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Tu fantasma

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"Vacié la pipa y estuve mirando la muerte del sol entre los árboles". ¿Cuándo leí esta frase? Hace años, en una novela de un uruguayo, creo. Y la puedo repetir como si fuera el único recuerdo que guardo. Ahora vacío la pipa y no quiero nombrarte; la persiana del hotel parece arder tostada por el resplandor de la tarde, la que hoy transcurre y no aquella en la que moría el sol entre el caserío chato y el verde fatigado de los árboles, tan desolada. Tu micro llegará a las diez de la mañana; son casi las once, y desde mi ventana la terminal se ve vacía y sucia, recorrida por el vendedor de lotería.

El silencio sopla en el hotelito, no hace calor, me cierro la camisa (sé que está algo arrugada), la enfundo en el pantalón, doy dos pasos y me miro en el espejo del ropero. Allí estoy, peinado con gomina, se notan los kilos que me quitó la operación y la maldita enfermedad. El médico me dijo que no moriría en los próximos veinte años y no le creo. La gente, la mayoría de las veces, no quiere dejar un mal recuerdo y miente. Me pongo el saco, busco el tabaco y la pipa, dejo la pieza. Odio usar trajes, pero más odio disfrazarme para hacer un personaje.

Cruje la escalera y el ruido despierta al viejo Ismael, el conserje. La luz en el lugar se esparce desganada y deja la impresión de tratarse de una morgue. Nos saludamos. Llevo la pipa a mi boca y salgo a la calle barrida por el tierral que levanta el viento.

La ventaja de estar acá es ser invisible a los ojos de hombres y mujeres que no saben quién soy. Apenas me miran los que manejan las chatas Dodge o Ford, algún gringo conduciendo un tractor o esa mujer que carga una bolsa plástica llena de limones.

A pasos de la entrada de la terminal está el café Solar de Coruña, hay mesas, billares y vecinos que, al parecer, han dejado su alegría en otro lado. Me siento, pido un café cortado y abro el diario que alguien dejó sobre la mesa. Rebotan las bolas de billar y arrancan unas carcajadas.

El humo de la pipa funde los contornos de la escena, todo parece lejano, sin bordes, como algunos sueños que se evaporan al amanecer. Como vos, cada tanto, hace años o siglos o nunca, pasabas de la luz a la sombra, bajo la carpa en Villa Gesell en nuestra única Semana Santa, para empinarte la lata de cerveza y sonreírme de costado, ojos de coñac pálido.

Es cierto, quise ser escritor y terminé en La Razón, cagatintas en la sección policiales, hasta que me cansé. La puerta se abrió y allí entraste vos, espabilando la redacción neblinosa de fasos, los tragos de whisky disimulados en el café, las ruidosas Olivetti. Tan única como vos.

Pido otro café con unas gotitas de Legui.

Me contaste que habías podido regresar de un pueblito de la Patagonia, muy galés, plagada de forasteros, de gente canosa, rara. Un pueblo de gente que –en su momento- había quedado varada, sus vehículos descompuestos, en los páramos del camino, y que habían sido socorridos pero, muy de a poco, el pueblo o una fuerza muy honda no les permitía abandonarlo. Bienvenida, señorita, aquí vivimos los que nos quedamos varados en esa ruta del diablo. El pueblo de la gente perdida.

-Una buena historia –te dije y te sonreí, no para agradarte sino para ocultarte que no te creía, no sé, más parecía una suerte de cuento de Cortázar.

-Norteamérica compró Alaska a Rusia en siete millones de dólares –dijiste- ¿Cuánto habrá costado ese pueblito y quién lo compró?

Nuestra investigación sobre el asunto del famoso pueblito duró hasta que nos besamos. Por primera vez pude pensarme a mí como a un conocido. ¿Dónde estuve hasta ese momento? Y cuando fuiste un cuerpo de mujer junto a mí, de carne blanca y tersa, de pechos llenos, de piernas, sexo y abrazos, recordé mi falta de adolescencia, la angustia de la soledad de ese pibe flaco, anteojudo, narigón y distraído como una tortuga.

¿Ocho meses, nueve o diez? La oscuridad es lo que sobrevino.

Aquella madrugada no regresaste. Llamé a tu laburo.

-La señorita Pinasco se retiró temprano.

-¿Por qué? – mi voz temblaba.

-¿Quién es usted señor?

-Marazzo, Atilio Marazzo. Soy su novio.

Lamerson Aceros no da datos a desconocidos, buenas noches.

Apagón.

Contraté a un tal Zárate, un detective hallado en un sucucho de la zona de Tribunales. Quiero que encuentres a esta mujer. Foto, datos particulares, posibles sitios que frecuenta. Linda mina, Marazzo, dijo el tipo. Escuchame, imbécil, vos sólo tenés que encontrarla.

Zárate, a las semanas, fue desalojado de su oficina. Sin celular, sin su olor a traje viejo, a colonia Gillette en sus cachetes flojos. Desapareció, se desinfló como un globo.

Hasta que me dijeron que vivías en Villa Ángela, una ciudad del Chaco. Ahora espero hallarte, nadie te conoce por tu nombre. Me dijiste que estabas de viaje. Y que regresabas en un Ruta Verde del Oeste: día, horario y hasta los colores que lleva pintado el micro.

Ahora te espero tomando café bajo el toldo del Solar de Coruña.

Sé que el médico se equivocó. Tengo cáncer y que no me queda mucho. Pulmones laburando como viejas turbinas rotas sin remedio. Duele, pero el caso es que siempre dolió todo. Quiero verte, muñequita. Solo un rato. Después me retiraré a ese pueblito patagónico, ¿cómo se llama?, donde la gente se pierde.

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