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CARTAS DE LECTORES

Traspasar el alma al sacerdote de Dios

Señor director de NORTE:

Dice San Juan Vianney (Santo Cura de Ars, modelo de alma sacerdotal) "No hay dos maneras buenas de servir a Dios. Hay una sola, servirlo como Él quiere ser servido", teniendo en el corazón los mismos sentimientos de Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.

El reverendo padre Juan Manuel R. de la Rosa nos expresa en su meditación la riqueza, en la santidad del sacerdote, de dejarse traspasar el alma por la mirada de Dios.

"En la sagrada pasión ¡está el señor sufriendo la agonía! Nosotros, hermanos sacerdotes, debemos ser cirineos para acompañarle voluntariamente y decirle: he aquí mi cuerpo, me despojo de todo mi ser para servirte a ti, mi señor, como mi Dios y Todopoderoso.

Hermanos sacerdotes, hemos de servir a Dios sino ¿qué estamos haciendo? ¿Cómo hemos de hacerlo? A Dios lo hemos de servir despojándonos humanamente de todo. Hemos de servirle desde el conocimiento de saber —discernimiento— qué significa ser sacerdote de Dios y cumplir con este bellísimo ministerio sacerdotal desde el principio: la santa misa tradicional.

¿De cuántos despojos humanos hemos de desprendernos los sacerdotes? [Dinero, posesiones, todo tipo de sensualidad…]. Mucho hemos de cambiar para ser verdaderos cirineos que sirvan al señor en su sagrada pasión;  pues esto es lo que debemos saber, en  esencia, los sacerdotes: ser los cirineos de nuestro señor Jesucristo, sumo y eterno sacerdote.

¿Qué sabe un sacerdote? que es únicamente pertenencia de Dios; ¿Sabemos que somos el cirineo del sumo y eterno sacerdote? Dios padre, al sacerdote que es suyo —sacerdote de Dios—, le hace pasar todo lo que Jesucristo le va a enseñar.  

Hay un momento único en la vida de un sacerdote en que Dios padre todopoderoso le pide todo, traspasándole el alma —al sacerdote—, haciéndolo todo él de Dios, convirtiéndole en el cirineo, sirviendo a Jesucristo, su santísimo hijo, el cordero divino que se inmola en el altar. Ese momento es la obra perfectísima entregada por la Santísima Trinidad a las manos del sacerdote de Dios: La Transubstanciación.

En el altar el padre eterno, ante el cordero que se inmola, traspasa el alma, al sacerdote,  recibiendo purificación, santificación y quedando su alma en colmados dones —como las tinajas de vino bueno en las bodas de Caná— para ser distribuidos a los fieles. El sacerdote guarda en sí mismo purificación y santificación; ¿ha sentido la mirada del Padre Eterno quien le traspasaba? Sólo un sacerdote de Dios con el alma traspasada es cirineo del Señor.

En ese traspasar el alma, al sacerdote de Dios, es vaciado en sí y traspasa el alma del fiel. Forma ésta de llevar la Verdad al necesitado, para enseñar la Palabra de Vida, la Palabra de Dios.

 En el  sagrado costado de Nuestro Señor Jesucristo salió hasta la última gota de su preciosísima sangre y de su bendita agua. Lo dio todo. Y todo, es lo que debemos entregar los sacerdotes al Padre Eterno. Desgraciadamente muchos sacerdotes no quieren recibir la lanzada. ¿La he recibido yo? Hermano sacerdote recuerda: ¿Qué significa ser sacerdote de Dios?

Ese momento santo y único en la vida diaria del sacerdote, cuando ante el altar oficia el Santo Sacrificio de la Misa, es el momento de la Consagración, la pronunciación de las Sagradas Palabras que dan lugar a la Transubstanciación ¡es el mismo Jesucristo quien habla! ¡es el Calvario! ¿Dónde está el sacerdote? ¿Dónde? Sólo quedará traspasada el alma del sacerdote acompañando a Nuestro Amadísimo Maestro al pie de la Cruz, y como Él, beber hasta la última gota de vinagre para que se cumpla todo.

Los sacerdotes tenemos que desprendernos de mucho lastre carnal y humano, los consejos evangélicos han de ser vida en nosotros, pureza y castidad perfectísima, sin desfallecer en la búsqueda de una vida íntegra sin mancha;  pobreza efectiva, verdadero desprendimiento en lo económico, ser ejemplo de verdad de lo que es vivir de la providencia de Dios; obediencia plena a la Verdad del Magisterio recibido y transmitido, desde la forma de vestir con hábito eclesiástico a la santidad en la celebración del Santo Sacrificio de la Misa, y la predicación de la Palabra de Dios a tiempo y destiempo, oportunamente e inoportunamente, buscando agradar sólo a Dios,  no a los hombres.

Para que se cumpliera la Escritura, dijo: Tengo sed. Había allí un vaso lleno de vinagre; sujetaron una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo y se la acercaron a la boca. Jesús cuando probó el vinagre, dijo: todo está consumado, e inclinado la cabeza entregó su Espíritu (Jn. 19, 28-30). Hasta este punto llega la identificación del sacerdote con su Modelo y Maestro, pero sólo despojados de todo lo carnal podremos entenderlo y vivirlo. Si se lo permitimos, el Señor nos dejará únicamente con su Espíritu, despojados de todo impedimento humano y carnal, cada vez que en el Santo Sacrificio nos dejamos traspasar por la mirada del Padre Eterno. Hemos de disponernos para ello en el retiro y sosiego del alma en la oración. El Maestro nos enseña continuamente pero hermanos sacerdotes, hemos de desearlo ardientemente.

Para salvar a las almas hay que ser sacerdotes de Dios, quienes al pie de la  Cruz beben el  mismo vinagre de su Maestro  Jesucristo, el vinagre de la Verdad". Ave María.

CLARA MARÍA GONZÁLEZ

RESISTENCIA 

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Juan,  que no pudo entender

Raspaba ya la noche la pobreza de Juan

salpicado de sombras volvía muy despacio

cabalgando silencios de fuego en la memoria

cargaba en sus espaldas la alforja de desdichas.

Changuea en el mercado para sus cuatro hijos,

para su compañera, para el vino y el pan,

para ahuyentar el hambre que lame las heridas

en esas madrugadas en que se despiertan los pequeños gorriones

pidiendo algo caliente, un cocido y un pan que a veces ya no tiene

y estruja la honda pena ese decir: no hay nada.

¿Quién condenó sus años?, ¿quién canceló sus sueños?

Aquellos que le hablaron de igualdad y justicia

los que le prometieron que había otro destino

para la índole viva de su paso en la Tierra.

A él le dieron planes pero nunca alcanzaban,

le dieron unas bolsas muy cerca de las urnas,

seguían prometiendo y Juan nunca entendía,

y si acaso entendiera precisaba esos bonos,

aquellas mercancías, el billete menguado para canjear su voto

que desmorona el tiempo sin fuego en la memoria.

Por ahí vuelve Juan, golpeado a pan y circo,

mira a veces el fondo de su triste alarido

y espera mansamente su ración de futuro

para aquellos gorriones que cavan hacia el fondo

cuando cruje la panza herida por la ausencia.

PATRICIA BUSTOS

RESISTENCIA