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Sergio Schneider

Columnista

Un vuelo crítico

“Ya nada entra por la razón, (todo) entra por el corazón”. Jorge Capitanich soltó la frase ayer, en su mensaje para anunciar las nuevas restricciones sociales por la pandemia, y uno tuvo de inmediato la impresión de que, involuntariamente, el gobernador había soltado una consigna personal de hierro para hacer frente a los meses de gestión y a las elecciones que tiene en lo inmediato por delante.

Sólo corazón y nada más que corazón. Una receta que le plantea un desafío gigantesco al propio Capitanich, que siempre nos transmitió la sensación de que las obras completas de Neruda o Benedetti no le moverían una fibra del alma mientras que sí se le llenarían los ojos de lagrimones al hojear una tabla de logaritmos.

No nos sorprendamos, fue ese Coqui casi robótico el que en 2007, sin cambiarle nada al estilo personal con el que había sido impiadosamente derrotado en 1999 y en 2003, se convirtió en el David vernáculo al clavar con su humilde honda una piedra en la frente del gigante acorazado que era Ángel Rozas.

En aquellos tiempos un Capitanich todavía más metálico que el de hoy llevaba como símbolo de su propuesta un corazón. Era sólo marketing.

En realidad confiaba ciegamente en que si el electorado independiente aplicaba un mínimo análisis racional, su voto no podía ser para un tercer mandato del caudillo radical, y así se construyó la agónica victoria que le abrió paso a una era propia. Él era el mismo pero la sociedad que tenía enfrente era otra, o al menos había modificado sus demandas y expectativas.

Un clima sensible

Por supuesto que la relación con el electorado no tiene un conmutador que permita pasar cómodamente de un modo a otro. Esas cosas se construyen. La buena noticia para Capitanich es que esos cambios tienen más chances de concretarse en los contextos de emergencia, pero con márgenes siempre sujetos a las ecuaciones que rigen el ánimo popular y que están en función de hechos, plazos y situaciones fortuitas.

Fue algo muy claro en el comienzo de la pandemia. La situación excepcional, muy marcada por un palpable miedo colectivo, reforzó los liderazgos. Alberto Fernández, Capitanich y prácticamente todos los demás gobernadores incrementaron sus niveles de adhesión.

Pero el tiempo de permanencia de adversidades y restricciones fue un bumerán. Medidas que antes generaban un respaldo monolítico hoy despiertan una abierta rebeldía, tan de base que ni siquiera puede decirse que esté siendo capitalizada por la oposición.

Por el contrario, las encuestas muestran un descrédito parejo de las principales figuras políticas, sea que formen parte del oficialismo o lo confronten. Y no es que las medidas carezcan de sentido, sino que la sucesión de frustraciones agotó la paciencia. En un escenario así, todo es posible.

Un clima similar (pero mucho menos dramático en lo económico y social) hizo que en 1991 un partido fundado apenas tres años antes, Acción Chaqueña, le rompiera el invicto electoral al peronismo provincial y dejara tercera a la UCR. Y, encima, llevando como candidato a un médico sin trayectoria política que era casi desconocido para la ciudadanía.

Un puente

Mucho de lo anterior está en otra idea planteada ayer por Capitanich. En un punto de su mensaje habló de “un puente” crítico que debemos atravesar para tener, quizás, una mirada más alentadora del futuro.

Se refería con la metáfora a un tramo muy específico de lo que viene. Él lo midió con 75 días de extensión. En ese tramo las restricciones, el autocuidado social y la vacunación deberían reducir a niveles muy bajos los riesgos de un colapso del sistema de salud y los daños del coronavirus en general.

De alguna manera, el gobernador podría haber estado hablando –conscientemente o no- de sí mismo. Se vienen semanas en las que su escaso o abundante crédito político estará sometido a una presión que probablemente nunca tuvo desde 2007. ¿Qué habrá del otro lado del puente?

Como si se tratase de una historia del cine hollywoodense, Capitanich se encuentra hoy al mando de un vuelo en emergencia para el que los manuales no tienen instrucciones a medida. Y si algo ignora él –como lo ignoraría cualquiera en su lugar- es dónde podrá aterrizar finalmente, y si al cabo de la faena -en función del éxito o de los daños sufridos- el electorado votará premio o castigo.

Sabedor de que es un trance definitorio, de gran influencia para su futuro político, está volcando una energía inusual en su agenda pública de recorridas, reuniones y visitas en toda la provincia. Además, sumó a Santiago Pérez Pons en Economía, un perfil de ministro que no tenía y que ya le resolvió dos partidos importantes: la negociación salarial con los gremios docentes y la reprogramación de la deuda pública en dólares.

El gobernador suma, como siempre, su tenacidad de pescador para recorrer el espinel del gabinete nacional en busca de más fondos para obras y prestaciones. Sin embargo, también hay falencias que deslucen los logros.

Para empezar, la comunicación sigue siendo su gran déficit. Una muestra clara fue la conferencia de ayer. Un mensaje de casi cuarenta minutos para, finalmente, generar una gran confusión en el tema que más importaba: la continuidad o no de las clases presenciales. Logró que en algún momento de la jornada hubiera hasta cuatro interpretaciones diferentes publicadas en los portales de noticias.

Recién declaraciones posteriores de la ministra de Educación, Daniela Torrente, permitieron entender qué significaban los anuncios relacionados con las escuelas. Hasta allí, los odiadores de las redes sociales no sabían si insultar para acá o para allá.

Pero además, la larga permanencia en el poder ya generó un lógico ejército de heridos entre dirigentes y exfuncionarios que tuvieron su cuarto de hora y volvieron al llano (lo que es decir volver a ser ñoquis de alguna estructura oficial o tener que aprender desde afuera del Estado a cómo cuidar sus fortunas), y ahora fiscalizan la gestión de su exjefe con discursos rimbombantes que postean a razón de cuarenta horrores ortográficos por párrafo.

Y, por otro lado, no falta el fuego amigo. Como los funcionarios que firman gastos increíbles en pleno boom de la pobreza (el caso de los huevos de Pascua esenciales marcó un pico más alto que el de los contagios de covid), y que al no ser reprendidos públicamente generan la idea de que esos hechos están amparados por algún tipo de criterio habilitado por las instancias superiores del poder provincial. O los “dirigentes sociales” que forman parte – formalmente o no- de la alianza gobernante y son sorprendidos comprando camionetas de alta gama en efectivo o traficando alimentos de Desarrollo Social.

Por eso, lo más seguro es que íntimamente Capitanich sepa que no es el turno del corazón, sino de todo lo contrario: de lograr que los hechos y las definiciones políticas le hagan sentir al elector no fanatizado que lo que más le conviene a él y al futuro de su familia es respaldar a la actual administración.

Se sabe que él espera una valoración mayor de sus logros favoritos, plasmados en obras como las del segundo acueducto, las inversiones viales, las ampliaciones de infraestructuras educativas y sanitarias. Son también, parte de la realidad.

Pero con la realidad el mayor problema es que cada persona elabora la suya. Como en cualquier relación que supera la década, el corazón no basta. Todo comienza con un enamoramiento. Luego, uno descubre que el amor demanda más que palabras y canciones dedicadas.

Su principal examinador es el tiempo, que en política suma y resta de un modo casi tan azaroso como el que hace nacer o morir los sentimientos.