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Nury Bendersky

columnista

Relaciones: una autopista sin atajos

Desde el minuto cero en que despertamos a este mundo el juego de las relaciones se activa y es a partir de ese momento en que se descubren las tres fundamentales herramientas que tenemos a disposición. Estas son: la violencia, la trinchera y el diálogo. Aunque en la dinámica de la vida las circunstancias son innumerables, siempre nos rondan estas tres alternativas y el desafío será saber elegir cuál de estas opciones tomamos frente a cada persona o situación.

Aunque parezcan obvias las elección de estas herramientas, basta entender por qué el Hombre puede sutilmente desviar su comportamiento entre una u otra opción. La personalidad, la historia, el carácter, las influencias familiares y/ sociales o por el simple berrinche o rebeldía personal, cada persona se siente atraído a actuar de cual o tal manera ante la presencia amenazante de otro par o de alguna circunstancia que determine su posterior desenvolvimiento. Analizaremos con la ayuda profesional algunas manías que tenemos las personas; y hasta nos sorprenderemos de encontrarnos tan obvios como únicos.

Cuando hablamos de que uno de los caminos es la violencia, no sólo hablamos de la física que en teoría es el límite extremos de esta herramienta. Muchas veces somos testigos de maltratos sociales. Entre éstos se distingue, desde una mala contestación, el desprecio, la expresión pública o privada de calumnias e injurias para sacar algún tipo de provecho, la instigación con el fin de generar una respuesta del mismo tenor violento. Muchos indicios nos hablan cotidianamente de relaciones fracturadas por actitudes violentas.

 “Me sorprende cómo al llegar a un negocio, ni siquiera te saluden con un “Buen día”; o que al caminar por el centro, mucha gente te empuja. Estas actitudes me cambian el día y me pone a la defensiva todo el tiempo, y pienso que la gente que ve mi rostro tenso y desafiante, producto de la mala onda, también debe sentir que puedo contestarle mal”.

“La violencia es un problema que supera lo psicológico para enmarcarse en la esfera más amplia de lo social”, escribe la psicóloga Beatriz Sarrión Soro, quien explica además que “Estas actitudes muchas veces responden a la dificultad para reconocer y expresar los propios sentimientos y justamente la agresión tapa estas falencias, ya que cumple la finalidad de controlar, intimidar y someter a los demás mediante el uso o la amenaza de la agresión oral o física: sirve para obtener el poder de control sobre la relación o la situación”.

Respecto a la segunda alternativa para “enfrentar” al otro es paradójicamente la trinchera, ese límite que nos permite escondernos, refugiarnos, pasar desapercibidos casi como inadvertidos ante el mundo. Este modo de relacionarse puede que no traiga mayores inconvenientes, ya que no demostramos nuestros costados débiles, pero tampoco los fuertes; por lo que una de las consecuencias es también la poca responsabilidad o compromiso que asumimos con el otro. Este aspecto desarrollado y asimilado como costumbre nos lleva de delimitar una personalidad muy indiferente. Así nos explica el psicólogo argentino Ramiro Calle.

“Escondernos de los demás es un escudo para que nada nos afecte. Esto nos lleva directo a conformar nuestro ser como entes indiferentes. La indiferencia es un error básico de la mente y conduce a la insensibilidad, la anestesia afectiva, la frialdad emocional y el insano despego psíquico. Esta actitud puede, intensificada, conducir a la alienación de uno mismo y la paralización de las más hermosas potencias de crecimiento interior y autorrealización”, explica el profesional.

Entonces podemos concluir que la indiferencia frustra las potencialidades de afecto y compasión, acoraza el yo e invita al aislamiento. Y a diferentes de la herramienta anterior, la trinchera o indiferencia puede ser la falsa fachada de seguridad, aunque en realidad es la auto-defensa que se atrinchera para no ser menospreciado, desconsiderado, herido, puesto en tela de juicio o ignorado. “A mi nada me afecta. Digo las cosas como son pero no me involucro con nadie. En mi trabajo trato de no meterme con nadie, hago mis cosas y me voy. Sé que mientras menos me conozcan, menos me van a molestar”, cuenta Juan Carlos a la salida de un estudio contable.

Un camino largo, pero sano

Por último, el camino más largo, el diálogo. Nada garantiza un final feliz, pero la psiquis sin dudas lo agradecerá. Cuando planteamos una compleja situación que podría definirla o gritando, golpeando o huyendo y sin embargo preferimos entablar cara a cara una conversación, la predisposición ante un posible acuerdo, ya suena victorioso.

El diálogo, remedio de toda enfermedad. No es una teoría, es una continua práctica que ciento de miles de personas no se cansan de contar. No es suficientemente inteligente quien prueba nuevas estrategias de supervivencia y equilibrio psíquico, emotivo y social; sino quien aprovecha de las estrategias que ya existen en el mundo de las relaciones y que son comprobadas como exitosas.

El diálogo es fuente y conductor fundamental de las estrategias de supervivencia de grandes empresas económicas, es instrumento benefactor de las circunstancias más complejas sobre grupos minoristas. A través del diálogo se pudieron resolver instancias de extrema delicadeza ante un inminente desborde. Y así como el atrincheramiento trae como consecuencia la indiferencia, el saber dialogar es productor de un previo “Saber” (de Sapiencia), el de escuchar, porque quien es dueño de la palabra, fue antes dueño del oído.

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