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De chinos, murciélagos, mosquitos y fármacos

Muchos medios masivos de comunicación y sectores sociales señalaron como responsables de la pandemia a los chinos, porque allí fue donde se hizo famoso el Covid-19 antes de expandirse por el mundo. 

“Porque los chinos comen perros, murciélagos y pangolines”: sectorizar e individualizar responsabilidades que son sociales es una jugarreta típica del poder para distraer a la población y sembrar discordia, mientras los que mandan siguen haciendo de las suyas.

Es más fácil señalar a una población en el otro extremo del mundo, cuyas costumbres nos son ajenas, que señalar a una industria extractivista o a una corporación farmacéutica que trabajan en las sombras e invierten miles de millones en publicidad para disfrazar sus productos y servicios. 

De hecho, los grandes medios y gestores de la información en general operan para ellos, llevando a los ciudadanos de las narices con estas y otras tantas de las llamadas “fake news” (noticias falsas). Los primeros son chiquitos, los últimos son grandes, muy grandes. Así que a los últimos no se los señala, se los apaña: “Ellos nos alimentan, ellos nos curan”. Los medios nunca hablan de cómo impactan sus actividades en el medio ambiente y en la población.

La mecánica de la sociedad capitalista es depredatoria. El humano civilizado llega a un lugar —pongamos por ejemplo un bosque o un humedal-, tala los árboles, corta los pastos, rellena los pantanales, básicamente echa de su hogar a todas las formas de vida que ahí coexisten, instala su propio ecosistema, lo impermeabiliza con hormigón, lo refuerza con hierro, lo reviste con plástico.

En estos ecosistemas artificiales, la mayoría de los organismos no encuentran un nicho para sobrevivir, así que si tienen la suerte de no perecer, se mudan a otra parte. Un caso muy reciente y paradigmático, enmarcado en este esquema, es el de los carpinchos que “invadieron” Nordelta. Realmente, estaban volviendo a su antigua casa.

No obstante, los hay que supieron adaptarse, y muy bien, a los ecosistemas del hombre civilizado: mosquitos, moscas, ratas, cucarachas, palomas, y otros tantos animales comúnmente señalados como alimañas, plagas, demás adjetivos peyorativos. Asimismo, microorganismos que vivían en los ecosistemas naturales también han sabido adaptarse, y no solo eso, sino que aprovechan muy bien las herramientas que la actividad humana les ha proporcionado, y las han usado para mutar y desarrollarse con nuevas formas, cada vez más poderosas.

La urbe y los sistemas productivos en general persiguen las lógicas del desarrollo colonial: civilización o barbarie. La naturaleza es desordenada, caótica, bastante bárbara, así que hay que combatirla. Si la capacidad de retener agua del suelo era algo fundamental para el equilibrio de los ciclos naturales, pues no hay problema, se impermeabiliza y se fabrican conductos para enviar el agua de las precipitaciones adonde no molesten. Luego, cuando todo se inunda, se le echa la culpa al mal tiempo. Y si los mosquitos se multiplican en la infinitud de charcos que quedan esparcidos por toda la urbe, y después contagian dengue a la población, pues a rezarle a Dios para que nos tire una soga.

Pero fue la urbe, en primer lugar, la que fabricó un nicho a la medida del mosquito, que necesita dejar sus larvas en aguas estancas, poco oxigenadas y cristalinas. Pero al mismo tiempo, la ciudad no proporciona un nicho a los depredadores naturales del mosquito, que por eso ahora es amo y señor de regiones enteras. No es que el Chaco esté maldito y por eso cuando hace calor haya invasiones de mosquitos, sino que hay desequilibrios ecosistémicos provocados por la actividad humana.

¿Y qué tienen que ver las farmacéuticas con todo esto? Pues que utilizan las mismas lógicas que las restantes industrias: la rentabilidad es lo primero. Para que un negocio sea rentable necesita vender, cuanto más mejor. La rentabilidad de las industrias farmacéuticas está directamente ligada a las condiciones sanitarias de las poblaciones del mundo.

Ellos promocionan sus antigripales, antivirales y antibacteriales como productos de uso doméstico, y así los utiliza la gente. Una aspirina, un ibuprofeno, o un tecito Vick, elementos de uso común que todo el mundo tiene en sus casas, y que se venden (aunque hoy sea ilegal) en cualquier quiosco o almacén, junto con el arroz, los cigarrillos, los fideos, el tomate o las papitas fritas.

Como pasa con el ejemplo del paquete tecnológico de la soja, fundamentado en el uso de cócteles de agrotóxicos cuyo fin es eliminar todas las otras formas de vida. Sin embargo, cada día que pasa se vienen encontrando más organismos resistentes, lo mismo con el uso indebido y masivo de los fármacos. Indebido, porque ya sea que fueren recetados por un médico, o simplemente comprados para uso preventivo en el quiosco, su utilización en la mayoría de los casos no era necesaria.

Las inflamaciones, la fiebre, la pus, son todas señales de un sistema inmunológico activo. Los anti-inflamatorios, anti-gripales, y demás fármacos por el estilo, lo que hacen es suprimir la respuesta inmunológica. Crean la sensación de que todo está bien, inhabilitando temporalmente las respuestas defensivas del organismo. Esta situación, tan cotidiana para las sociedades del mundo, silenciosamente va contribuyendo con una evolución descontrolada de los microorganismos patógenos, que reciben de brazos abiertos el estímulo de estos fármacos que las personas meten en sus organismos.

Cuando alguien se resfría y se toma un antigripal de manera preventiva para poder seguir asistiendo a su trabajo, le está dando a esos microorganismos herramientas que les sirven para mutar y hacerse más resistentes. Esta persona no sabía si tenía una gripe, si la afección era de origen bacteriano o viral, y sin embargo decidió automedicarse, porque eso es lo que le enseñó a hacer la televisión, pero también el sistema médico-comercial.

Cuando una persona va al médico sale con al menos una receta para ir a comprar a la farmacia. Es una cuestión estadística, objetiva, oficial. El sistema médico-comercial a esta altura parece reaccionar por mero reflejo: quien caiga a la guardia recibirá una orden para comprar medicamentos. Si estaba enfermo o no, si necesitaba o no los medicamentos, pasa a ser cuestión secundaria. Esto también responde al nivel de vaciamiento que viene sufriendo el sistema sanitario en Argentina (y en todo el mundo), que tiene a los trabajadores desbordados por el número de pacientes y la escasez de tiempo y recursos, y entonces recetar fármacos como respuesta automática a síntomas comunes se convierte en metodología de trabajo.

El sistema capitalista crea los nichos para el desarrollo de los organismos patógenos, elimina las barreras de la respuesta inmunológica de la población por alimentación deficiente, ambientes contaminados, sistemas sanitarios en decadencia. Y no satisfecho con eso, promociona el uso indiscriminado de los productos de la industria farmacéutica. 

El sistema fabrica la enfermedad y después fabrica la cura. En tanto, los microorganismos siguen evolucionando y sumando nuevas cepas a las listas de enfermedades con potencial pandémico. ¿Enfermedad? Medicamento. ¿Cepa nueva? Medicamento nuevo. ¿Pandemia de microorganismos resistentes? Pues a fabricar vacunas, se ha dicho.

El incansable mantra que defiende este sistema, a esta altura, ya no se sabe si aburre más de lo que indigna: “Nos dan trabajo, techo y comida”. Si el trabajo es precario, el techo alquilado, y la comida no alcanza, es otra historia.