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Guillermo Dietrich

Columnista

800 kilómetros en el Chaco

El exministro nacional de Transporte y actual dirigente del Pro plasma en este texto una mirada crítica sobre la realidad del Chaco, aunque también expresa su esperanza en que se produzcan cambios para un futuro mejor. Defiende además acciones del gobierno de Mauricio Macri.

Hace un tiempo volví a recorrer cada una de las provincias del país. Quiero seguir aprendiendo, entendiendo mejor las necesidades que tiene nuestro país federal, nuestro interior profundo, cada uno de los sectores, en su diversidad, sabiendo que allí está uno de los motores claves de la futura recuperación de Argentina.

Revisé mis notas y recordé que en los últimos seis años estuve en ocho ocasiones en el Chaco. Hace un par de semanas volví allí. Hice más de 800 kilómetros y pare en doce localidades diferentes.

 
Recuerdo cada viaje como ministro de Transporte, recorriendo los cientos de kilómetros de las obras de renovación de vías del Ferrocarril Belgrano Cargas. En el 2019 hicimos aquel viaje inolvidable en un tren de 100 vagones que transportaba hasta 6.500 toneladas desde Los Frentones hasta Pinedo. Te emocionaba ver ese gigante sobre rieles de dos kilómetros de largo que parecía interminable. La gente se paraba al costado de la vía y aplaudía. Cuánto trabajo hicimos para que sea posible. Hoy lamentablemente no tenemos más el tren de 100 vagones.

Recuerdo cuando llegamos con Mauricio Macri en septiembre de 2017 a la inauguración del centro de acopio y el desvío ferroviario de más de un kilómetro en Pampa del Infierno. Fue la primera gran inversión privada (casi diez millones de dólares) a partir de la recuperación del tren de cargas. 42.000 toneladas de capacidad de almacenaje de granos y tecnología de última generación para poder cargar 100 vagones ferroviarios en 10 horas, cuando antes se tardaba 40 horas.

En cada uno de los viajes como funcionario público me dedicaba a supervisar kilómetros y kilómetros de obras viales y veíamos al aeropuerto de Resistencia con cada vez más pasajeros y con nuevas conexiones como Resistencia-Córdoba.

Nuestro objetivo en el Ministerio de Transporte era simple y complejo a la vez: teníamos que lograr reducir todo lo posible los enormes costos de logística de nuestro país. Es decir, bajar lo que cuesta trasladar la producción. Para eso teníamos que contribuir a conectar más la provincia y a mejorar y renovar su infraestructura.

Pero esta vez no fui como ministro. Sin las urgencias de un cargo como el que tenía, esta vez pude estar más tiempo, profundizar en la mirada, hablar menos y escuchar más. Volví del Chaco con dos emociones muy profundas y, a la vez, muy contradictorias.

Chaco duele. Me dolió en el corazón. Se trata de una provincia que tiene una ubicación estratégica en el mapa del Mercosur. Un eslabón central en la cadena que mueve a las personas y a las cosas. No escribo ninguna novedad si cuento que está llena de recursos naturales, atractivos turísticos y una gente maravillosa. Y que, sin embargo, sus problemas son cada vez más graves.

Para muchos chaqueños la situación es desesperante. La corrupción apareció en todas las conversaciones que tuve. No importa la clase social, la ocupación, la formación, la edad. La corrupción se ha vuelto parte del paisaje. Tiene algo obsceno, escandaloso, impune. Escuché historias de funcionarios que se quedan con empresas privadas dedicadas a la construcción o que se roban tierras para construir nuevos barrios cerrados. Desesperados y desesperanzados algunos chaqueños me contaron acerca de licitaciones que se arreglan entre amigos en medio de la oscuridad. Me hablaron de intendentes y de hijos de intendentes que llevan décadas en sus cargos y que tienen las casas más grandes y lujosas de sus pueblos.

Cada conversación, cada encuentro, hacía que el dolor fuera más profundo. En Chaco existen niños y adultos que se mueren por falta de atención médica. A veces hay que hacer cientos de kilómetros para conseguir una terapia intensiva o poder consultar a un pediatra o a un obstetra. Escuché hablar de ambulancias que cada año funcionan menos, de medicamentos que cada año escasean más, de hospitales colapsados o vacíos y de falta de médicos. De todo esto me hablaron en Machagai, en Puerto Tirol, en Charadai o en Villa Ángela.

En el puerto de Barranqueras hace dos años que no entra ni sale barco alguno. La ausencia de dragarlo es la principal causa, por desidia, por corrupción o por ambas cosas. A pocos meses de asumir, el gobierno de la provincia dio de baja la contratación de una empresa que estaba dispuesta a invertir millones de dólares en el puerto y en el dragado para volver al negocio con la empresa Colono, que todos dicen, es de los amigos del poder.

En el Chaco los chicos pasan de grado de manera automática. A ninguna autoridad parece importarle si aprenden o no. En muchas escuelas no hay agua potable. En los colegios secundarios muchos chicos no pueden leer de corrido.

Mis amigos chaqueños me contaron que el narcotráfico no para de crecer. Y que la plácida vida provinciana se perdió para siempre desde que los delincuentes tienen zona libre para actuar a voluntad. Se trafica droga en Puerto Tirol. Se roba ganado en Gral. San Martín. Los que aún insisten en hacerle frente al delito terminan siendo removidos. Los ladrones, si es que son atrapados, salen en libertad a los pocos días.

Todos los chaqueños con los que conversé están agobiados. Hay desánimo y una sensación generalizada que se expresa como un "no puedo más" repetido hasta el infinito. Comerciantes, productores y empresarios me cuentan cómo el Estado te complica la vida con mil trabas y que cada vez es más difícil conseguir gente para trabajar. Nadie quiere trabajar en blanco para no perder lo que recibe a través de algún plan. O para no perder el empleo en alguna municipalidad o en la gobernación, que en muchos casos funciona como otro plan social apenas disimulado.

La naturaleza en el Chaco es sobrecogedora. Su potencial para el desarrollo del turismo nacional e internacional es enorme. Sus dos parques nacionales, el Impenetrable y el Chaco, son maravillosos, como lo son sus meteoritos, sus termas o su bienal de escultura en Resistencia, la segunda más importante del mundo. Hay algo allí que el mundo aún no ha descubierto y que sigue esperando.

Al llegar a Capitán Solari, la puerta de ingreso al Parque Nacional Chaco encontré en una esquina un restaurante con un nombre llamativo: se llama Partido Justicialista Areco Conducción. Los militantes comen gratis allí. Parece una metáfora de la historia de las últimas décadas en la provincia.

El restaurante lleva el nombre del intendente Areco. Me cuentan que el hombre tiene una empresa de catering. Y que por eso no autoriza que nuevos restaurantes en la localidad. De paso, intenta proveer en exclusividad los servicios de comida en el parque nacional. El único lugar en el que pudimos comer fue una casa privada que oficia de restaurant, con capacidad para no más de doce comensales.

Rafael, no tiene más de 50 años, no tiene agua potable. Vive en Charadai en una vivienda humilde con diez hijos y nietos, dos de los cuales tienen algún tipo de discapacidad. En el pueblo existe una planta potabilizadora que ha sido abandonada, pero ellos no tiene agua potable, y muchas veces por la suciedad ni siquiera sirve para bañarse. Agua. Una palabra que vuelve en el centro y en el sur de una provincia atravesada por ríos.

Para llegar al Parque Nacional El Impenetrable se tardan entre cuatro y seis horas. Pero no son 600 o 400 kilómetros. Son sólo los últimos 60. La ruta está destruida, olvidada, abandonada. Mil promesas incumplidas sobre esta ruta provincial.

Pero Chaco también conmueve. Conmueve y te llena esperanza Charata y sus alrededores, donde la producción agrícola se multiplicó por diez. O cuando siento ese espíritu de pioneros que tienen los chaqueños y me cuentan los bisnietos del fundador de la empresa Agroseri en Gral. Pinedo, que han desarrollado máquinas para el control mecánico de las malezas y que las están vendiendo en siete provincias. Y que están intentando comenzar a exportar el fruto de su trabajo. Chaco nos convirtió en uno de los mayores productores mundiales de miel orgánica, exportando desde el 2018 a la Unión Europea y Estados Unidos, escucho a los productores de muebles de algarrobo de Machagai, con ese oficio que vienen desarrollando hace años.

Hay algo que está cambiando en Chaco por todo y pese a todo. Conocí muchos jóvenes talentosos que se meten en la política. Escuché hablar con desánimo pero también percibí una rebeldía que crece muchas veces en silencio, por debajo del suelo, que va contagiando a los chaqueños que no quieren ser testigos pasivos de la decadencia de su tierra.

Cada provincia es un pedacito de la Argentina y al mismo tiempo es toda la Argentina. Cada lugar es único a pesar de repetir muchos de los mismos problemas, las mismas tristezas, el mismo dolor. Cambian los paisajes y las personas. Pero el país es el mismo. Y el desafío también.

Antes de salir para Buenos Aires, alguien me abraza y me dice al oído: "Guillo, ustedes son mi última ilusión…". No, no somos nosotros, pienso. Es al revés. Los chaqueños son nuestra ilusión. Yo sé que los chaqueños tienen todo para que Chaco sea una potencia. Estoy seguro que el futuro va a empezar en las provincias como Chaco.

(El autor es dirigente nacional del Pro y fue ministro de Transporte durante la presidencia de Mauricio Macri.)

El artículo de opinión reproducido aquí fue publicado en Infobae.com

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Guillermo Dietrichchaco