La excocinera del doctor Perrando cumplió 90 años
Marina Zelaya estrenó sus flamantes 22 años cruzando el río en un barco que venía a la Argentina. El 25 de mayo de 1949 bajó en Corrientes y de inmediato pasó a Barranqueras, a la casa de su tío, el exiliado paraguayo Juan Orué. Llegaba convencida de que su habilidad para la cocina le daría aquí el bienestar que su país, que acababa de salir de una horrenda guerra civil, le negaba.
La suerte le sonrió a la joven, oriunda de una población llamada Itá. Veinte días después de su arribo ya trabajaba como cocinera en uno de los más bellos chalets de Resistencia.

“Mi patrón era el doctor (Julio) Perrando, quien había venido de Buenos Aires en 1904 a trabajar como médico de la municipalidad; un hombre de buen corazón”, recuerda.
Ese médico, que ya estaba jubilado, le asignó una habitación en la planta alta de la hoy emblemática casona de la avenida Sarmiento.
“Yo era la cocinera, hacía comidas típicas paraguayas y puchero, que era la debilidad del doctor”, contó. En la casa trabajaban cuatro empleadas, una de ellas “al poco tiempo se juntó con un correntino y se fue”.
A otra de sus compañeras la recuerda como Cata. “Era de Colonia Pastoril, se casó con un griego que conoció aquí, fue a vivir a Grecia y después a España. Capaz que ya murió, porque hace muchos años que ya no me escribe”.
La tercera era la jefa, la “vieja Dolores”, de apellido Santos. Marina cuenta que con ella el doctor se iba a veces a una estancia que tenía en General Pinedo.
“Yo trabajaba feliz porque ganaba siete pesos por mes, no gastaba nada, tenía techo y comida, y se me permitía a la noche estudiar Corte y Confección en la Escuela Zorrilla”, añade.
Seis años estuvo en ese lugar compartiendo diarias vivencias con sus compañeras.
En 1955, durante un baile en la pista “El Jardín de las Rosas”, que funcionaba en Güemes e Yrigoyen, hoy sede central del Nuevo Banco del Chaco, conoció a Celestino Perón. El caballero era de General Vedia y llegó a la ciudad para abrirse paso como joyero y relojero. Ese encuentro puso punto final a su etapa como cocinera del médico.
“Con el doctor nos despedimos con tristeza porque me quería y yo también a él porque fue un patrón muy bueno y respetuoso” señala, 73 años después.

Crece la familia
Un año después, en 1956, nació Edi Perón, hoy docente retirada. Después llegó Osmar Perón, hoy empresario dedicado a la joyería, que entonces con seis años de edad, era fruto de un anterior matrimonio de Celestino.
En febrero de 1966 la familia creció aún más de la mano de su tía Delia, y los hermanos Vidal y Elba, de 12 y 10 años, respectivamente. Ellos provenían del Paraguay.
Vidal Mario es hoy periodista y escritor. Elba se jubiló en un laboratorio que produce medicamentos oncológicos de Buenos Aires, y vive en Virreyes.
El 18 de junio de 1973, la familia se completó con el nacimiento de Juan Domingo Perón.
Le dieron ese nombre por ser su padre pariente del expresidente y porque dos días después de su nacimiento regresaba al país tras una ausencia de 18 años.
El general Perón lo apadrinó, y Juan Domingo, hoy productor ganadero con campos en la zona de General Vedia todavía conserva la medalla de oro con la inscripción: “Juan Domingo Perón a su ahijado”. La recibió a través del gobernador Deolindo Bittel, cuando lo bautizaron en la catedral de Resistencia.
El regreso
En 2016, 61 años después de despedirse con un fuerte abrazo de su patrón, la señora Marina Zelaya de Perón regresó al chalet.

“Ah, está todavía la pajarera, pero no está la planta de limón de adentro”, fue lo primero que dijo al trasponer el portón después de tantos años. Fue recibida por la presidenta de la Asociación Italiana, Marcela Murgia.
La anciana le dijo a su anfitriona que cuando vivía allí le daba “mucha lástima ver encerrados en esa jaula a esa gran cantidad de pájaros que le vendían las indias o él traía del campo”.
Los empleados del chalet grabaron otros recuerdos de la rutina del dueño de casa: “A las 7 de la mañana desayunaba, después iba a ver lo que hacía el jardinero, un italiano al que llamábamos Nicha y al que no se le entendía nada. El resto del día atendía pacientes, leía diarios y revistas, dormía su siesta y recibía a sus amigos”.
El jardinero también vivía en el chalet. “Dormía en una pieza que estaba por Ayacucho, ganaba menos que nosotras, cinco pesos mensuales, y se hacía su propia comida”, describió.
A cada pregunta, doña Marina respondía abriendo las puertas de la memoria a medida que recorría la casa: “(a Perrando) le gustaba el cine, iba siempre a uno que estaba donde hoy es el Banco Hipotecario. Nos traía entradas para que fuéramos nosotras también. Veo que todavía hay muebles de él, como ese juego de comedor que mandó hacer en Corrientes. Tenía una hermosa bodega en el sótano”.
Además señaló que la muerte del médico también fue muy sentida por toda la comunidad: “Fue impresionante la caravana de autos que lo acompañó hasta el aeropuerto, que estaba donde ahora es la cancha de Central Norte. Mi viejo y yo fuimos en bicicleta. Subieron el cajón en un avión y lo llevaron a Buenos Aires para enterrarlo allá”.
Al retirarse, en el portón se dio vuelta y a manera de despedida hizo la señal de la cruz. “Por las dudas –dijo-. Tengo ya 88 años y por ahí ya no me da el tiempo para volver aquí otra vez”.
Ayer, sábado, doña Marina cumplió 90 años.










