Resistencia22°Min. 18° • Max. 23°
Miguel Ángel Molfino

“Pienso la ficción desde un lugar donde pueda provocar al lector”

El escritor habló con Chaqueña sobre la reedición de su novela “La Polio”. La misma viene con un bonus track: una novela corta que reversiona el cuento de Caperucita Roja en clave para adultos.

FOTO2.jpg
“Creo que en todo hay un trabajo especial, hay cuestiones muy finas, como la luz sobre los árboles, sobre el piso, el camino. Eso influye en cómo veo la escena”.

Había en la génesis de este libro una obsesión del escritor Miguel Ángel Molfino por los asesinos seriales. Personas absolutamente misteriosas, personas que en psicología y mentalidad están extremadamente alejadas de las leyes sociales en vigencia. Son personas que pueden pasar de ser el mejor vecino del barrio a el más despiadado asesino del país. Tienen una capacidad de detonar que para el escritor los hace extractivos. Eso es lo que ha despertado en Molfino una especial atención. 

“La Dorila se inflama de crímenes. Desde que llegó La Polio, el odio cae en pedazos sobre esta tierra, cae como mariposas muertas llovidas del cielo. Un enjambre de mala suerte”, dice uno de los personajes de la novela, 12 Corazones.

Hace unos días nos contactamos con Molfino y comenzamos un diálogo telefónico por distintos terrenos. Nos remontamos a sus pasiones y descubrimos que su padre, el escritor José Adán Molfino Vénere, compraba la revista “Life”. En esa publicación aparecían, por ejemplo, notas sobre el asesino serial de Boston, el estrangulador de Boston. Era un tipo que mataba mujeres. "A estos asesinos los veo como psicópatas. No tienen sentimientos, no pueden relacionarse con la gente de manera empática y mucho menos con la sociedad. Ahora en Netflix están pasando la serie Mindhunter, de un asesino serial en los EEUU. Ahí se ve un tipo absolutamente falto de empatía, ganador, pintón, que ganaba el favor de las mujeres pero las mataba de un modo espantoso. Costó mucho descubrirlo", cuenta Miguel Ángel Molfino.

FOTO1.jpg
“Busco poner en tensión al lector. No quiero darle una lectura cómoda, porque las cosas no van a salir como él piensa”.

   Los asesinos seriales han sido el foco de su atención durante un tiempo y así nació esta novela, “La Polio”. De alguna manera, los textos se remontan también a su niñez, cuando vivía en Buenos Aires, y sufrió de cerca la epidemia de poliomielitis en 1956. Estuvo encerrado en un departamento. Los chicos no podían salir. No había televisión. Él tuvo una maestra particular que le enseñaba las cosas de la escuela primaria. Le habían colgado una bolsita con alcanfor en el cuello: “Teóricamente, era como un talismán contra el demonio de la polio”, cuenta, y sonríe un tanto escéptico ante aquel recuerdo. Fue una época muy extraña. Algo de eso lo trasladó al personaje de “La Polio”. 

Cariño especial

Desde 1986 el escritor viene publicando cuentos todos los domingos en NORTE. “Tengo una pieza llena de cuentos”, advierte con orgullo. Sin embargo, cuando lo llamaron de Editorial Contexto para ser parte de la colección Tierra Sin Mal eligió publicar “La Polio”. “Es la hija idiota de todas mis novelas. Es la que menos trascendió y a la que le tengo especial cariño por cómo la escribí. La primera parte tiene una sensualidad incestuosa”, describe. 

La nueva edición fue publicada en diciembre de 2020. Cuenta que no hubo revisión ni ampliación del texto original de 2014. “Si hay un autor que odio leer es Miguel Ángel Molfino. No me puedo releer. Por eso, cuando entrego una novela, ya es final. Salvo errores que me hagan notar la correctora o el editor. Cuando está listo el libro lo entrego y no vuelvo a revisarlo. No me gusta leerme. Un anécdota de Borges: circunstancialmente él estaba presente en una cátedra donde se estudiaban sus cuentos. El profesor preguntaba a los alumnos qué quiso decir Borges con el cuento o con determinado párrafo. De repente, el profesor dice: “Ya que estamos con el maestro, con Borges, le preguntamos a él directamente qué quiso decir con esta frase. Borges le respondió: “Mire joven. Yo a Borges lo escribo, no lo leo”. Es una cosa borgeana la que tengo. No me leo”, insiste.

Una epidemia que mata con saña 

De “La Polio”, Molfino cuenta que primero vino la idea de una epidemia. Una peste que enmascarara la aparición de un asesino serial. El doctor Roque Onnis llegó para hospedarse en La Dorila. Un personaje hosco que enmascara la muerte, y desde este lugar cerca de Barranqueras esparcirá noticas de la polio.  “Soy la epidemia de tus hijos. Soy la rabia. La Polio”, firma el asesino.

También brotan historias de sabueso Magaldi, un cazarrecompensas que anda tras los pasos del asesino. Molfino ubicó la acción en la Barranqueras mítica que tiene en su memoria, la misma que aparece en otras novelas y en algunos cuentos. La localidad de La Dorila es ficticia, en realidad es el nombre de una estancia adonde iba cuando era chico, tenía ahí un pony con el que aprendió a andar a caballo. La geografía de La Dorila es especial porque tiene montaña y cascadas, en pleno Chaco. El asesino serial convive mezclado como uno más en la sociedad. Sin embargo, cada tanto lucha por serenarse, pues un torrente de fuego le sube desde el cuello y le enciende chispas en los ojos.

—Viviste lo que se generó con la poliomielitis en Buenos Aires, el aislamiento y el temor ante la enfermedad. Sin embargo, trasladaste la historia al Chaco. ¿Hubo necesidad de anclar la historia y el asesino en la provincia?

—Esto es muy sencillo, soy del Chaco, la provincia es mi territorio. Me es muy difícil, te juro, me resulta difícil desarrollar tramas en Buenos Aires. Desarrollar historias entre edificios y entre los incomprensibles porteños no me atrae. Soy porteño, pero renuncié a la ciudadanía. El Chaco me da la posibilidad de crear regiones míticas, no puedo crear en San Telmo una región mítica. En cambio, en Barranqueras sí lo puedo hacer. Por ejemplo, en la novela “Monstruos perfectos” pude crear una localidad llamada Esteros del Muerto. Para mí, el territorio de mis ficciones es el Chaco, o lo que se parece al Chaco. 

—En la novela “La Polio” vuelve esa sentencia que dice que la realidad supera la ficción. Es casi imposible un policía o un detective bueno. ¿Esta realidad se impone en la escritura, o esta hace de espejo de la sociedad?

—Creo que en esta novela en particular puse sobre la mesa las cuestiones sobre el bien y el mal. No existe el bien y el mal de forma separada. El bien y el mal coexisten. No tengo simpatía por la policía, pero tampoco les hago pasar papelones o les tomo el pelo. Simplemente son ineptos. Tenía un escrito que decía, "Hijo mío: el cielo y el infierno cambian de lugar, no llores". Un poco esta es la filosofía en la que creo. No hay paraíso, no hay infierno, todo es lo mismo. También tengo como epígrafe de la novela una frase de Osvaldo Lamborghini: "Lo que me asusta de mi alma es que no la tengo". La soledad existencial que nos enfrenta a nuestros propios actos me parece interesante. 

—Me gusta esta idea de que no hay una línea divisoria entre el bien y el mal. Nada es tan bueno ni tan malo pero, ¿qué tiene de bueno este asesino serial?

—Sonrisas. Te llevo a Magaldi quien también, al igual que el asesino, tuvo una infancia disfuncional. Él no es policía, no es un detective, es una cazarrecompensas. Trabaja por plata y eso no lo convierte en moralmente limpio. Simplemente es un mercenario. Es gay. Metí aquí el tema de la sexualidad, porque aunque más o menos esté aceptado, sigue generando polémica en estos entornos. A Magaldi no le va bien. 

—En algún momento uno puede pensar que va a resolver algo…

—Así es, pero no adelantemos mucho. Jugar con esta línea difusa del bien y del mal abre muchos caminos a la hora de escribir y crear historias posibles. Pienso la ficción desde un lugar donde pueda provocar al lector. Busco poner en tensión al lector. No quiero darle una lectura cómoda, porque las cosas no van a salir cómo él piensa. Esto es lo que me pasa como lector y es lo que trato de hacer como escritor. Cuando me siento a leer un libro, quiero que me ponga incómodo. Por ejemplo, las novelas negras norteamericanas; las primeras me fascinaban, pero ahora ya no las puedo volver a releer porque ya sabés quién gana y quién pierde.

—Ya que estamos con Magaldi: hay una escena donde él aparece y están robando ganado en cuatriciclos. ¿Cómo se metió esa historia en la novela?

—Vos sabes que me pasa algo con la escritura, y es que a la escena primero la veo cinematográficamente. Hasta que no tenga los detalles, no la paso al papel. Creo que en todo hay un trabajo especial, hay cuestiones muy finas como la luz sobre los árboles, sobre el piso, el camino. Eso influye en cómo veo la escena. La escena nocturna del robo de ganado la veo clara. Es una cita western que se metió aquí y tiene su gran potencial.

—Tenemos un asesino serial, un cazarrecompensas y, como si fuera poco, una historia de amor. Me gustó esa metáfora de que "estar enamorado es como desaparecer del mundo". ¿Cómo surgió esta historia entre el horror y la sangre?

—La novela necesitaba una historia de amor. Es cómo un café muy espeso al cual tenés que cortarlo con un poco de leche. Me gustaba primero la aparición de un mago en este pueblo. Después, el hecho de que el único lugar donde podía alojarse fuera un hotel regenteado por una mujer. Ellos cuando se ven se sienten atraídos sin demasiadas expectativas. Sin embargo, la cotidianeidad es la que los va reuniendo. Ella es una señora de la sociedad, cómo viste, el perfil que tiene. Él es un plebeyo que anda por los caminos. El amor crece sobre la base de la fascinación de la magia. 

—Son los recursos que usa el mago para conquistarla…

—En realidad son los recursos que usa para comer, en primer lugar. Después resulta que ella se enamora de eso. Él está enamorado porque ella es una mujer muy linda. Al final, ella también juega como el mago con un truco para “desaparecer de este mundo”. Ella le dice, “yo te voy a hacer desaparecer, pero no con tu truquito; yo te voy hacer desaparecer entre las sábanas”.

FOTO4.JPG
“Los temas sobre la dictadura van a empezar a brotar, o serán siempre sugerentes en la literatura argentina. El realismo no alcanza a contar lo que pasó. Si tuviera que contar la historia de mi vieja o de mi hermana, no me sale”.

“Es imposible que se desvanezcan los temas sobre la última dictadura cívico-militar”

El bonus track apareció en los discos de música como una pista extra, promocional. Este libro de Miguel Ángel Molfino, “La Polio”, viene con bonus track –“Y colorín, colorado, tu vida ha terminado”.  Es una novela corta, una nouvelle intensa y que te atrapa también desde las primeras líneas, con diálogos muy bien trabajados y climas que generan tensión en la piel. 

La historia de este texto se remonta al 2011. Una escritora amiga de Molfino, Cristina Fallarás, creó un portal bajo el nombre de sigueleyendo.es en España. "Como es una escritora muy conocida dentro del ambiente de la novela negra, nos pide a varios escritores que enviemos un cuento original escrito para niños pero que ahora lo hagamos para adultos. Así fue que elegí Caperucita Roja. La versión para adultos que escribí es Caperucita detenida y torturada en la Esma. Es un destino más atroz que el Lobo. Además, el Tigre Acosta aparece como el Lobo. Terminas aquí enchastrado en sangre, porque salta por todos lados. La edición virtual ya no existe más. Entonces quería que este texto estuviera editado”, explica Molfino. 

La memoria es un músculo que hay que ejercitar. Los temas en la literatura sobre lo que ha sido o sigue siendo consecuencia de la última dictadura cívico-militar seguirán apareciendo. "Creo que los temas van a regresar una y otra vez, como el mar que golpea sobre las rocas de la costa. Golpearán siempre de diferente manera. El realismo ya no cuenta lo que pasó. Creo que el realismo no alcanza a contar lo que pasó. Si tuviera que contar la historia de mi vieja o de mi hermana, no me sale. Tendría que escribir sobre un realismo que no creo. Entonces pienso que es imposible que se desvanezcan los temas sobre la última dictadura cívico-militar. Los temas van a empezar a brotar, o serán siempre sugerentes en la literatura argentina. Por ejemplo, estoy escribiendo una novela donde hay una atmósfera de dictadura, pero no hay un milico, no aparece la dictadura, ni como palabra. Pero hay ese aire que se respiraba en aquellos años. Es difícil de explicar, más porque se está escribiendo y después habrá que leerla”, afirma Molfino en tono adusto.

Fragmento de “La Polio”

FOTO5.jpg

  La primera mujer que vio desnuda fue su madre. Estaba parada en el balcón de la casa del doctor Sué, con un gin tonic en la mano. La luz de la mañana caía como una leche malva sobre la carne blanca.

Tenía once años, era muy temprano y llevaba puesto el guardapolvo escolar. Se le veía la pechera manchada de barro. Para ingresar, había saltado la valla de ligustros (llevaba pantalones cortos y las ramitas le habían rayado las piernas), y como había lloviznado durante casi toda la noche, el césped era un lodazal. Y del portafolio de loneta verde que colgaba de su mano goteaba una mugre turbia.

La primavera había llegado y en el aire soplaba un suave olor a cebada. La tormenta se había disipado y de una manera calma y enmudecida, la mañana se iba apoderando de las ruinas de la noche y exhibía un cielo limpio apenas tajeado por una estela blanca, como si recién lo hubiera cruzado un jet. La brisa le despeinaba el cabello que le caía sobre la frente. Estaba en el jardín junto a dos fresnos y bajo sus sombras tempranas la temperatura era más fresca. Más allá, donde todavía la luz era frágil, por encima de los techos, susurrantes, se levantaban las copas de árboles blanquecinos como huesos. Podía casi oír bajo los pies el temblor de su cuerpo aplastando el pasto mojado y barroso. Temblaba. Su respiración temblaba.

Se había llegado hasta allí para ver si ese día su madre se dignaba a llevarlo a la escuela. Cuando visitaba al doctor Sué, ella se olvidaba de él, a veces por dos o tres días.

La madre le sonrió y adelantó el vaso como si quisiera brindar. Parecía flotar entre las cortinas de voile que se inflaban con el viento.

El niño advirtió, por primera vez, que su madre podía dedicar su corazón a otros. Y que su madre poseía también un cuerpo debajo de sus vestidos y de su rostro (que todos consideraban bellísimo), y aunque no se detuvo en detalle en ese cuerpo (una ceguera momentánea le blanqueó los ojos), ni tampoco trató de guardarlo en su memoria para no recordarlo jamás, lo intuyó redondeado y desvalido y deseoso. La turbación lo mareó. Fue como que, de pronto, el mundo se sincerara e hiciera estallar un látigo sobre su espalda y lo llevara a despertar una pena parecida al desamparo. La entrevió, la imaginó abrazada al doctor Sué. Y se marchó llevando en el pecho una piedra de rabia, celos y excitación. Sintió que la amaba más allá de todo. Y que odiaba estar tan solo en el mundo. No se lo desearía ni a un perro.

Notas relacionadas
Te puede interesar