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Las encuestas pueden fallar

En las últimas elecciones Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO) celebradas en el país, la mayoría de las encuestas no lograron predecir el resultado electoral. ¿Quiere decir esto que son una herramienta que ya no tiene sentido utilizar? De ninguna manera. Más allá de los aciertos y errores, en una sociedad democrática son importantes para diseñar estrategias de campaña, conocer el posicionamiento de los diferentes actores del proceso electoral y definir candidatos, entre otras cosas. Pero pueden fallar.

Estamos hablando, claro, de aquellos sondeos respaldados por un trabajo riguroso y basados en criterios científicos. Como sucede en todo el mundo, dentro del libre juego de la oferta y la demanda, pueden existir encuestas con fines electorales que se hacen públicas para resaltar la imagen de tal o cual candidato, y otras que solo se reservan para quienes encargan su realización. Para el ciudadano de a pie no es fácil distinguir unas de otras. Será por eso que uno de los problemas que enfrentan las encuestadoras es la baja predisposición que, tal vez guiadas por dudas y sospechas, muestran los encuestados cuando se les pide revelar sus preferencias políticas. La clave está en saber preguntar, remarcan quienes conocen bien el oficio de sumergirse en ese océano que es la opinión pública, y explican que nunca es sencillo para el encuestador sacar el máximo provecho de los breves minutos de los que dispone para lograr que el encuestado transparente información a quien, ni por asomo, tiene el gusto de conocer.

En un reciente artículo de opinión escrito a propósito del resultado de las PASO en Argentina, el doctor en Economía Alfredo Serrano Mancilla y la licenciada en Sociología Gisela Brito trazaron algunas ideas que fueron publicadas por el Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica, con el título “Entre la crítica y la defensa de las encuestas”. Allí, los autores plantean justamente que “es poco natural que alguien desconocido te llame por teléfono o te pare en la calle para preguntarte por todo, hasta por tu nivel de ingresos; te hable con un lenguaje que no sueles usar; y que te obligue a responder preguntas que nunca te has formulado”. Y agregan: “Creer que conoces a los entrevistados como si fueran tus amigos es lo mismo que considerar que con una encuesta lo puedes descubrir absolutamente todo. Y no”. Este es, por cierto, uno de los problemas que enfrentan las empresas que realizan sondeos de opinión no solo en Argentina. Ocurre algo similar en todo el mundo. Otro inconveniente que se les presenta a los encuestadores es que cada vez más electores definen sus preferencias a último momento. Se podría decir que casi en el mismo instante de ingresar en el cuarto oscuro. Ese comportamiento sin dudas afecta el trabajo de los encuestadores, ya que se trata de una variable estadística imposible de dimensionar.

Si bien en cada proceso electoral las empresas encuestadoras utilizan distintos métodos para conocer la opinión del votante, todos los especialistas en la materia coinciden en señalar que la mejor encuesta es la presencial, siempre y cuando esté acompañada de elementos de control suficientes y confiables. Esta modalidad, afirman, puede aproximarse más a la realidad del electorado que las encuestas automáticas que hace una máquina llamando por teléfono a los ciudadanos. Hay reglas básicas que se deben respetar para que el sondeo se acerque lo máximo posible a la realidad: la muestra de población que se toma, independientemente del tamaño de la misma, debe ser representativa del electorado. Esto quiere decir que si el grupo de población que se ausculta está conformado por 50 por ciento de electores varones y otro 50 por ciento de votantes mujeres, lo correcto es que en la muestra esté representada esa misma proporción. Los sondeos, por lo general, también tienen en cuenta otras variables como nivel de ingreso, distribución geográfica o nivel educativo, que -mediante una serie de preguntas adecuadas a esos indicadores- permiten tener una base más firme en función a la muestra.

Para finalizar, no está de más recordar que las encuestas, en última instancia, son un elemento informativo más que tienen los ciudadanos para formar su opinión y tomar una decisión a la hora de votar.