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Solo por hoy

. ¿Han tenido ese momento en sus vidas de “solo por hoy”, como tituló su “decálogo de la serenidad” el Papa Juan XXIII (confieso que no sabía que era un Papa. Escuche el nombre, por primera vez, en un equipo de fútbol de Rosario, el primero que me tocó cubrir). Pero fui conociendo más –con el tiempo- al “Papa bueno”.

Los momentos previos de entrar a la Basílica de San Pedro fueron una aventura que parecía hermosa; pero dentro mío se fue transformando en sorpresa, aturdimiento, calor –mucho calor- casi claustrofobia, y un sentimiento (perdón aquí los artistas, sobre todo Miguel Ángel) de que la Capilla Sixtina era solo un lugar dibujado, con aire acondicionado (el único en este “país” que es el Vaticano). 

Casi escapando de la multitud (si, era 2017 y podía haber multitudes), con algunas instrucciones en alemán que se colaban en los aparatos que traducían al guía, bajamos con mi mamá por unas inmensas esclareas de mármol. Ella quería llegar a la tumba de Juan Pablo II (lo había visto por primera y única vez, de cerca, cuando vino a Corrientes en los 80, pero sentía la necesidad de llegar allí), y a pesar de sufrir claustrofobia -y entre lágrimas y ganas de salir- llegó, llegamos allí. Después de un rato le dije: acá te dejó voy a buscar a Juan XXIII. 

Las puertas de San Pedro son intimidantes. Y no, no me refiero al cielo, paraíso más allá, como lo llamen (espero que no sean así. Espero ir hacia allá). 

El mármol, el oro,  la imponente estructura; incluso la misma tumba de aquel que negó tres veces a Jesús antes de que cante el gallo por segunda vez cuando fue detenido, aquel sobre quien “Dios edificó su iglesia”, la Piedra Fundamental, el primer Papa, “descansa” -según me dice el guía- debajo de todo esa madera carísima en forma de árbol, mármol y oro (yo lo dudo, como Descartes), más allá de mi fe, o quizás por eso.

Pero volvamos a Juan XXIII. Me asombra ver que no hay nadie cerca, que su cuerpo está allí, como durmiendo, y –no es mi imaginación- hay serenidad. No esa serenidad de la muerte, sino esa de haber vivido solo por hoy.

Respeto todas las religiones y creencias. Soy cristiana, católica, no muy prácticamente, como casi la mayoría de los católicos. Pero tengo una conexión muy mía y grande con Dios y la Virgen. Y esta conexión con Juan XXIII, que nació por aquel primer partido de fútbol que me tocó cubrir con 18 años.

Casi 20 años después, me encuentro frente a él. Bueno, lo que queda físicamente e icónicamente de él, en este palacio que es San Pedro, en este país que es el Vaticano. No se llamaba Juan, sino Angelo Giussepe (Angel José), nació en la región de Lombardía, Italia (era el cuarto de 14 hermanos).

Lo habían llamado “Papa de transición”, ya que asumió tras un largo pontificado de Pío XII (1939-1958). Por su avanzada edad y su perfil bajo, los cardenales habían tomado a Angelo o Juan, como tal.

Su mayor aporte, según los historiadores, es haber convocado al Concilio Vaticano II surgido en el inicio de la “Guerra Fría” que casi destruye Europa del Este, y que solemos ver retratada en todas las películas donde Estados Unidos pelea con Rusia, como Rocky contra Drago. Aunque sería Pablo VI (otro equipo de fútbol de Rosario) el Papa que daría continuidad a todo lo expresado allí. 

Antes de ser Juan, Angelo ejerció primero como sargento médico y más tarde como capellán militar en la Primera Guerra Mundial. Juan XXII era conocido como “el Papa bueno”, porque “era cariñoso y tenía un gran sentido del humor”. Fue canonizado por Francisco, el actual Papa, en 2013. 

¿Cómo puede hablar de serenidad alguien que vivió tantas guerras?. Fue Papa a los 76 años, y dijo al momento de su selección: “No puedo mirar demasiado lejos en el tiempo”. Yo, me atrevo a pensar que quizás por eso, surgió este decálogo (oración) sobre la serenidad. 

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Tuve ese momento solo por hoy muchas veces en la vida, de forma inconsciente y actualmente de forma muy consciente. Pero, la mayoría vivimos en el pasado o pensando en el futuro. Creíamos que el 2020 nos enseñaría a vivir “solo por hoy”, pero no. Mientras gran parte de la humanidad enfermaba y moría queríamos llegar a Marte (escribo en pasado algo que está sucediendo, en bucle), se desataron viejos odios que habíamos dado por muertos en los libros de historia.

Solo por hoy es presente. Vivir, es presente. 

 “No hay que preocuparse de sí mismo y de quedar bien. En la concepción de las grandes empresas basta con el honor de haber sido providencialmente invitados. Hemos sido llamados a poner en marcha, no a concluir”, dijo el Papa bueno.

No es todo revelador por la pandemia, no es todo nuevo por esa pospandemia que esperamos mientras aún enfermamos o morimos. Quizás, deberíamos preguntarnos o afirmarnos como en esta oración, como este “mantra”, qué podemos hacer “solo por hoy”, en nuestra vida, en el barrio, en donde estemos.

Cuando la visita al Vaticano terminó, nos encaminamos a salir. Observo a un artista en el suelo –de mármol- frente a la tumba de San Pedro mientras dibuja con un solo crayón color ocre, camino despacio, salgo a la puerta donde hace unos minutos estaba el Papa Francisco. Miro al cielo y veo varios helicópteros, y el humo de los incendios que asolan Roma ese verano tan atípico del 2017. Afuera me golpean 42 grados. Hago una larga caminata a buscar la mochila que no me dejaron pasar (los atentados en La Rambla de Barcelona aún están frescos, y la seguridad es máxima, como para que me obliguen a dejarla).

Miro las fotos de aquel día y no pueden reflejar lo que viví. Ninguna foto nos cuenta la historia de ese presente que vivimos. Por eso, solo por hoy quizás podamos, como dijo Angelo/Juan, ser “providenciales invitados a poner en marcha, no a concluir” cualquier cosa en nuestra vida, donde nos toque estar. Tal vez, solo dentro nuestro. 

***

Decálogo de la serenidad (Solo por hoy)

“Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente este día, sin querer resolver de una sola vez el problema de mi vida”.

Sólo por hoy pondré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis modales, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, salvo a mí mismo.

Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.

Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que como el ali­mento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.

Sólo por hoy haré una buena acción sin decírselo a nadie.

Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido procuraré que nadie lo sepa.

Sólo por hoy seré feliz, en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en este mundo, sino también en el otro.

Sólo por hoy haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.

Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, que la buena providencia de Dios se ocupa de mí como si nadie existiera en el mundo.

Sólo por hoy no tendré temores: De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.

Puedo hacer el bien durante un día. Lo que me desalentaría sería pensar en tener que hacerlo durante toda mi vida.