pueblo del Guairá.
-Su velorio duró tres días…
-Si, a mí me impresionó mucho la cantidad de gente que lo vino a despedir en el Cabildo, donde lo velaron. Y después acompañaron la caravana del cortejo hasta el cementerio de La Recoleta. La gente lo despedía saludando con pañuelos. Fue muy muy emocionante, algo realmente inédito en este país.
-¿Cómo surgió la idea de hacer una fundación en su honor?
-Precisamente por ese sentimiento que tuvo la gente para despedirlo. Nadie los convocó. Por eso creamos esta fundación, que tiene la misión de mantener en alto su palabra, su obra. Estamos haciendo, por ejemplo, la cátedra Roa Bastos con la Universidad de Encarnación. El año pasado lo hicimos con referentes internacionales. Treinta y cinco personas participaron, contando, cada uno, un aspecto de su arte, su literatura, el cine, el teatro, la danza. Realmente fue una persona que tuvo mucha participación en todas las ramas del arte.
-Mirta, ¿fue difícil ser hija de Roa?

-Sí. Es difícil representarlo, porque a veces esperan que uno sea Roa, y eso es imposible. Al principio costó un poco, pero ya la gente ha entendido que nosotros solamente somos un vehículo para llevar, hacer conocer su trabajo, y que no necesariamente yo tengo que ser el genio que era mi padre.
-¿Habló alguna vez de Ernesto Sábato?
-Sí, por supuesto. Nosotros tuvimos una asesoría bastante buena con la Fundación Sábato, de la cual somos hermanas. Sábato amaba mucho el Paraguay, eran muy amigos. Ellos se consideraban hermanos.
-¿Habla guaraní?
-No. Lamentablemente, mi madre perteneció a la edad en que las mujeres no podían hablar guaraní en este país. Sus padres no eran guaraní-hablantes y era la época en que las mujeres no debían hablar guaraní. Los hombres sí, pero las mujeres no. Quizás sea una cosa que le reclamo a mi padre, que no nos haya hablado nunca en guaraní.
*Conductor de "Argentinos por el mundo", en radio Apóstoles On Line.

Celina, la rescatista
"Me costó mucho desprenderme de mi tesoro"
Una tarde, Celina Brítez, su padre (Fernando, antropólogo), su madre (María, profesora de inglés), y sus tres hermanos se pusieron a ver qué había en las cajas. En primera impresión, se toparon con muchos libros de teatro y poesía.
"Al abrir uno de esos encuentro, en una primera página, la dedicatoria ‘para Augusto Roa, por su lucha’, y en otro, ‘Para el gran Augusto Roa Bastos’. Y después empezaron a aparecer su firma, cartas y fotos. En simultáneo, íbamos googleando su biografía porque no sabíamos bien las fechas de su exilio, e imaginábamos hipótesis e ideas fantasiosas sobre cómo esos libros habían llegado a Balcarce. Yo nunca lo había leído y, lógicamente, después de esto toda la familia se sumergió en su obra", cuenta Celina Brítez sobre cómo el hallazgo impactó en la dinámica familiar.
"Rodolfo Serafini fue la persona que se contactó conmigo de la embajada; me llamó cinco minutos después de que yo enviara el mail. De hecho, me agarró tan desprevenida la acción inmediata de la embajada, que ni siquiera tenía en mente cuántas cajas eran, no esperaba una reacción tan rápida. Y bueno, Rodolfo me acompañó, fue quien me contactó con Mirtha, y por quien después me hizo una videollamada desde Paraguay antes de abrir las cajas. Así que fue muy familiar el trato desde la embajada".
"Yo no contaba lo que tenía en casa, era tan valioso que solamente se lo conté a un círculo muy cerrado, porque pensaba "¿y si me los roban?". Por ahí venía algún amigo y me decía "¿me prestás un libro? ¡No!". Mirtha me dijo que los libros eran míos, que no estaba obligada a devolverlos, me lo dijo muchas veces, cuando yo le conté que lloré muchísimo porque me costaba muchísimo desprenderme de mi tesoro. Pero la realidad es que no eran mis libros, siempre fueron de un pueblo, y yo sentí que me llegaron a mí, porque junto a mi familia siempre valoramos mucho al Paraguay, siento que todo pasa por algo, y que esos libros tenían que volver. Yo y mi familia sabemos lo que es tener que irte de tu lugar, y ese sentimiento… bueno, creo que toda una serie de casualidades se reunieron en dichos libros que volvieron al Paraguay".
"No conozco el Paraguay, y me encantaría conocer, porque mi abuelo era chaqueño y siempre tuvo un cariño muy fuerte por el Paraguay. Siempre en mi familia se habló del Paraguay, y mi papá cuando era chiquito iba de vacaciones allí, porque a mi abuelo le gustaba mucho. De hecho, tenemos familia en Paraguay, que no conocemos. En la familia de mi abuelo eran muchos hermanos, eran bastante nómades. Hasta los diez años vivieron medio en el monte, después fueron a resistencia y después se fueron separando, porque eran muchísimos, y bueno, mi abuelo terminó en Otamendi (provincia de Buenos Aires). Otros hermanos fueron al Paraguay, creo que hasta en Brasil hay. Ni siquiera conozco Resistencia, donde tengo una tía que siempre me invita para que vaya (…) Entre las miles de historias de la vida del abuelo, una historia que a mí me marcó mucho fue la primera vez que él conoció la ciudad, porque hasta los 10 años estuvo en el monte. Él había visto las iguanas, que se tiraban y rodaban desde los árboles, entonces quiso ser una iguana, se tiró y se fracturó el brazo y las piernas. Por eso tuvo que viajar a la ciudad para que le pusieran un yeso, y a mí esta historia siempre me marcó, porque siempre que pensé en el Chaco, pensé en mi abuelo rodando por allí".











