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Las tierras de la libertad

Keneth Parker tiene 21 años. Es alto como su padre -el inglés Cyril Jerome Parker-, y de cabello color membrillo. Holgazán, texano, tirador y aventurero, se anoticia de que hay una recompensa de diez mil dólares por las cabezas de Butch Cassidy y Sundance Kid, bandidos y pistoleros en fuga al sur del continente. 

Así comienza el libro, así se labra el inicio del camino brutal de la existencia de un hombre. "Pampa del Infierno" no es solamente un western, como a veces se tipifica; es, también, una novella de aventuras, histórica y de formación. También una reflexión sobre el devenir de un hombre. 

El periplo panamericano de Parker es el recorrido de una vida y, a no dudarlo, de un destino y de una pasión. Las vicisitudes del vaquero texano, su trashumancia y estancia en las vastas tierras que se extienden entre Tom Green y la sureña ciudad de Cholila, en el mundo austral de la Patagonia argentina, son innúmeras y de un embrujo persistente. 

A esto contribuyen un sinnúmero de razones. Molfino es uno de los escritores argentinos que mejor ha retratado el paisaje, el clima, y sus efectos moderadores en las peripecias y la personalidad de los personajes. El frío desprecio de Parker, su aquiescencia a las desgracias y los reveses de la existencia, el sentido perentorio y terminal del destino individual que presiente en cada uno de los seres, proceden -en el ánimo del pistolero- de las tierras sobre las que su sombra sobrevuela, de las dilatadas planicies y los escarpados picos y los montes que señalan su larga migración americana.

La caracterización psicológica de cada personaje es uno de los puntos salientes de la novela. Desde el coraje despreocupado de Ken Parker, hasta la inocencia salvaje y dulce de su esposa, la mapuche Kuyén, todos los protagonistas del libro tienen individualidad y autonomía. No solamente se distinguen en cada uno de ellos rasgos de elocución individuales -y en esto Molfino repite lo que de Proust dijo Jean-François Revel: también son diferentes sus pensamientos y la manera de procesarlos.

Como con los personajes, ocurre con las plantas y los animals: cada uno tiene (Borges dixit) su algebra y su número preciso. Podemos distinguirlos con precisión, hasta tal punto son exactos sus fenotipos y hábitos.

El "tempo" de la novela -en su concatenación de episodios y contingencias- es perfecto: no hay gratuidad en tal destreza, las piezas ajustan siempre de manera adecuada. La coherencia interna de la historia es sólida -y eso, a pesar de la gran cantidad de pormenores que la informan- y es, además, grata al ánimo del asombrado lector. También son notables la caracterización y la brutalidad de algunos personajes, un desfiladero de peligrosos bordes y profundos precipicios en el que el autor cabalga a pleno, seguro de su oficio y de sus destrezas. 

Sirvan de comentario algunos de los parrafos del libro: "En cuatro patas, con sonoras arcadas, Truman McParland vomitaba sobre el pasto y salpicaba su bombín. No solo jamás había visto un intestino humano, sino que nunca había visto lo extenso que era y todo el esfuerzo que llevaba arrancarlo del cuerpo. Colgaba de una rama de pino como una flaca anaconda muerta y desangrada. Observando como un alucinado, inmóvil, con el cuchillo de su abuelo Mangas Coloradas en una mano, Ken Parker se veía, al contraluz, con sus ropas húmedas y oscuras. De frente, la luz voraz del fuego le iluminaba la cara y también el verdadero color de lo que parecía húmedo y oscuro en su vestimenta: estaba bañado en sangre".

"Pampa del Infierno" es todo eso y mucho más: la amistad labrada durante decadas entre el duro Keneth Parker y el agente Truman McParland de "la famosa agencia Pinkerton", es un homenaje al desinterés y el afecto entre dos seres; también un canto al coraje y la lealtad. Y hay también compasión: la última noche del mutilado Cirilo Aguayo antes de morir y ser enterrado cristianamente por Parker, sirve de contrapeso a la crueldad del demoníaco Jinkus, jinete montaraz y oscuro del Apocalipsis. 

En definitiva, Molfino nos enseña en esta novela, y no es poca cosa, el camino meridiano entre la necesidad y la libertad, aquel lugar anhelado y presentido por el que transitan nuestros sueños más ocultos: los recuerdos de la infancia lejana, el destino para siempre negado, los seres que nunca más volveremos a ver, el amor, que reviste con su capa dorada todo aquello condenado a no ser un día, y la resistencia a la inminencia y la incontestabilidad de los años. 

Un poco a la manera de la épica oculta en aquel pistolero Keneth Parker, un hombre para siempre enfrentado al devenir tumultuoso de un combate que -él mismo sabe muy bien- está irremediablemente perdido de antemano.