El precio de no estar con Dios
Después de salir en libertad de una esclavitud de 430 años a manos de Egipto, el pueblo de Dios fue gobernado directamente por Dios, quien utilizó como interlocutores a Moisés y luego a Josué.
Ya instalados en la Tierra Prometida y después de la muerte de Josué, el pueblo fue también gobernado durante aproximadamente unos trescientos años al estilo de teocracia, pero en este caso los interlocutores fueron personas a quienes el texto bíblico las define como jueces.
SE FUERON OLVIDANDO DE LAS INSTRUCCIONES
Había pasado ya mucho tiempo desde aquel momento en el cual, camino a la libertad, cruzaron el mar Rojo guiados por Moisés hacia la tierra prometida.
En ese largo período de tiempo transcurrido, cada día que pasaba, más les costaba recordar y practicar lo que sus antepasados les enseñaron, y en lugar de adorar y obedecer a Dios, se pervertían de manera muy seguida detrás de la idolatría; es decir, detrás de dioses falsos.
NO ATENDÍAN A LOS LLAMADOS DE ATENCIÓN
Una y otra vez eran disciplinados por este tipo de conductas, pero sin embargo una y otra vez volvían a la idolatría. Entonces, en cierta ocasión, Dios los entregó a manos de los madianitas durante siete años, y sufrieron todo tipo de penalidades debido a la terrible crueldad de aquellos.
Tanto es así, que en ocasiones tuvieron que esconderse en las montañas o en cuevas para evitarlos.
Todo lo que el pueblo de Dios cultivaba y cosechaba en sus territorios era robado por los medianitas.
A NOSOTROS NOS PASA ALGO PARECIDO
Del mismo modo, nosotros, cuando nuestras acciones son malas ante los ojos de Dios, perdemos su protección y abrimos una puerta espiritual para que su enemigo robe nuestra economía, nuestra salud, nuestra familia y cosas de nuestro afecto.
Pero no es el problema el poder del enemigo, sino el perder la protección de Dios, y la única manera de recuperarla es por medio del arrepentimiento, pidiendo perdón y comenzando a caminar conforme a Su mandato.
LA NACIÓN TERMINA SIENDO AFECTADA
Lo mismo ocurre a nivel nación, cuando la población y sus gobernantes se corrompen, más temprano que tarde llega el escarmiento.
Ahora bien, Dios llama a las personas para que se acerquen a él, porque las personas forman la familia y las familias forman la nación. Ninguna nación será prosperada si primero no se corrigen las personas y las familias.
Estamos en pleno ataque organizado por el diablo a las familias y estamos sucumbiendo; al punto que, como sociedad, hemos llegado de decirle a lo malo, bueno; y a lo bueno, malo.
A menos que ocurra un milagro, debido al comportamiento de la mayoría de sus habitantes, nuestra nación no tiene destino.
Pero Dios llama a los individuos, quienes aceptando Su plan, y al margen del constante deterioro de la nación, serán bendecidos y prosperados en todo lo que emprendan. No debemos desanimarnos, podemos estar mucho mejor, aun cuando nuestra querida nación se derrumba.
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