Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/209621

El vampiro del pueblo

Era invierno en la sierra, el caserío sinuoso se sumergía en las pocas luces de las calles. Un vientito frío agitaba los focos de las esquinas. Parecíamos pequeños dragones echando bocanadas de vapor por la boca. Estábamos debajo del puente de piedra.

Cuando Noni arrojó el cascote al arroyo y las ondas concéntricas se empezaron a esparcir, el pitido del tren de las ocho y media tapó la voz del Mini Ojeda en el momento en que preguntaba si sería cierto lo que la gente decía.

-Yo sí creo –dijo Noni, y tiró otra piedra para que hiciera patito sobre la superficie.

El Mini Ojeda sacudía la rama del sauce con fuerza para que las hojas se frotaran y produjeran ese susurro que tanto le gustaba.

-Mamá me dijo que un sastre no puede ser vampiro -dijo el Mini Ojeda.

-¿Qué sabe tu mamá de vampiros? –dijo Noni y añadió: Los sastres meten miedo, fíjate nomás cómo es don Olegario…

-Porque es flaco, nomás, pero no es… qué puta va a ser vampiro… - el Mini Ojeda escupió.

-Sí, pero parece un muerto –siguió Noni-. Así son los vampiros, parecen muertos, están flacos porque necesitan sangre y más sangre todo el tiempo. Él tiene mucha plata. Tiene ese campo en la ruta, tiene dos casas y un auto y una camioneta…

-¿Y qué tiene que ver que tenga plata? 

Noni, bajando el tono de la voz, bisbiseó:

-Se queda con la plata de sus víctimas, ¿entendés?

El Mini Ojeda hizo una mueca descreída, se metió las manos en los bolsillos y miró el cielo de la noche.

-Hay luna llena, noche de vampiros. – dijo.

-Me dieron ganas de mear –dijo de pronto Noni.

El Mini le dio la espalda a su amigo. Mientras oía caer el chorro del orín, le dijo que hablar de vampiros siempre provoca algo, por ejemplo, ganas de hacer pis y otras cosas raras.

-Vayamos a espiarlo –dijo el Mini Ojeda-, es de noche y los vampiros se vuelven vampiros solo de noche.

-Ojo, que nos falta una cruz o algo así. –dijo Noni.

Dejaron atrás el arroyo, cruzaron el viejo puente de piedra y se metieron en una callecita lateral a la avenida principal. Noni se detuvo y agarró del suelo un pedazo de rama gruesa de punta aguda.

-Para qué llevás eso –dijo el Mini.

-Por si hay que clavarle una estaca en el corazón. Es la única forma de matar un vampiro.

El Mini se rió y lo empujó haciéndolo trastabillar, terminó semicaído en una escalera de madera oscura. Saliendo de la nada, dos murciélagos le cruzaron la cara con sus aleteos afilados y se perdieron en la oscuridad.

Noni quedó petrificado. 

-Es un mensaje para vos, Noni, hoy es la noche en que morirás.

Llegaron a la casa de Don Olegario. Era una construcción de piedra triste, la puerta de entrada estaba pintada de color lacre y tenía un llamador de bronce en forma de garra. Una luz verdosa alumbraba el umbral. Una sola de las ventanas se veía iluminada. Se acercaron. Al pasar frente al cerco de alambre, el cloqueo de las gallinas dormidas los sobresaltó.

Noni sentía una fuerte presión en la garganta, pero no era el caso del Mini. Lejos de sentir miedo, su idea era pegarle un susto al viejo sastre.

Cuando se encontraban a metros de la ventana, Noni recordó aquella tarde en que, paseando con su madre, se encontró con Don Olegario: estaba sentado a una mesa de la vereda del café Ostende tomando una limonada. Solitario, inmóvil, la piel grisácea, levantó los ojos cuando descubrió a mamá. Lo que jamás se le borró a Noni de ese encuentro fue la mirada maligna del sastre. Su madre titubeó, parecía que se iba a detener, pero siguió caminando, tironeándolo del brazo a su hijo. Algo había sucedido, no lo sabía bien, pero hasta le pareció que Don Olegario había sonreído.

A pasos de la ventana, la luz parpadeó y los dos amigos retrocedieron afiebrados de miedo. Silencio. Súbitamente, se escuchó un alarido de mujer. Se miraron, el cuerpo flaco de su amigo temblaba.

-¿Tenés miedo? –

-No, ¿estás loco? Yo no le tengo miedo a los vampiros –respondió Noni.

-Yo sí, creo que yo sí… -dijo el Mini.

-Vamos, cagón, que solo vamos a espiar.

-¿Y después nos rajamos?

-Sí, después nos vamos.

Avanzaron medio metro más y nuevamente una mujer gimió y gritó.

-¡La está matando! –dijo el Mini.

La voz de la mujer volvió a gritar y lanzó un ¡noooooooo! estremecedor.

En ese instante, Noni divisó el auto azul de su mamá estacionado en la oscura esquina, corrió entonces y se asomó a la ventana.

Allí, en la habitación, desnuda, su mamá yacía en la cama debajo del cuerpo flaco de Don Olegario, el vampiro. Con una mano le acariciaba el cabello pero ella estaba tan quieta, como muerta.

Noni, espiando por encima del hombro de su amigo, comentó en voz baja:

-Ojalá que no le haya chupado toda la sangre…