Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/209328
La guerra del chancho

Rebelión en la fábrica

La naturaleza es tan maravillosa como espeluznante. Muchas personas piensan que las catástrofes naturales que se están viviendo hoy en día en todo el mundo ya son suficiente preludio de lo que puede venir, y que es necesario clavar el freno de mano y hacer algo para cambiar esta realidad. Pero aquellos que gobiernan no parecen pensar lo mismo.

La civilización humana hoy en día se llama sociedad capitalista globalizada. Su razón de ser es la de acumular, concentrar, centralizar. Acumular capital, concentrar mercancías, centralizar poder. La ley primera es la de explotación: de bienes naturales, de personas, de animales. Explotación que, necesariamente, debe crecer para sostenerse.

Pero no hace falta complicarse mucho para entender la relación entre las catástrofes naturales que azotan al mundo y las dinámicas del sistema: “No es posible explotar ilimitadamente un planeta con recursos limitados” (ver La historia de las cosas). Los bienes naturales, animales y personas, no son infinitos, se acaban, se extinguen, y esto genera desequilibrios.

Es por eso que la naturaleza, como no sabe leer ni escribir, y tampoco sabe hablar, busca otras maneras de expresarse. Nos está castigando con temperaturas extremas, sequías, heladas, tsunamis, tornados, terremotos… pareciera que solo falta que Godzilla salga del fondo del mar y unos cuantos monstruos de adentro de un volcán, para completar la postal apocalíptica.

Otra forma de expresión de la naturaleza son las pandemias. Hoy es el Covid-19, ayer fue la gripe aviar, mañana será alguna otra. Estas situaciones se enmarcan en las llamadas zoonosis, es decir enfermedades que se transmiten de animales a humanos. La razón por la cual esto sucede, en gran medida, es responsabilidad de los sistemas industriales capitalistas.

En su afán de acumular y concentrar, el sistema hace precisamente eso: hacina a los animales en la medida que le es útil, productivo y rentable. Para implementar y optimizar la producción, inventan sistemas donde entran cada vez más animales en menos espacio, donde se alimentan y viven de manera más o menos automatizada, y donde pueden engordar las partes que al mercado más le interesan (como en el caso de los pollos, que son pura pechuga), lo más rápido posible, para que el recambio de la mercancía sea fluido.

Estos sistemas productivos tienen un nombre que les hace mucha justicia: feedlots; en español: “lotes de alimentación”. La palabra lote figura en el diccionario como “conjunto de objetos similares entre sí que se agrupan con un fin determinado”, pero estos más que similares son iguales, lo que convierte a estas fábricas de carne en focos infecciosos, perfectos para todo tipo de microorganismos.

Para dar un ejemplo de estas lógicas industriales, los paquetes tecnológicos para la producción de monocultivos como la soja, vienen encontrando cada año más organismos resistentes a los agrotóxicos. ¿Cuál es la solución? Echarle más veneno. ¿Este año hay más organismos resistentes? ¡Echarle más veneno, pues!

La producción de cerdos, pollos, vacas, y otros animales, debido a la situación de hacinamiento, genera todo tipo de problemas a nivel orgánico. Empezando por la falta de variabilidad genética, falta de movilidad, deficiencias nutricionales, carencia de estímulo para la creación de anticuerpos, la constante tensión debido al estrés: llega a ser una situación común que se mutilen unos a otros.

Para prevenir infecciones por heridas, la industria los mutila de forma programada, cuando son pichones. También, para prevenir infecciones por patógenos, los fumigan, igual que hacen con las plantas, solo que con antibióticos. Muchos de estos animales, a veces, ni siquiera ven la luz del sol, hasta que llega la hora de ir al matadero. 

En China, en los últimos años, una enfermedad tremenda comenzó a azotar las granjas de cerdos: la peste porcina africana. El Estado chino no perdió el tiempo y salió a encargarse del asunto, de forma más o menos inmediata. La solución: sacrificar a los ejemplares de las fábricas infectadas. Los chinos, que son muchísimos, necesitan muchísima comida, muchísimos cerdos. Los cerdos infectados eran millones. Una masacre generalizada de cerdos, un parche para saltear el obstáculo y seguir adelante.

Seguir adelante, según las lógicas capitalistas, es seguir concentrando, seguir acumulando. Tercerizar la producción. Llevar las fábricas a otro sitio, donde aún no se haya esparcido la peste porcina africana. Implementar las fábricas, hacerlas más eficientes.

Incluir todo en un solo complejo, desde la producción del grano para los cerdos, hasta la cría de los mismos, faena, almacenamiento, exportación, gestión de residuos, todo en uno.

Miles de cerdas pariendo millones de cerditos, apilados todos adentro de galpones que parecen fábricas, porque lo son. Ni siquiera se les permite intervenir a los ciclos naturales aquí: la ventilación, temperatura, humedad, y la iluminación son inducidos por sistemas que consumen energía eléctrica. Nada queda librado al azar. A lo sumo se acepta la colaboración de la inteligencia artificial, que permite manejos estadísticos más económicos y confiables.

Parecen sistemas creados para causar daño, porque lo son. Las lógicas del sistema causan daño, porque su naturaleza es depredadora, insaciable. No le importa nada, ni nadie, va por todo. Prueba de ello es el hecho de que apenas exista la idea de instalar estas mega-fábricas de cerdos en una región que viene rompiendo récords en depredación de sus bosques, y que tiene estrés hídrico hace años, sin perspectivas de mejora.

No solo eso, como las políticas de los países vecinos también son extractivistas, están destruyendo el Amazonas, la selva del norte, entonces cada vez llueve menos, entonces los ríos no se recargan, entonces se puede cruzar el río Paraná caminando, porque está seco. De ahí saldrían teóricamente los millones de litros de agua que necesita cada una de estas mega-fábricas que quieren instalar en el interior, donde la población humana ni siquiera tiene agua potable.

Vale aclarar, no obstante, que el capitalismo no es nacionalista, busca expandirse por el planeta sin distingos, incluso a veces parece querer expandirse por el Universo. Igual que los microorganismos patógenos: se multiplican descontroladamente y arrasan con todo, sin piedad.

En 2020 Dinamarca, primer productor mundial de piel de visón, ordenó sacrificar a 17 millones de visones luego de que 12 trabajadores de las granjas resultaran infectados con coronavirus transmitido por estos animalitos

Porque la cosa no es que los chinos son unos desalmados, que comen murciélagos y pangolines. No, los chinos son una nación capitalista como cualquier otra, y se rigen por las lógicas del sistema de organización social imperante. Lo mismo hacen España o en Dinamarca, quienes sin embargo no son señalados por sacrificar millones de visones (animalitos criados para aprovechar su pelaje) el año pasado. Pero había que hacerlo, porque los visones se habían contagiado de coronavirus y era un riesgo para los humanos, así que también ellos fueron objeto masacre.

A nivel humano, animal, moral y sistémico, cabe una pregunta: ¿de dónde va a salir el agua para esos millones de cerdos si la sequía que venimos sufriendo continúa?

*http://juanbritosdibujos.blogspot.com  

Notas Relacionadas