Maestra
Se me introdujo en la pieza que le servía de salita y cuyo escenario debe de ser conocido. Al frente, una especie de canapé cubierto por una manta de viaje, a uno de sus lados, una mesita de hierro con algunas flores, colocadas sobre un plato; en frente, otra mesa igual, cargada de libros, papeles, y una lámpara de cristal. En las paredes, cuadros, retratos y otros objetos. En un rincón, un mate labrado sobre un trípode de caña oscura. Las pinturas, firmadas por Eugenia Belin: una paleta con el busto de una japonesa sosteniendo una sombrilla en la mano; una cabeza copiada de Chaplin; un espejo de marco pintado con flores; dos fotografías que representaban un hermoso paisaje y algunos retratos de marcos formados con ramas secas de árboles vetustos.

—Tantas veces me apoyó en mi lucha, que no podía faltarle en este momento.
—Es que su lucha fue la mía, Juana. En la Argentina no hubo otra mujer que trabajara tanto por la educación femenina. Si hubiera contado con ocho o diez mujeres como usted, no habría tenido necesidad de traer a las maestras norteamericanas, que generalmente estaban llenas de pretensiones y no sabían nuestro idioma.
—La vida me fue llevando a la convicción de que si la mujer no se educa será una víctima, una sometida o un ser inerte.
—Usted me contó alguna vez de su vida, que fue agitada y también desdichada.
—Sí, a pesar de que mis padres me dieron una educación esmerada para la época.
—Su padre era ingeniero, me parece...
—Sí, el ingeniero José María Manso. Apenas adolescente yo hacía poemas y escribía artículos; pocos se publicaron. En tiempos de Rosas emigramos a Montevideo y abrí allí una escuela, el Ateneo de Señoritas, que alcanzó bastante prestigio; tanto, que el gobierno me encargó la creación de una institución pública similar. Y le quiero decir esto: yo, con un grupo de señoras, tejí y bordé la bandera que llevó Lavalle en su cruzada libertadora. Fue la misma que envolvió sus restos cuando los pocos fieles que le quedaban llevaron su cadáver hasta Bolivia. Y yo fui quien entregó esa bandera a Lavalle, porque algunos de los emigrados querían dársela a Rivera. Pero cuando Oribe puso sitio a la ciudad, pasamos a Río de Janeiro, donde publiqué dos novelitas muy al estilo romántico que estaba de moda en esos tiempos. En 1844 me casé con un violinista portugués, Noronha, de modo que pasé a ser por un tiempo Juana Manso de Noronha. Inducidos por el cónsul norteamericano en Pernambuco, pasamos a los Estados Unidos, donde mi marido podía ganar muchísimo dinero, según aseguraba el cónsul. Así es que con poca plata y una hija a cuestas llegamos a Filadelfia y de allí pasamos a Nueva York. Nos fue francamente mal; el primer concierto en Nueva York fracasó por una horrible tormenta y en las cortas giras que hizo después mi marido yo tuve que acompañarlo en el piano, instrumento que no dominaba. En el año 47, desengañados de los triunfos prometidos, y paupérrimos, pasamos a La Habana, donde las cosas anduvieron un poco mejor. Luego volvimos a Río de Janeiro y allí Noronha se enamoró de otra mujer y me abandonó, con nuestras dos hijas.
—Entonces usted volvió a Buenos Aires.
—Si, en 1853. ¿Se acuerda de mi Álbum de Señoritas? Era un intento de despertar la conciencia femenina... y ganar un poco de plata. Apenas pude publicar ocho números. No tuve apoyo ni siquiera entre las mujeres que se reputaban como más adelantadas; fue el caso de Marica Sánchez de Thompson, que me negó toda ayuda, aunque fue suscriptora de mi Álbum y habíamos sido amigas en Montevideo, pese a nuestra diferencia de edad. Publiqué varios artículos periodísticos sosteniendo siempre la necesidad de capacitar al bello sexo; si uno lo piensa bien, Sarmiento, somos la mitad del género humano... Y más o menos en esos años nos encontramos...
—...o más bien, yo la descubrí. Descubrí su coraje y su inteligencia...
—...y me encargó dirigir una escuela mixta, de varones y mujeres, que sería una experiencia única. Como tal, naturalmente fue, y fui yo, atacada en todos los tonos. ¿Se acuerda de mi escuela, en Buen Orden, entre Venezuela y México?
—¡Si la recordaré! Yo le encargué también la dirección de los Anales de la Educación Común, la primera publicación permanente dedicada a temas de la enseñanza.
—Bueno, usted ya era Presidente. Pero harta de críticas, chismes y mezquindades, me fui de nuevo a Brasil.
—¿Y de qué vivía allí?
—Dando lecciones particulares. Ya lo sabe usted, Sarmiento; en esos años, una mujer sola, pobre y bien educada solo podía ser dama de compañía, si tenía suerte, o maestra particular... Pero todo cambió cuando usted me hizo el honor de confiarme la dirección de la escuela de Catedral al Norte.

—¡Ah! Mi querida escuela de Catedral al Norte, mi mimada... Allí pudieron apreciar los porteños los beneficios de la educación impartida en un edificio especialmente preparado para eso. Pero usted hizo otras cosas, Juana, no se olvide de la conferencia de maestras de 1870, la primera vez que se reunieron las docentes para cambiar información y planear nuevos métodos de enseñanza…
—También escribí por entonces mi compendio de historia argentina, porque las escuelas carecían de un texto donde se pudiera aprender nuestra historia.
—Y fue miembro de la Comisión Nacional de Escuelas, la única mujer de esa entidad, que era el arranquín que precisaba Avellaneda para su ministerio. Eso fue en el año 71.
—¡Todo era tan difícil, Sarmiento! Pero usted siempre me hacía llegar su voz de aliento, como un misionero...
—Un misionero que a veces predicaba en el desierto.
—Hicimos lindas cosas. No olvido la biblioteca popular que creé en Chivilcoy, que también era su ciudad mimada, el modelo de lo que serían los pueblos de la campaña bonaerense. Llamó tanto la atención la iniciativa de poner allí una biblioteca para consulta de todos, que hasta en Catamarca un periódico le dedico un editorial.
—Un año después de haber abandonado yo la presidencia, usted, mi querida amiga, se convirtió en una hereje...
—No se ría, Sarmiento. Me invitaron a hacer unas exposiciones o clases en la Iglesia Anglicana, y yo vi a esa gente tan honrada, tan solidaria, tan pura de corazón, que abandoné la religión en que me había criado y en la que no creía, para hacerme anglicana. Y enseguida abandoné el mundo. Por eso fui inhumada en el cementerio de disidentes: tal vez otra manera de demostrar que yo era una mujer diferente...
—Lo era, Juana, y le repito que siempre deseé tener a mi lado algunas pocas representantes del bello sexo tan adelantadas y con tanta visión de futuro como usted.
—A veces pienso que habría podido vivir un destino distinto si hubiera sido más bonita. Porque siempre fui irremediablemente fea, y eso también es una carga para una mujer, aunque sea inteligente y tenga las condiciones que usted dice. Por algo usted pidió que las maestras que vinieran de los Estados Unidos fueran bonitas.
—¡Bah! Ninguna se casó con un argentino, de modo que esa fragua de razas que Alberdi soñaba, en este caso no pudo concretarse. Pero lo que usted hizo, Juana, fue realmente único y siempre será valorado. Por las mujeres argentinas, al menos, en cuya dignificación usted empeñó su lucha...
*En "Sarmiento y sus fantasmas" (1997)










