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Naturaleza inter-sometida

La cultura nos ha emancipado de la naturaleza. Desde entonces habitamos este mundo ejerciendo una dominación. No hay dudas de que somos los reyes de las selvas. Elegimos cuándo reproducirnos, forjamos una erótica de la alimentación y nos trasladamos a velocidades abundantemente superiores de las que logra alcanzar el más veloz de los animales, la chita. Además los dioses nos han hecho soberanos de migrar por voluntad propia, eso es la libertad.

                                                                                                                                                  (Miho Hirano)

Ayer, cuando llegué a la casa de Pablo, me detuve unos extasiados segundos frente a una pequeña pecera. Dentro de ella había cuatro hermosos pececitos. Cuando me senté en el sillón vino Miyagi, su gata, y se acurrucó en mis piernas. El perro ladró afuera porque tenía frío y Pablo lo dejó entrar. Contemplé esos animales amansados a causa de los afectos y recordé que crear lazos domestica. Gran aporía de la vida en la cultura que nos hace pagar con sometimiento el precio de la humanización. Somos tan dependientes de los vínculos con otros que muchas veces, cuando no tenemos quién nos demande, secuestramos un animal como si esto fuera un acto de protección, y a esta forma de esclavitud la llamamos domesticación.

Lejos se encuentra la acción de criar animales en medio de una granja para obtener beneficios por funcionalidad productiva, como ser el transporte, la comida o el abrigo, de tener hamsters o bulldogs por neta compañía, viviendo en departamentos en medio de las grandes ciudades. Manipulamos animales para hacer experimentos, deportes y actividades recreativas. Pero nosotros también somos manipulados por los animales. Mi amiga Martina, que es veterinaria, me confiesa que existen familias enteras dominadas por caniches toys.

 

"Manipulamos animales para hacer experimentos, deportes y actividades recreativas. Pero nosotros también somos manipulados por los animales".

 

Yo tengo una tortuga cautiva que vive en un patio de loza de 8 metros cuadrados desde hace 33 años. A ese patio únicamente salgo a colgar la ropa, a regar las plantas o a darle de comer al reptil. Si bien desde 1981 existe una ley en el territorio argentino de protección y conservación de la fauna silvestre, mi hermano y mi primo la compraron por unos pocos australes en la veterinaria de la vuelta de casa y me la regalaron cuando cumplí mi primer año. Rodeada de humedad rosarina sobrevive Manuelita. No le gusta la lechuga y solo come zapallito. Ella es de una especie nativa de Santiago del Estero que se encuentra en peligro de extinción. No sé a ciencia cierta cuál es su sexo, hace 33 años no interactúa con ningún otro animal de su misma especie. Nunca puso huevos pero yo le asigné sexo femenino. Cuando viene algún niño a casa lo llevo a conocerla y siempre queda entusiasmadísimo con el arcaico animal. No dura mucho el encanto, enseguida Manuelita se repliega dentro de su caparazón. 

                                                                                                                                              (Lisa Ericson)

He pensado varias veces en devolverle la libertad, pero lo cierto es que no le gusta estar en el pasto. He intentado en varias oportunidades llevarla a vivir a un jardín, pero ella siempre ha caminado enojada en busca de un piso manufacturado por humanos. Me apena saber que liberarla significaría terminar con su vida, pero más me apena el recuerdo de la tortuga que tenía mi primo Tomi en el patio de su casa de Funes. Se llamaba Paca y le habían hecho un agujerito en el caparazón por donde la ataban con una soga para que no se escapara de la quinta. Por lo que sé, aún existe el mercado negro de tortugas donde se venden como compañía, pero sospecho que ellas son una reivindicación de la soledad.

En el 2015 fui de visita a Praga. Un amigo me llevó a un bar donde tenían un puma como estrategia de marketing. Desestimé esta barbarie a causa de un malentendido idiomático hasta el momento en que, mientras bebíamos cervezas, apareció un pelado con un puma sujeto por una correa. La gente que estaba bebiendo en el bar rápidamente comenzó a sacar sus teléfonos móviles del bolsillo y a gatillar flashes mientras el puma, fibroso e imponente, sentado arriba de una mesa, le lamía la cabeza al pelado. Sin vacilaciones, fue una escena verdaderamente inquietante. Turbada aun, me pregunto cómo llegó ese león americano a Europa.

Con los peces, en cambio, me pasa algo especial. Efectivamente, puedo decir que han sido en mi vida una real compañía. Cuando tenía 22 años mi novio me regaló una pecera redonda. Por ese entonces yo aseguraba que tener peces era una ayuda a mi distracción y en consecuencia eso me traería buena racha con el estudio. Hacía unos meses que preparaba "Psicopatología del lenguaje" con una compañera que se había comprado una pececita y la contemplación apolínea de verla moverse por su pequeño rectángulo de vidrio me cautivaba durante las horas estudio. 

 

 "La canilla estaba toda abierta y creaba un chorro exterminador en ese pequeño receptáculo. Cuando me asomé vi que el pez estaba en una esquina, muerto de miedo".

 

Entonces empecé a fantasear con tener mi propio acuario con piedritas flúo y plantitas de plástico. A la semana de tener la pecera me separé de Damián. No pude soportar tener esa superficie esférica llena de vacío y en un impulso, mientras estaba paseando a mi perro, entré en la veterinaria y me compré dos peces junto a todos los insumos necesarios para su cuidado. Mi experiencia en el asunto era escasa. En sexto grado con las nenas del curso habíamos hecho una vaquita y compramos unos peces que la maestra, con sorpresa y sin pensar, nos dejó poner en la parte de atrás del salón de clases. 

Por su parte, y para hacernos la competencia, los chicos compraron un axolote. La pecera de las nenas tenía piedritas multicolores, los nenes en cambio eligieron un suelo marrón. Todos los viernes, cuando terminaba el horario de clases, nos quedábamos con las chicas a limpiar la pecera. La de los varones en cambio mantuvo su color ocre de forma pareja durante todo el año. El axolote subsistía en ese hábitat putrefacto mientras que nuestros peces sobrevivían de los ataques terroristas que los chicos ejecutaban tirando tizas, lápices y gallos a nuestras mascotas. Las maestras estaban hinchadas las pelotas. El ruido de los aireadores era insoportablemente monótono y los animales acuáticos representaban un fácil objeto de distracción para nosotros. 

Cuando llegó el verano, luego de un largo debate sobre el asunto, una compañera fue elegida para el cuidado de los peces. La decisión no fue fácil. Nadie quería llevárselos. Habíamos aprendido que tener un ser vivo a cargo era un embole, un acto que iba en contra de nuestra libertad. La elegida por la mayoría fue Lorena, quien no estando convencida sobre el asunto tuvo que ceder ante la insistencia del grupo, no sin antes reclamar por unos cuantos tarros de comida y con la cláusula negociada a nuestro pesar de que el próximo año no los volvería a traer al aula. Que Lorena fuera la única hija única del grupo era un argumento más que justificado para ser la cuidadora. Podría tener compañía y no tenía hermanos mayores ni menores que fueran potenciales hacedores de actos perversos polimorfos sobre los invertebrados. No recuerdo qué pasó después, tampoco cuál fue el destino del axolote. Ni siquiera recuerdo el nombre de esos peces.

 

"Nadando en el redondo engaño de pensar que avanzaban no hacían más que dar vueltas y vueltas y vueltas. No sé si alguna vez se dieron cuenta que nunca llegaban a ningún lado".

 

Desde aquel entonces pasaron 12 años hasta que volví a tener al cuidado peces en cautiverio. Los llamé Poseidón y María Magdalena. Los elegí con cola larga y colores brillantes. Cuando llegué a mi casa con una bolsita de peces en la mano mi mamá me miró raro. No le di bola y me puse a decorar el ambiente. La pecera quedó preciosa y la teoría de la fortuna en el estudio generó un contagio histérico tal que hasta Anto, que hacía tres llamados que intentaba sacar una materia, terminó por comprarse una mini pecera con un pez chiquitito. A Antonela nunca le gustaron los animales. No sentía ningún tipo de empatía con ellos. Un día llegue a su casa y vi que tenía la pecera en la bacha de la cocina. La canilla estaba toda abierta y creaba un chorro exterminador en ese pequeño receptáculo. Cuando me asomé vi que el pez estaba en una esquina, muerto de miedo. No dije nada. Me quedé observando la cara de asco de mi amiga que argumentaba muda esa tortura infligida al pez. Rupertito solo vivió un par de semanas y cuando se murió fuimos juntas a tirarlo al río Paraná.

En mi hogar, en cambio, María Magdalena y Poseidón desarrollaban mucho glamour. Eran peces elegantes en un entorno muy pop. Nadaban felices en su pecera, que con tantas burbujas parecía un jacuzzi. En junio empezó el mundial de Alemania y yo miraba los partidos en casa junto a mis amigos. Cuando quedamos eliminados me angustié mucho. No es que me importara tanto el fútbol, sólo que esos meses miré todos los partidos, hasta la repetición de Serbia versus Nigeria. Era el entretenimiento más sencillo para renegar mi pérdida. El 10 de julio vino la derrota. Quedar afuera significaba salir de esa burbuja de cristal en la que vivía y en la cual la única preocupación era el triunfo de la selección. Teníamos que ganar la copa. El fixture no podría quedar a la mitad. No fue así. Perdimos y lloré mucho, lloré varios días. Todos estábamos un poco tristes. Algunos con poca capacidad de resignarse, además sentían bronca. 

                                                                                                                                                   (Jon Ching)

Los días pasaron y todos se fueron olvidando de ese mal trago, pero yo me sumergí en un dolor artificioso. Mis amigos y mi madre sabían que mi tristeza era muy exagerada para la ocasión, pero de alguna manera me entendían y en ningún momento minimizaron mi angustia. La novia de mi hermano, al verme tan triste, se ofreció a regalarme otros peces. No estoy segura si fue un acto de compasión o en verdad su hermana no quería tener que encargarse ya de los peces que meses atrás mi cuñada, bajo mi recomendación, les había regalado a sus sobrinos. Yo los acepté, temiendo aquello que fue inevitable. Estos peces no tenían colores brillantes ni una cola alargada parecida al celofán. Eran peces regulares, medios naranjitas y marrones. Les puse Rómulo y Remo.

María Magdalena y Poseidón se alteraron un poco con la llegada de los adoptados. La situación era tensa, pero poco a poco fueron adaptándose los cuatro a la nueva vida. Rómulo empezó a imponerse por sobre el cardumen y comía la comida de sus compañeros. El muy vulgar hasta se comía la tira de mierda de los demás. También se introducía piedritas en la boca para luego escupirlas. Las cosas malas se aprenden rápido, decía mi abuela. Un día lo vi a Poseidón haciendo lo mismo. Manducaba una piedra como un chicle y al rato "plop", la largaba de un escupitajo. Enseguida Rómulo y Poseidón comenzaron a disputarse la primacía de aquel puñado de gotas. Poseidón, con mucho esfuerzo, seguía conservando su distinción, mas no su reinado.

El primero en morir fue Remo y no me importó. Cuando le llegó el turno a Poseidón la cosa fue distinta. Empezó a flotar boca arriba de tanto en tanto y yo, antes de que pueda dar su último suspiro, lo daba vueltas. Pensaba que lo salvaba, pero con el tiempo me di cuenta de que él intentaba suicidarse. Creo que no soportó nunca perder la hegemonía de aquellas aguas bajo el dictamen de Rómulo. Un día lo encontré panza arriba, flotando. Intenté una vez más hacer mi intervención de rescate, pero en vez de comenzar a nadar y quedarse bajo el agua, el pez se retorcía. Asustada, le pedí ayuda a mi papá. "El pez está agonizando", le dije. Él me miró y con un tono firme pero cariñoso me respondió: "Hay que hacer eutanasia". Entonces lo puso en una cuchara sopera y juntos fuimos a tirarlo al inodoro.

Nuevamente una pareja comenzó a habitar el acuario. Un día, cambiándoles el agua, se me rompió la pecera y tuve que salir de urgencia a comprar otra, esta vez rectangular. La compre más grande, pero María Magdalena no era feliz y aun así sobrevivía de la mejor manera que podía. Nadaba sin ninguna expresión, con ganas de nada. Rómulo algunas veces se ponía violento y comenzaba a nadar excesivamente rápido de una punta a la otra. Yo hubiese querido que se estampara contra el vidrio. 

Cada vez me costaba más mantener la limpieza de la pecera, porque así como comía mucho, cagaba mucho. El agua se ponía turbia al segundo día de cambiarla y ya no soportaba ese moho, y ese olor, y ese ruido penetrante a motor gastado que venia del oxigenador. Fui una hija de puta, nunca se adaptaron al cambio de forma de su mundo. Nadando en el redondo engaño de pensar que avanzaban no hacían más que dar vueltas y vueltas y vueltas. No sé si alguna vez se dieron cuenta que nunca llegaban a ningún lado, que siempre pasaban por el mismo lugar. La superficie rectangular en cambio los confrontaba directamente con la limitación y la frustración que genera el no poder seguir adelante, con la concomitante tristeza de poder explorar aquel mundo mirado apenas a través del vidrio.

Rómulo murió y María Magdalena se quedó sola. Conservaba en su modo ese letargo de nadar siempre con el mismo pulso. Pasó un largo año y me puse en pareja con otro chico. Durante la primera cena en mi casa, mientras me estaba llevando el tenedor a la boca, vi sin creerlo a María Magdalena flotando de costado. La mitad de su cuerpo estaba en el aire. No la vi morir, la encontré muerta. Un llanto imposible de consolar se desató. Mi novio intentaba contenerme pero yo me desarmaba. Él siguió la escena con un semblante solemne hasta que se empezó a reír a carcajadas. Estaba nervioso y no comprendía la situación. Yo lo miré llena de rabia. No sabía que una parte de mí se moría con ese pez que tenía nombre de mujer y alas trasparentes. 

Llamé a mi madre tan angustiada que cuando escuchó mi voz se alarmó muchísimo. Yo lloraba y no me salían las palabras. Cuando, entrecortada, salió mi voz, le dije: "Mamá, se murió María Magdalena". Del otro lado se escuchó un suspiro de esos que traen alivio luego de una gran tensión. Me consoló como solo una madre sabe hacerlo y al otro día la enterramos en el patio de casa y le puse unas florcitas de lavanda encima. Después me fui a trabajar y cuando llegué le conté a Enrique lo que me había pasado. Ya no estaba angustiada. Era como si por arte de magia el ahogo se hubiese terminado, como si se hubiese explotado la burbuja del lamento y el aire nuevo me hiciese rejuvenecer. 

Entonces mi compañero me reveló su pasión secreta: coleccionista de peces exóticos. Me contó que tenía montado en su casa un sistema de acuarios ultra tecnológico porque intentaba generar la superación de ciertas especies. Describía con entusiasmo los mantenimientos que requería resguardar ese mundo y las características propias de cada especie. Mientras lo escuchaba, me acordé que domesticar significa crear lazos y que cada quien crea lazos como puede: algunos se relacionan a fuerza de dominación o manipulación, otros amando u odiando. Así es el modo que tenemos de socializar. Nos acostumbramos a convivir con otros creyendo que estamos conectados, pero habitamos universos paralelos.

*Publicado en Chicas, Medium.com