El hombre araña
La "refuncionalización" de la Plaza 25 de Mayo, la "peatonal cívica" y el resto del paquete de obras de embellecimiento proyectadas en Resistencia por Gustavo Martínez volvieron a poner a su intendencia en el ojo de la tormenta. ¿Una visión singular sobre lo que necesita hoy la capital del Chaco o hay algo más detrás de una inversión que superará los 700 millones de pesos?
En su carrera política Gustavo Martínez alternó triunfos y derrotas en proporciones similares. Lo que nunca cambió fue que tras cada resultado, favorable o adverso, sumó más poder. En un territorio como el de la política argenta y en una parcela tan peculiar como la del justicialismo, ese atributo no se obtiene sin dosis superlativas de astucia y tenacidad, probablemente dos características centrales de Martínez. La primera le permite potenciar sus herramientas y habilidades, y rastrear con paciencia oriental los puntos débiles ajenos. La segunda lo ayuda a atravesar la ruta de sus propios lastres y limitaciones.
Fue así que en 2019 consiguió lo que parecía condenado a no lograr jamás: la intendencia de Resistencia, la ciudad en la que cimentó su rol gravitante dentro del PJ pero en la que siempre tuvo altos niveles de imagen negativa. Ganó con el 41% de los votos, con una buena diferencia sobre el candidato radical de aquel momento, Leandro Zdero, que obtuvo el 35.
Entre ese punto, hasta ahora el más alto de su carrera, y la derrota de 2011 ante Aída Ayala, que lo dejó llorando desconsolado en la sede peronista de la calle Mitre, hubo un largo camino de aprendizajes, reconversiones a medias y –como siempre- acumulación de espacios.

Largo y sinuoso camino
Martínez tuvo transformaciones notorias y curvas bruscas en su ruta. Creció en un hogar muy politizado y en el que probablemente se festejaba más el Día de la Lealtad que los cumpleaños familiares. Su padre, Gustavo Martínez Campos; su madre, Bettina Vázquez. Ambos dirigentes y militantes del PJ.
El joven Martínez comenzó a levantar vuelo por su cuenta en los ’90, con algo más de veinte años de edad, alineado con el menemismo gobernante y apoyado en un aceitado vínculo con Carlos Corach, uno de los hombres fuertes del entorno de Menem. Para cuando había caído De la Rúa y Eduardo Duhalde buscaba domar el escenario post-devaluación, Gustavo era considerado en Resistencia un actor clave del reparto de planes sociales.
El conocimiento por parte del electorado se le hizo más masivo en 2003, cuando Jorge Capitanich fracasó por segunda vez (la primera había sido en 1999) en su intento de desalojar a la UCR de la Casa de Gobierno y Manuel García Solá hizo una sorprendente elección en Resistencia, donde perdió por muy escaso margen frente a la lista radical. Buena parte del mérito del buen papel del justicialismo en esos comicios fue atribuido al trabajo territorial de Martínez, que fue elegido diputado provincial. Fue como legislador que protagonizó un memorable cruce con Sandra Mendoza (que ocupaba otra banca en el mismo período), un feroz round verbal que dejó las toallas de cada rincón bañadas en sangre. Dicen que Capitanich todavía hoy no le perdona a Gustavo algunas de sus afirmaciones de aquella tarde armagedónica.
Pero se sabe que en la política los amores y los odios duran lo que conviene que duren. Tras el regreso del peronismo al poder, en 2007, “Coqui” y Martínez se asumieron recíprocamente como males necesarios. Y aunque la tensión entre ambos parece destinada a persistir por toda la eternidad, en las horas cruciales aceptaron patear hacia el mismo arco. Y fue con Capitanich en el poder que Gustavo alcanzó sus mayores conquistas.
Transformaciones
Volvamos a 2003. Una vez instalado en el escenario, Martínez se convirtió en una figura insoslayable de la interna del PJ provincial. Y a la vez, en un contrapeso para las generales. Su imagen negativa estaba asociada a las periódicas denuncias sobre procedimientos violentos atribuidos a su estructura de punteros. Entre ellos, ataques a militantes de otras fuerzas políticas e incluso un apuñalamiento nunca esclarecido a Juan Carlos Ayala en un acto peronista. Intolerancia y clientelismo eran las palabras a las que quedaba asociado para el electorado independiente. En alguna entrevista se le preguntó a él sobre el tema. Su respuesta fue que era consciente de esa imagen, que asoció a acciones de desprestigio de sus adversarios, pero sobre todo al “fuego amigo” de otros sectores del propio justicialismo.
Frente a eso no se quedó de brazos cruzados. Desde hace años paga los servicios de una importante consultora porteña, cuyas recomendaciones suele seguir con fe religiosa. Fueron esos asesores los que aconsejaron los cambios de aspecto que se han visto en Martínez a lo largo de los últimos años, incluido el look actual, una mezcla de cantante folk, profesor buenazo y empleado del mes. Lejos del flequillo carlitosbalasesco y la barba candado de los inicios.
Su condición de alumno aplicado de sus especialistas en marketing llegó al punto de que fue por sus análisis que se bajó en 2015 de la idea de pelear ya en aquel año la candidatura a intendente. Las encuestas indicaban que estaba casi a la par de Leandro Zdero. Pero los expertos le explicaron que el problema estaba en las proyecciones del voto de los indecisos: el radical iba a crecer mucho más que él en esa franja. Gustavo se resignó, guardó sus deseos en el baúl y aceptó ser el candidato a presidente del Concejo en la lista que encabezaría Capitanich (y con la cual éste llegó a la intendencia).
También acató la recomendación de intentar lavar el costado flojo de su imagen pública mediante una participación activa en entidades intermedias de valor simbólico importante para la clase media no partidizada. Y fue allí que buscó y consiguió ponerse al frente de clubes deportivos, además de recorrer (y llenarse de fotos y videos) instituciones con las que no tenía demasiada empatía (ni sus integrantes con él). En privado, solía bromear acerca de que todo eso le había agregado a sus jornadas un nivel de desgaste que –a su juicio- no tenía la más mínima compensación política. No debe haber sido tan así, porque en 2019 logró finalmente la intendencia, con un padrón que siempre le había sido hostil.
Sin fronteras
Por eso, sorprende todo lo que hizo y no hizo hasta aquí en esta casi primera mitad de su mandato, que arrancó con un impuestazo (cuyas idas y vueltas judicializadas prolongaron el desgaste político de la medida), siguió con una asombrosa parálisis de obras y acciones (la gestión actual tuvo hasta ahora menos pavimento que los caminos del alma, sin contar el creciente caos del tránsito) y este mes sumó el escándalo de las obras en el centro. Un impacto que hubiese resultado diferente si el proceso hubiera sido distinto, es decir más transparente: la noticia de las licitaciones se mantuvo guardada y se conoció sólo porque NORTE la difundió, pese a la significación multimillonaria de la inversión prevista y a que la gestión comunal suele hacer autobombo hasta con la instalación de un semáforo. Tampoco ayudó el contexto: todo en medio de una crisis atemorizante en la que la mitad de los habitantes de la ciudad está bajo la línea de pobreza y casi uno de cada cinco ni siquiera puede darse la ración mínima de comida diaria. Y, por último, también porque los argentinos nos hemos quemado tanto con la misma leche, que vemos una vaca licitando y lloramos.
Frente a ese panorama, la lista de proyectos hace muchísimo ruido en cualquier cabeza con sentido común: “refuncionalización” de la Plaza 25 de Mayo (167 millones), peatonal “cívica administrativa” (de cuatro cuadras, 145,7 millones), “refuncionalización” del Parque 2 de Febrero (118,5 millones), y “refuncionalización” del parque de la Laguna Argüello junto con la instalación de pavimento articulado en parte de su entorno (225,3 millones más otros 44,7 millones). En total, 701,2 millones. Los proyectos elaborados se ven espléndidos, ¿pero no ameritaban una consulta abierta a entidades y organizaciones de la comunidad? ¿Se justifican en una ciudad donde los barrios soportan realidades raquíticas en infraestructura? ¿Es el deseo de embellecer la ciudad o hay algo más?
Mientras tanto, Gustavo logró la protección tácita de parte del Concejo Municipal. En la sesión de la semana pasada, los concejales radicales evitaron confrontar con él y se abstuvieron cuando Fabricio Bolatti propuso aprobar un pedido de informes y una resolución pidiendo que se frenase todo el proceso y se abriera una consulta ciudadana. Desde la UCR niegan un acuerdo con el intendente, pero desaprovechar en plena campaña la oportunidad de descolocar al principal referente local del PJ fue como rechazar la oportunidad de patear un penal. ¿Puro fair play o algo que no está a la vista? Dicen que en la conducción del propio radicalismo están que trinan con el tema.
A las teorías, sospechas y suposiciones se suman las leyendas sobre la flexibilidad de Martínez (tan parecida a la de cualquier otro dirigente de los grandes partidos, finalmente), que no tiene pruritos para cerrar tratos aunque haya que saltar los muros de partidos ajenos. Se tiene por cierto que Aída Ayala lo ayudó en 2019 a derrotar a Zdero (con lo cual ella, de paso, se desquitó de la “traición” que le atribuye al actual diputado) y que ahora Gustavo le devolvió el favor sumándole votos en la interna, tanto en Resistencia como en Villa Angela, el municipio que gobierna Adalberto Papp, intendente gustavista.
Martínez probablemente no hace todo lo que uno esperaría que haga como funcionario, pero como hombre de la política nunca deja de tejer.
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