La guerra no es del chancho, sino del que le da de comer
Si hubiera que definir al mundo hoy, planeta Tierra, humanidad, civilización humana, con dos palabras alcanzaría: crisis mundial.

Si hubiera que ampliar la idea, diríamos que la crisis es económica, social, política y, muy especialmente, ambiental. También podríamos usar tres palabras para darle un título más literario a la cosa: mundo en llamas. El planeta está literalmente prendido fuego: bosques, pueblos enteros consumidos por las llamas, toneladas de carbono volando hacia la atmósfera, engordando el problema, contribuyendo a recalentar el planeta.
Los cambios serán irreversibles: próximamente viviremos (si podemos) en un desierto.
Evacuados en Europa, por las llamas y por las inundaciones causadas por lluvias torrenciales; muertos en norteamérica debido a las altas temperaturas, nunca vistas ni tampoco previstas, en una sociedad que no estaba preparada para hacerles frente. Y estamos hablando del primer mundo: infraestructura que (supuestamente) funciona, estado de bienestar, tecnología de punta, poder adquisitivo, etc.
El cambio climático y el calentamiento global —por si alguien pensaba que eran un cuento, como dicen algunos políticos y empresarios-, vinieron para quedarse. El futuro llegó hace rato, algunos recién se dan por enterados, y otros tantos siguen haciéndose los desentendidos. Pero esto es real, muy real, hiperrealista.
En el Chaco la crisis nos encuentra con una sequía tremenda que ya va para tres años, y con el “mérito” provincial de tener una de las tasas de desmonte más altas del país en los últimos años. Desmontes legales e ilegales, pero desmontes al fin, que nos van a costar el hábitat. La asamblea Somos Monte Chaco, formada especialmente para combatir y denunciar los desmontes y la destrucción y entrega del territorio, hace tiempo viene señalando que, de continuar los desmontes, los cambios serán irreversibles: próximamente viviremos (si podemos) en un desierto.
Los desmontes implican no solo la remoción mecánica del material vegetal (y de quienes viven en él, animales, insectos, honguitos, y hasta personas) sino también los incendios deliberados. El tema de los incendios es grave, porque nuestra sociedad no está educada en cuestiones ambientales, ni un poquito. En la ciudad de Resistencia, pero me animaría a decir que en reglas generales pasa en todas partes, las personas no tienen ninguna de conciencia respecto de lo que representa quemar las cosas.
En Resistencia, particularmente, las plantas son visas como basura, y a la basura se la prende fuego. Eso es lo que se hace en los barrios, donde a esta altura es tradición que haya un pésimo servicio de recolección de residuos, o incluso que ni lo haya. Entonces cuando los vecinos, trabajando codo con codo, han engordado lo suficiente un basural, luego van y lo reducen a cenizas.
La salud, el hábitat, los ecosistemas, el agua, el aire, todo es secundario para ellos. Los dólares son la prioridad, y no pueden conseguirse sin contaminar.
Y lo mismo hacen con los pastizales. A pesar de que incendiar las cosas, cualquier cosa que se incendie de manera deliberada, es ilegal. Pero lo hacen incluso los organismos del Estado, por ejemplo en el Aeropuerto Internacional de Resistencia, donde los bomberos tienen que ir con cierta frecuencia a controlar los desmadres que producen estos “incendios controlados”.
Porque lo cierto es que la frontera entre lo legal y lo ilegal poco tiene que aportar a esta discusión. Los desmontes son (o vienen siendo) mayoritariamente legales. Se hizo una Ley de Presupuestos Mínimos de Protección Ambiental de Bosques Nativos hace años, supuestamente con la intención de proteger los bosques nativos de la Argentina, y avanzar progresivamente hacia la conservación. Sin embargo, lo que sucede es todo lo contrario. Son pocas las superficies marcadas en rojo (áreas protegidas donde no se puede intervenir), y son mayoritarias las superficies marcadas en verde (que habilitan la depredación).
Pero eso a los empresarios no les alcanza, siempre quieren más. La modalidad que están utilizando ahora es trabajar sobre las zonas marcadas en amarillo (áreas de mucha más superficie que las rojas), con el llamado “cambio de uso de suelo”. Supuestamente en las áreas amarillas se pueden hacer explotaciones “sustentables”, pero en lo práctico es todo cuestión de papeleo.
Esos desmontes son ilegales y, ante todo, atentan contra la naturaleza y contra la humanidad. ¿Y para qué? Para sembrar monocultivos de soja transgénica. No conformes con extraer toda la capa fértil del suelo pampeano y exportarla en forma de commodities, ahora vienen a depredar nuestros bosques y desertificar nuestro territorio.
Pero aún hay más. Para los cordilleranos y patagónicos, megaminería. Ya conocemos las consecuencias terribles que puede acarrear el desarrollo de esta industria, pero lo importante es conseguir dólares y pagar la deuda. La salud, el hábitat, los ecosistemas, el agua, el aire, todo es secundario para ellos. Los dólares son la prioridad, y no pueden conseguirse sin contaminar. O al menos eso argumentan.
Las imágenes de lo que hizo el gobierno chino con sus cerdos enfermos no son menos impactantes que escenas de guerras y genocidios humanos.
Y dólares es lo que nos va a traer la tercerización de la producción de cerdos chinos. China exportaba nuestra soja para alimentar sus cerdos industriales, pero cuando las condiciones en que la industria criaba estos animales llevaron las condiciones sanitarias al límite, la peste porcina africana les serruchó el piso. Las imágenes de lo que hizo el gobierno chino con sus cerdos enfermos no son menos impactantes que escenas de guerras y genocidios humanos.
La solución: tercerizar la producción. Diseñaron unos complejos industriales integados enormes, adonde llevarán a cabo toda la cadena productiva, desde el cultivo del alimento para los cerdos hasta su cría, gestión de residuos, etc. La depredación de nuestros bosques, donde ya se han implantado monocultivos (soja, maíz), aparece como una pieza muy apta para el “monocultivo” de animales. Por cierto, esos cerdos son para exportar a China. A nosotros, en el mejor de los casos, nos quedará la destrucción.











