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Atención de una enfermera en Cuidados Paliativos

A la mayoría de las personas nos cuesta mencionar la palabra muerte, como así también aceptarla, sobre todo cuando se trata de la finitud de la vida de un ser querido.

Si bien puede parecer que desde Cuidados Paliativos es bastante más normal o común mencionarla, no nos deja a los profesionales de la salud exentos de vivirla como una pérdida, también.

En muchos casos nos resulta difícil por el hecho de no haber tenido la formación dentro de nuestra carrera profesional, donde nos enseñaron a siempre trabajar para evitarla, hacer todo lo posible para salvar una vida, como asimismo qué hacer en el momento de la muerte de un paciente. Pero no recibimos información de cómo nos haría sentir como profesionales y como personas el fallecimiento de un paciente.  

Cambios con el tiempo

A lo largo de la historia se puede observar que el concepto y la vivencia de la muerte han ido cambiando. 

En la edad media se hablaba de la “buena muerte”, como aquella que ocurría rodeada de seres queridos, anticipada por la persona que se encontraba próxima a fallecer, quien podía disponer de tiempo para preparar asuntos personales, sociales y espirituales. 

En el siglo XIX la principal tarea fue el alivio de los síntomas, y durante el siglo XX la medicina se orientó a descubrir las causas de las enfermedades, dejando de lado el manejo de síntomas en pacientes con enfermedades sin tratamiento curativo.

Nuestros sentimientos

Los enfermeros sabemos colocar sondas, catéteres o drenajes, pero a veces no nos sentimos seguros cuando enfrentamos los silencios, el dolor, o la misma muerte. Atender a los pacientes con enfermedades terminales y sus familias nos enfrenta de forma directa con nuestra propia vulnerabilidad, como profesionales y como personas.  

Para todo ser humano, presenciar una muerte provoca una experiencia extraña, única y muy personal, poco frecuente. Pero para nosotros es una experiencia a la que nos enfrentamos continuamente en nuestro trabajo, ya que hay pacientes y familias que prefieren que la muerte ocurra en el hospital más que en el domicilio. Ya sea por sentir la seguridad de la atención, o por miedo de los familiares a no saber cómo atender al enfermo, el enfermero se vuelve uno de los profesionales con el que más interacción tiene la persona enferma, y con más participación en el proceso de satisfacer sus necesidades básicas. 

Muerte digna 

Otra de las funciones que nos competen es ayudar o acompañar en la transición de la vida a una muerte digna, por lo que ese paciente como su familia esperan una actitud cálida, compasiva, contenedora y de apoyo para con ellos. Aunque la empatía es la base de nuestras intervenciones, muchas veces resulta difícil afrontar la muerte: genera sentimientos de angustia, impotencia y frustración, entre otros, lo que nos lleva a plantearnos la necesidad de buscar herramientas y estrategias positivas para afrontar dichas situaciones.

Trabajamos el concepto de humanizar la muerte, comprendiendo que forma parte de la etapa final del proceso vital, pensándola como el cierre de la biografía de una persona, no como el final de la vida. Para ello, deberíamos en primer lugar tomar conciencia de lo que somos como personas, más allá de la labor diaria en el trabajo; tener en cuenta que también transitamos por la vida y que en algún momento vamos a encontrarnos en el final de la nuestra. 

Para acompañar a alguien que está partiendo, primero debemos conocer nuestro ser, en lo más profundo, nuestras luces y sombras. Conocernos implica saber a qué nos enfrentamos, qué nos afecta, distinguir nuestros miedos e incertidumbres, para de esa manera reconocer los sentimientos de la persona desde una mirada holística, para acompañar y compartir el camino del proceso hacia el final de su biografía.

Las gracias, nuestro motor

Aunque muchas situaciones son difíciles en el trabajo diario, también tenemos satisfacción por los cuidados brindados, el agradecimiento tras cada intervención, ya sea compartiendo el silencio cuando no tenía ganas de hablar o escuchando las historias de vida, como el tiempo dedicado a la atención. Sumado a esto, el agradecimiento de los familiares por haber sido partícipes de los cuidados hasta el final, son las cosas que más nos llenan al finalizar una jornada. 

*Licenciada en Enfermería, residente de 2° año en la Enfermería en Cuidados Paliativos del Hospital Perrando - [email protected]  

 

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