Rodolfo Walsh en la isla del Cerrito
Para contextualizar la visita del periodista al Cerrito en 1966, detallamos brevemente la historia de la isla.

En 1914 toda la isla fue convertida en reserva nacional y el 20 de diciembre 1926 el presidente Marcelo Torcuato de Alvear dispuso la creación de una Colonia Regional de Leprosos, destinada a atender los enfermos de las provincias de Formosa, Corrientes y el Chaco.
En 1928 se comenzaron las obras, pero recién se inaugurarían el 30 de marzo de 1939. Los edificios se realizaron en concordancia con las modernas concepciones de la arquitectura sanitaria. La Colonia y Hospital Maximiliano Aberastury (en homenaje al ilustre dermatólogo entrerriano), considerado el primer centro modelo en el país para el tratamiento de enfermos de lepra, duró hasta los años ´60.
En mayo de 1966 se reunía la "Comisión Legislativa pro Recuperación de la Isla del Cerrito" en la Casa del Chaco, en Buenos Aires, para pedir a las autoridades nacionales el levantamiento del leprosario allí existente y la reafirmación de la soberanía chaqueña. Ese mismo año, con el golpe militar del general Onganía, el pedido quedó demorado, pero fue un paso fundamental para la recuperación definitiva de la Isla para el Chaco. En 1968 se recuperaba para el patrimonio provincial la Isla del Cerrito y se cerraba definitivamente el leprosario.
En este contexto, Rodolfo Walsh visitaba la Isla del Cerrito en 1966, enviado por la revista Panorama. Junto con el fotógrafo Pablo Alonso estuvieron una semana en la isla, pasando tiempo en el leprosario. En junio de ese año vio la luz "La isla de los resucitados", una gran crónica en la que se puede notar cómo Rodolfo Walsh se internó junto a los enfermos de lepra para darles voz, para humanizarlos.
Walsh, con su fina pluma, describía el lugar: "A ese hombre no se le podía dar la mano, aunque uno terminara por sentirse su amigo. A esa muchacha no se la podía tocar, aunque su bonita cara de campesina sonriera y sus pechos bajo el vestido floreado fueran una inmensa tentación (…) Todas las noches, cuando salíamos de la zona y volvíamos a casa, Pablo y yo nos lavábamos las manos. Si uno se olvidaba, el otro coreaba el improvisado jingle: ´Agua y jabón, agua y jabón´, que era la receta exclusiva con la que el mítico cabo Cardoso venía defraudando durante veinticinco años al bacilo de Hansen, ácido-alcohol-resistente. Después nos enjuagábamos simbólicamente por dentro con ginebra y caíamos rendidos, a soñar cada uno sus sueños, sus biblias, sus diálogos con una nueva cara del mundo, hasta que los carayás aullaban a las seis de la mañana como un viento sostenido y voluntario".
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El relato era crudo y cruel cuando les dijo el doctor Obregón, "usando con nosotros una especie de psicología quirúrgica, pero vean primero lo peor: el pabellón de imposibilitados (cuarenta hombres y mujeres) era realmente lo peor, la desgracia sin atenuantes, la carne del hombre sometida a una lenta explosión, que arranca acá una mano y allá un pie, y termina rodeándose de fealdad, ceguera, desesperanza, locura. Por más que haga, es difícil aceptar el mal gratuito en su formidable aparición. Uno se pregunta qué espíritu ordenador pudo planear -permitir- una cosa como esta. No hay réplica, por supuesto, y es preciso aferrarse a algunas reflexiones salvadoras, algunos tibios consuelos. El espíritu del hombre, por ejemplo, parece invencible cuando en el extremo de la aflicción se amuralla en el humor. Pronto hubo risas en el pabellón mientras que el lenguaraz Gabriel Lodi, de cincuenta años largos, contaba sus tres viajes a la muerte (tres operaciones) y su firme intención de ´seguir mucho tiempo con el mono arriba´. O al considerar a ese pedazo informe de ser que apodan Gandhi y del que todos se ríen en sordina, pero que persiste en sus ejercicios de concentración espiritual, en sus secretas abluciones, en sus diálogos rituales con un tiempo silencioso que se le escapa por cada una de sus llagas".
El relato era tremendamente brutal, pero muy largo para la revista "Panorama", así que ese viaje se convirtió en un libro, "La Isla de los Resucitados", donde con todos los detalles Walsh describió la experiencia.
Y así terminaba: "Al mediodía, en la lancha gris, salimos del puerto y de la isla. Bajo el sol aplastante, el Paraná y el Paraguay se juntaban y hervían, sin mezclarse".










