¿Son tiempos nuevos?
"Dios le permite a los hombres soñar con cosas que son ciertas”. (J. L. Borges, “Los conjurados”)
Como una luz que viene del pasado recojo un párrafo de una carta de Don Orione; un santo que caminó por nuestras tierras chaqueñas hace ya casi un siglo: “¿Son tiempos nuevos? Fuera los temores, y las vacilaciones: marchemos a la conquista de los tiempos con ardiente e intenso espíritu de apostolado, y de sana e inteligente modernidad. Lancémonos a nuevas formas, a los nuevos métodos de acción religiosa y social, firmes en la fe, pero con amplitud de criterios y de espíritu. (…)

Nada de espíritus tristes o cerrados: siempre con el corazón abierto, en espíritu de humildad, de bondad, de alegría. Hay que rezar, estudiar, avanzar. No nos fosilicemos. Los pueblos avanzan: avancemos también nosotros, con la mirada en lo alto, en Dios, con la Iglesia, empujando y no a la rastra” (“¡Trabajar! Sembrar…”; 1934). . El texto suena muy actual e impulsa a trabajar hoy con valentía creativa por la Iglesia, por la patria y por la sociedad.
PENSAR Y GESTAR UN MUNDO ABIERTO
Mezclados con la realidad presente, el desafío presente es apostar a la fraternidad y la amistad social. Este desafío nos invita a que resurja nuestra vocación de ciudadanos del propio país y del mundo entero, constructores de un nuevo vínculo social (PP. Francisco, Fratelli tutti, 66).
Situados en una sociedad global y pluralista, la Iglesia chaqueña vive su misión, no
con imposición o fuerza, sino con la disponibilidaddel diálogo y en el respeto de la conciencia de cada ser humano; ella ofrece su propuesta de amistad social, cuidado de la casa común y en defensa de la vida. Esta actitud y conducta nos hace fieles al mensaje de Jesús, que se abajó hasta nosotros, vivió nuestra miseria humana, la traición, el abandono; experimentó la muerte, el sepulcro, los infiernos. Jesucristo no nos ha condenado, ni siquiera conquistado, nunca ha violado nuestra libertad, sino que se ha abierto paso por medio del amor humilde que «todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta» (PP Francisco, Homilía, 29/11/ 2016).
La experiencia general que tenemos es que nuestra sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. Nuevas pobrezas nacen por la inequidad, aunque la riqueza crece siempre más. Junto a grandes y valiosos progresos en la ciencia, la medicina o la tecnología aparece un deterioro de la ética como lo hemos constatado en este tiempo de pandemia.
Una indiferencia cómoda amplía la distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida con los otros. Esta situación actual crea un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad. Pensar y gestar un mundo abierto es posibilidad de vida, porque la vida subsiste donde hay vínculo, comunión, fraternidad. La altura espiritual de una persona está marcada por el amor. El amor al otro por ser quien es, es lo que nos mueve a buscar lo mejor para su vida.
Cada hermano que sufre, abandonado o ignorado por esta sociedad es un forastero
existencial; son esos exiliados invisibles, tratados como cuerpos extraños en el ámbito público. Es necesario entonces un reconocimiento humano básico de cada individuo para caminar hacia el encuentro; para percibir cuánto vale cada ser humano, siempre y en cualquier circunstancia; para defender su dignidad inalienable. Este amor que nos descentra de nosotros mismos es lo que define a la “amistad social”.
Proponer la amistad social que integre a todos no es mera utopía. Exige la decisión y la capacidad para encontrar caminos que la haga realmente posible. Cualquier empeño en esta línea se convierte en un ejercicio supremo de la caridad. Porque un individuo puede ayudar a una persona necesitada pero cuando se une a otros para generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos. Se accede entonces al campo de la más amplia caridad, la caridad política. Ese amor desarrolla un sentido social que supera la mentalidad individualista: La caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une (Fratelli tutti 180).
REHABILITAR LA POLÍTICA
En esta línea se hace necesario rehabilitar la política como una vocación digna y necesitada de redención. La política es una de las formas más preciosas de la caridad porque custodia y construye el bien común; es servicio que se expresa en la apertura a todos. Así, el que siente la vocación política está llamado a renuncias que hagan posible el encuentro; está impulsado a buscar la confluencia al menos en los temas principales, con renuncias y paciencia. Desde el lugar donde lo ha colocado su pueblo, el gobernante puede ayudar a crear ese hermoso poliedro donde todos encuentran un lugar. Los grandes objetivos que se sueñan se logran siempre parcialmente, pero más allá de eso, quien es honesto y ha dejado de entender la política como una mera búsqueda de poder, tiene la seguridad de que no se pierde nada de su trabajo realizado con amor, ni de sus preocupaciones sinceras por los demás. La nobleza política es aquella capaz de desatar procesos cuyos frutos serán recogidos por otros, con la esperanza puesta en las fuerzas secretas del bien que se siembra.
DIOS EN LA SOCIEDAD
Los creyentes pensamos que, sin una apertura al Padre de todos, no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos que con esa conciencia de hijos, y no de huérfanos, podemos vivir en paz entre todos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad. La fraternidad se inspira en la lógica del don, de la compasión y de la misericordia que nace del espíritu. Buscar a Dios con un corazón sincero, siempre que no lo empañen nuestros intereses ideológicos o instrumentales, nos ayuda a reconocernos compañeros de camino, verdaderamente hermanos. Hacer presente a Dios en nuestros ámbitos es siempre un bien para nuestra sociedad. El eco de su presencia no deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política, en la economía; es una melodía con mensaje que nos desafía a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer.
Una realidad muy significativa y esperanzadora para la convivencia social y un futuro inclusivo en nuestra sociedad chaqueña es el camino ecuménico e interreligioso. El conocimiento recíproco y el diálogo entre las demás confesiones y religiones nos hacen descubrir valores de verdad y santidad en cada tradición. Sin menoscabar nada de las propias identidades este signo elocuente de convergencias y acuerdos cimienta cada vez más la fraternidad y la colaboración. En esta perspectiva trabaja y sueña la Iglesia para que resurja en mayor número esa vocación de ciudadanos del propio país y del mundo, constructores de un nuevo vínculo social. Sentimos que la inclusión o exclusión de los que sufren al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Por eso queremosque siga vivo ese humanismo que subraya el sentido social de la existencia, la dimensión fraterna de la espiritualidad, la convicción sobre la inalienable dignidad de cada persona y las motivaciones para amar y acoger a todos.
Soñemos desde aquí como una única humanidad, como hijos de esta misma tierra que nos cobija a todos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz, todos hermanos.
(*) Arzobispo de Resistencia
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